⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
...AITANA...
Norma se giró hacia mí en cuanto la puerta se cerró tras de Henrry. Sus ojos, aún rojos por el llanto reciente, se entrecerraron con una rabia mal disimulada. Cruzó los brazos sobre el pecho y me sostuvo la mirada, midiendo cada pulgada de mi postura.
—Debes estar muy orgullosa de ti misma, ¿no? —soltó Norma con una sonrisa amarga, dando un paso lento en mi dirección—. Aprovechándote de un momento de crisis para marcar terreno.
Mantuve la espalda recta y las manos relajadas en los bolsillos de mi abrigo. No iba a ponerme a pelear en medio de la sala de espera de una clínica, y mucho menos darle el gusto de verme descompuesta.
—Vine a acompañar a Henrry porque estaba preocupado por Tobías —respondí con serenidad, manteniendo la voz baja y firme—. Mi única intención aquí es que el niño esté bien.
—Por favor, ahorrate el papel de mujer comprensiva —interrumpió, soltando una risita seca sin una gota de gracia—. Sé perfectamente lo que estás haciendo, Aitana. Crees que conoces a Henrry porque te cumple los caprichos y te sonríe, pero no tienes la menor idea de la clase de hombre con el que te estás metiendo. No eres más que un pasatiempo temporal. ¿Crees que un hombre como Henrry Montenegro se va a tomar en serio a una aparecida como tú?
—No vine a discutir contigo sobre Henrry, Norma —repliqué, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Me alegra que Tobías esté fuera de peligro. Por lo demás, arregla tus asuntos con él cuando salga.
—¡A mí no me vas a decir qué hacer, igualada! —interrumpió, dando un paso más y apuntándome directamente al pecho con el índice vibrante de rabia—. Te me vas a salir de la vida de Henrry, ¿me escuchaste? Porque si te empeñas en meterte en mi familia y usurpar un lugar que no te corresponde, te juro que te voy a hacer la vida miserable. No sabes de lo que soy capaz cuando se trata de defender lo mío. Te voy a aplastar, tontita. Te voy a arrastrar por el barro hasta que supliques irte.
—Nadie está usurpando nada —contesté, manteniendo una calma que pareció enfurecerla aún más—. Si tienes reclamos sobre la relación que Henrry y yo tenemos, o sobre el lugar que él me da, házselos a él directamente. No descargues tu frustración conmigo.
—¿Ah, sí? ¿Crees que tienes todo controlado? —se rio con amargura, una risa seca y desequilibrada—. Henrry no cambia, imbécil. Solo cambia de juglar. En cuanto te saque lo que quiere o en cuanto se aburra de tu jueguito de niña buena, te va a deschar como a la basura que eres. Y si no te alejas por las buenas, me voy a encargar personalmente de que cada día que pases cerca de él sea un infierno para ti y para la muerta de hambre de tu familia. Ya estás advertida.
—Si terminaste con el espectáculo, me voy a sentar allá —dije sin alterarme, indicando las bancas del fondo—. Tus amenazas no me asusta, Norma. Y si de verdad te importa Tobías, deberías enfocar esa energía en estar tranquila para cuando te vuelva a ver.
Norma me miró con resentimiento, mordiéndose el labio inferior como si quisiera escupir mil insultos más, pero la presencia de los enfermeros que pasaban por el pasillo la obligó a tragarse sus palabras.
Dio media vuelta taconando despacio y se sentó en el extremo opuesto de la banca de espera, sacando el celular para ignorarme.
Pasaron unos veinte minutos que se sintieron eternos. Me quedé de pie cerca de la ventana, mirando el movimiento de la calle para mantener la mente despejada, hasta que la puerta automática volvió a deslizarse.
Henrry salió. Tenía la chaqueta del traje colgada del brazo y las mangas de la camisa ligeramente remangadas. Aunque se le notaba el cansancio de las últimas horas, la tensión en su rostro había cedido por completo. Al verme, sus ojos se suavizaron y caminó directamente hacia mí, ignorando a Norma que se había puesto de pie de inmediato.
—¿Cómo está el bebé? —le pregunté en un murmullo suave cuando llegó a mi lado.
—Tranquilo, durmiendo como un ángel —dijo Henrry, dedicándome una pequeña sonrisa sincera antes de volverse hacia Norma—. La fiebre ya cedió por completo, pero hablé con el médico. Nos vamos a quedar aquí hasta que le den el alta y, en cuanto lo autoricen, lo llevamos a la mansión. Allá estará más cómodo y tendrá a los médicos privados pendientes de cualquier recaída.
Norma asintió sin discutir, aún abatida por el susto, consciente de que en la mansión el niño tendría todos los cuidados posibles.
—Está bien, Henrry... —alcanzó a decir ella con la voz apagada, buscando asiento para esperar el alta.
Henrry se giró de nuevo hacia mí. Aunque la calma había regresado a su rostro, en sus ojos todavía se notaba el desgaste y la preocupación fija en la salud de su hijo. Me tomó suavemente de las manos, acariciándomelas con el pulgar.
—Amor... de verdad te agradezco enormemente que hayas estado aquí conmigo. No sabes cuánto me sostuvo tu compañía —dijo con una calidez transparente y sincera—. Pero no quiero incomodarte más ni hacerte pasar horas sentada en la sala de espera de un hospital.
—Henrry, me puedo quedar contigo si lo necesitas —le respondí, apretando sus manos.
—Lo sé, y lo valoro muchísimo —sonrió apenas, negando suavemente con la cabeza mientras sacaba el teléfono de su saco—. Pero prefiero que descanses. Le voy a pedir a uno de mis choferes que te lleve a casa sana y salva. Yo me quedaré aquí al pendiente de Tobías hasta que nos den el alta y pueda instalarlo bien en casa.
Marcó rápidamente a su chofer de confianza y, en cuestión de minutos, la camioneta ya nos esperaba en la entrada de la clínica. Henrry me acompañó hasta la puerta, me abrazó con fuerza por la cintura y dejó un beso largo y tierno en los labios.
—Te busco en cuanto Tobías esté bien instalado y descansando —prometió en un susurro cerca de mi oído—. Ve a casa tranquila.
—Ve con cuidado. Hablamos en cuanto llegues —le pedí, dándole un último apretón en la mano antes de subir a la camioneta.
Él asintió, sosteniéndome la mirada hasta que el chofer cerró la puerta. A través del cristal polarizado, lo vi dar media vuelta y regresar con paso firme hacia la clínica, de vuelta a su papel de padre protector, enfocado por completo en el bienestar de Tobías.
El trayecto hacia mi casa fue relajante. Había sido una mañana intensa: la emergencia médica, los roces inevitables con Norma... pero, sobre todo, la evidente evolución en mi relación con Henrry.
Cuando la camioneta finalmente se detuvo frente a mi edificio, el chofer se apresuró a bajar para abrirme la puerta.
—Hemos llegado, señorita Aitana. El señor Montenegro me dio instrucciones de asegurarme de que entre sin novedad.
—Muchas gracias —le respondí con una sonrisa amable.
Llegue a la puerta, saqué las llaves y la abrí. Al entrar, el silencio del lugar me recibió. Mi mamá y Paola seguían en su viaje al pueblo visitando a mi tía, así que la casa estaba completamente sola para mí.
Dejé las llaves en la entrada, me quité los zapatos y fui directo a la cocina a prepararme un té.