El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 13
Las sesiones con Federico se volvieron parte de la rutina.
Lunes, miércoles y viernes a las ocho de la mañana. Mariana llevaba a Ricardo, se quedaba durante toda la terapia, y luego regresaban a casa donde él pasaba el resto del día agotado, con los músculos ardiendo y el ánimo por los suelos. Pero algo estaba cambiando. Poco a poco, sus piernas respondían un poquito mejor. Pequeños espasmos. Leves contracciones. Nada que le permitiera sostenerse, pero suficiente para alimentar la esperanza.
Pero el problema no era la terapia. El problema era Federico.
Llevaban dos semanas de tratamiento cuando ocurrió la primera cosa que hizo saltar las alarmas en la cabeza de Ricardo.
Mariana estaba sentada en una silla junto a la camilla, tomando apuntes en su libreta. Ricardo estaba boca arriba mientras Federico le flexionaba las rodillas, contando en voz alta.
—Quince, dieciséis, diecisiete…
En un descanso, Federico se acercó a Mariana.
—¿Qué estudias?
preguntó, como si fuera la conversación más natural del mundo.
—Medicina
respondió ella, sin levantar la vista de sus apuntes.
—¿En qué año?
—Primero. Apenas estoy empezando.
—Qué bien. Yo también estudié medicina antes de especializarme en rehabilitación. Si necesitas ayuda con algo, puedes preguntarme.
Mariana levantó la vista. Sonrió, cortés.
—Gracias. Lo tendré en cuenta.
—De verdad
insistió Federico, y su sonrisa se ensanchó.
— No es molestia. Me gusta ayudar.
Ricardo observaba desde la camilla. Sus dedos se aferraron al borde del colchón.
—¿Seguimos?
interrumpió, con la voz más cortante de lo que pretendía.
Federico lo miró. Esa vez, su sonrisa no desapareció. Simplemente cambió de destinatario.
—Claro
dijo, volviendo a las piernas de Ricardo.
— Vamos con los isquiotibiales.
Pero durante el resto de la sesión, Ricardo notó cómo la mirada de Federico se desviaba hacia Mariana cada vez que ella movía una hoja, cada vez que se mordía el labio al escribir, cada vez que se pasaba la mano por el cabello. Y cada una de esas miradas era un alfiler clavándose en su pecho.
El viernes fue peor.
Mariana llegó con una camiseta era de color verde claro, el mismo tono de sus ojos, y le quedaba especialmente bien. No lo había hecho a propósito. Simplemente era la única limpia que encontró en el armario. Pero en cuanto Federico la vio, sus ojos azules se iluminaron.
—Esa camiseta te queda increíble
dijo, sin ningún filtro.
— Resalta el color de tus ojos.
Mariana parpadeó, confundida.
—¿Ah, sí? Gracias. Es vieja.
—Pues la vieja te sienta mejor que la ropa nueva a muchas.
Ricardo sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Apretó los puños sobre los reposabrazos de la silla de ruedas.
—¿Empezamos?
preguntó, con una frialdad que cortaba el aire.
—Claro
respondió Federico, como si nada.
— Hoy vamos a intentar que te sostengas en las barras paralelas. Con ayuda, ¿eh? No te asustes.
La sesión fue dura. Ricardo intentó ponerse de pie, sostenido por Federico y por un arnés que colgaba del techo. Las piernas le temblaban. El dolor era agudo, punzante, como si miles de agujas le perforaran los músculos. Pero lo que más dolía era ver cómo Federico, mientras lo sostenía, aprovechaba para lanzarle miradas a Mariana.
—Míralo, Mariana
decía el terapeuta.
— Está haciendo un gran esfuerzo. ¿No es admirable?
—Sí
respondía ella, con los ojos fijos en Ricardo, sin darse cuenta de nada.
— Siempre lo es.
Pero Ricardo sí se daba cuenta. Y cada palabra de Federico, cada sonrisa, cada mirada, se acumulaba dentro de él como pólvora.
El lunes de la tercera semana, Federico cruzó una línea que Ricardo no pudo tolerar.
La sesión había terminado. Ricardo estaba agotado, con el rostro pálido y gotas de sudor en la frente. Mariana lo ayudaba a transferirse de la camilla a la silla de ruedas cuando Federico se acercó con dos botellas de agua.
—Para ti
dijo, entregándole una a Ricardo.
— Y para la cuidadora más bonita que he visto.
Le tendió la otra a Mariana, con un guiño.
