Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 15: El veneno se extiende
Los días siguientes a la advertencia de Rosseta fueron de tensión constante en la casa de don Justo. Lucía y Sebastián vivían alerta, esperando el golpe que sabían que vendría. Pero el silencio de Elena y la ausencia de Victoria Montenegro eran más inquietantes que cualquier ataque directo. Era el ojo de la tormenta, y ambos sabían que, cuando estallara, sería devastador.
Don Justo, aunque no entendía del todo la magnitud de la amenaza, notaba la preocupación en el rostro de su hija.
—Hija —le dijo una noche, mientras cenaban—, sé que algo te preocupa. ¿Por qué no me cuentas?
Lucía dudó. No quería involucrar a su padre en los problemas con la familia Montenegro, pero también sabía que él merecía saber la verdad.
—Papá —comenzó—, la madre de Sebastián y Elena están tramando algo para separarnos. No sabemos qué, pero es algo malo.
Don Justo apretó los puños.
—Esa mujer —gruñó—. No descansa hasta hacer daño. ¿Y qué piensan hacer?
—Vamos a enfrentarlas —respondió Sebastián—. Pero necesitamos estar preparados.
Don Justo asintió.
—Cuenten conmigo. Nadie va a lastimar a mi hija mientras yo viva.
Esa noche, mientras todos dormían, algo se movía en la oscuridad. Elena, siguiendo las instrucciones de Victoria, había colocado una carta anónima en la puerta de la tienda de abarrotes del pueblo. En ella, se acusaba a Lucía de haber robado dinero de la familia Montenegro para huir con Sebastián. La carta, escrita con letra cuidadosa y llena de detalles falsos, fue encontrada a la mañana siguiente por el dueño de la tienda, quien, sin dudarlo, la llevó al alcalde del pueblo.
En cuestión de horas, el rumor se extendió como pólvora. La gente del pueblo, que siempre había visto a Lucía como una joven dulce y trabajadora, comenzó a mirarla con desconfianza. Algunos incluso la señalaban en la calle, susurrando a sus espaldas.
—¿Has oído? —decía una vecina a otra—. Dicen que Lucía robó dinero de los Montenegro. Que por eso huyeron.
—No me sorprende —respondía otra—. Siempre supe que esa niña no era tan inocente como parecía.
Lucía, al enterarse, sintió que el mundo se le derrumbaba. Había crecido en ese pueblo, había compartido su vida con esas personas, y ahora la miraban como si fuera una criminal.
—No entiendo cómo pueden creer eso —dijo, con lágrimas en los ojos—. Siempre he sido honesta.
—No les hagas caso —la consoló Sebastián—. Son rumores. Solo rumores.
Pero los rumores, cuando se repiten lo suficiente, se convierten en verdades. Y la verdad de Lucía comenzaba a ser devorada por la mentira de Elena y Victoria.
El golpe más duro llegó cuando el alcalde del pueblo, presionado por los vecinos, decidió investigar el asunto. Llamó a Lucía y a Sebastián a su oficina para interrogarlos.
—Señorita Lucía —dijo el alcalde, con tono serio—, he recibido denuncias sobre un posible robo a la familia Montenegro. ¿Puede explicarme qué pasó?
—No hubo ningún robo —respondió Lucía, con voz firme—. Esa carta es una mentira. Alguien quiere hacernos daño.
—¿Y quién sería esa persona? —preguntó el alcalde.
Sebastián dio un paso al frente.
—Mi madre, Victoria Montenegro, y una mujer del pueblo llamada Elena. Quieren separarnos.
El alcalde los miró con escepticismo.
—Son acusaciones graves. ¿Tienen pruebas?
—No —admitió Sebastián—. Pero sé que es verdad.
El alcalde suspiró.
—Lo siento, pero sin pruebas no puedo hacer nada. La investigación seguirá su curso.
Lucía y Sebastián salieron de la oficina del alcalde con el corazón encogido. Sabían que la situación se estaba poniendo en su contra.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Lucía, con voz temblorosa.
—Vamos a buscar pruebas —respondió Sebastián, con determinación—. Algo que demuestre que Elena y mi madre están detrás de todo esto.
Decidieron ir a casa de Elena. Sabían que ella había estado en contacto con Victoria, y que probablemente guardaba alguna carta o mensaje que los incriminara. Pero cuando llegaron, Elena los esperaba en la puerta con una sonrisa de triunfo.
—¿Vinieron a buscarme? —preguntó, con falsa dulzura—. Qué lástima. No tengo nada que decirles.
—Sabemos que estás detrás de la carta, Elena —dijo Lucía—. ¿Por qué no lo admites?
Elena rió.
—¿Admitir? ¿Admitir qué? Yo solo soy una vecina que quiere ayudar. Si ustedes tienen problemas con la ley, no es culpa mía.
Sebastián apretó los puños.
—Esto no va a quedar así, Elena. Vamos a demostrar tu culpabilidad.
—Hagan lo que quieran —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Pero mientras tanto, el pueblo ya cree que Lucía es una ladrona. Y tú, Sebastián, eres cómplice. ¿Crees que alguien los va a respetar después de esto?
Dicho esto, cerró la puerta en sus caras.
Esa noche, Lucía y Sebastián se sentaron en el patio de la casa de don Justo, mirando las estrellas. Ambos se sentían derrotados, pero también más unidos que nunca.
—No importa lo que digan —dijo Sebastián, tomando su mano—. Siempre te defenderé.
—Lo sé —respondió ella, apoyando su cabeza en su hombro—. Y yo a ti.
Don Justo salió de la casa y se sentó junto a ellos.
—He estado pensando —dijo—. Tal vez deberían irse del pueblo. Empezar de nuevo en otro lugar.
—No podemos huir siempre, papá —respondió Lucía—. Necesitamos enfrentar esto.
—Entonces tendrán que encontrar una manera de demostrar su inocencia —dijo don Justo—. Y rápido. Porque el pueblo no perdona.
Al día siguiente, un nuevo rumor comenzó a circular. Esta vez, decían que Sebastián estaba planeando abandonar a Lucía para regresar a la ciudad y casarse con Rosseta. Y aunque Lucía sabía que era mentira, las palabras de Elena y Victoria seguían haciendo efecto en su corazón.
La grieta en el amor comenzaba a abrirse de nuevo.
Pero ambos sabían que no podían permitirlo. No después de todo lo que habían luchado. No después de todo lo que habían sacrificado.
—Vamos a demostrar que somos inocentes —dijo Sebastián, con voz firme—. Y vamos a demostrar que nuestro amor es más fuerte que cualquier mentira.
Lucía asintió.
—Juntos.
Y en la distancia, Elena observaba la escena con una sonrisa de satisfacción. Sabía que la batalla no había terminado, pero también sabía que estaba ganando terreno.
El veneno se extendía, y pronto, el amor de Lucía y Sebastián sería puesto a prueba como nunca antes.