Mariana tomó la botella, aún concentrada en ajustar los pies de Ricardo en los reposapiés.
—Gracias
dijo, distraída.
Federico se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz.
—Oye, el sábado hay una conferencia de rehabilitación neurológica en el auditorio de la universidad. Es muy buena. Yo voy a dar una charla. ¿Te gustaría ir? Podríamos ir juntos.
Ricardo se quedó de piedra.
Mariana, por fin, levantó la vista.
—¿El sábado?
preguntó, pensando en voz alta.
—Es que los sábados ayudo a Ricardo con…
—Podría quedarse solo un rato
la interrumpió Federico, con una sonrisa que pretendía ser amable.
— No creo que tenga problema. ¿Verdad, Ricardo?
Ricardo lo miró. Lo miró con unos ojos que nunca habían expresado tanto odio. Pero no dijo nada. Porque decir algo significaría admitir que tenía miedo. Que se sentía amenazado. Que un tipo con piernas funcionales y mandíbula perfecta podía quitarle lo único que le quedaba.
—Claro
respondió, con una calma falsa.
— Ningún problema.
Mariana lo miró. Algo en su tono le pareció extraño, pero lo atribuyó al cansancio.
—No sé
dijo ella, dudando.
—Tengo que estudiar. Y Ricardo me necesita.
—Piénsalo
insistió Federico, entregándole una tarjeta.
— Mi número está ahí. Por si cambias de opinión.
Mariana guardó la tarjeta en el bolsillo de su mochila sin darle importancia. Luego empujó la silla de Ricardo hacia la salida.
El viaje en auto fue silencioso. Ricardo iba mirando por la ventana, con el ceño fruncido. Mariana conducía, ajena a la tormenta que se cocinaba a su lado.
—¿Estás bien?
preguntó ella, en un semáforo.
—Sí.
—No te creo.
—Pues no me preguntes.
Mariana frunció el ceño. No entendía. No entendía nada.
Llegaron a casa. Ella lo ayudó a entrar, lo acomodó en la cama, le preparó un té. Ricardo lo tomó en silencio, con la mirada fija en la pared.
—Voy a estudiar un rato
dijo ella, sentándose en el escritorio.
—¿Vas a ir el sábado?
preguntó él, de repente.
—¿Adónde?
—A la conferencia. Con Federico.
Mariana se giró. Lo miró.
—No lo sé. ¿Tú qué crees, Debería ir?
—Ve
dijo Ricardo, con una voz que no era la suya. Una voz fría, distante, llena de algo que ella no reconocía.
— Ve con él. Si eso es lo que quieres.
—Ricardo, ¿de qué estás hablando?
—De que no soy ciego, Mariana. Se te queda viendo como si fueras un trofeo. Te invita a salir enfrente de mí. Y tú… tú ni siquiera te das cuenta.
Mariana se levantó. Se acercó a la cama.
—¿Estás celoso?
preguntó, con incredulidad.
—No estoy celoso
dijo él, pero su voz temblaba.
— Estoy… no sé. Harto. Harto de sentir que no soy suficiente. De ver a un tipo que puede caminar, que puede ponerse de pie, que puede llevarte a una maldita conferencia. Y yo aquí. En esta silla. En esta cama.
Mariana se sentó a su lado. Le tomó la cara entre las manos.
—Escúchame
dijo, con una firmeza que no admitía réplica.
—No voy a ir a ninguna conferencia con Federico. No voy a llamarlo. No voy a contestarle ningún mensaje. Porque yo no quiero a Federico. Yo quiero a Ricardo. Al terco, al atleta, al que me pidió una goma de borrar hace años y no ha dejado de robarme el corazón desde entonces.
Ricardo cerró los ojos.
—Perdón
susurró.
—Es que tengo miedo.
—¿De qué?
—De que un día te canses. De que te des cuenta de que esto es demasiado. De que él te ofrezca algo mejor y yo no pueda competir.
Mariana lo besó. Suavemente. Largamente.
—No hay competencia
dijo, contra sus labios.
— Tú ganaste hace mucho.
Esa noche, cuando Mariana se durmió a su lado, Ricardo siguió despierto. Federico seguía ahí, en su cabeza. Pero ahora también estaba ella. Y sus palabras pesaban más que todas las miradas del terapeuta.
Sin embargo, en el fondo, Ricardo sabía que esto no había terminado.
Federico no iba a rendirse tan fácil.
Y él, atrapado en una silla de ruedas, tendría que encontrar la manera de defender lo que era suyo.