sinopsis de La CEO de Cristal:
La traición: Salma, una CEO exitosa y poderosa, ve su mundo perfecto colapsar cuando descubre un enredo amoroso entre su prometido, Mauricio, y su mejor amiga, Rebeca.
La transformación: Tras este duro golpe, Salma se convierte en una mujer fría, calculadora y distante, levantando una armadura de hielo para protegerse y enfocándose por completo en su imperio corporativo.
El nuevo camino: En su proceso de reinventarse, Salma se cruza con Malik, un hombre reservado y de noble corazón que desafiará su frialdad, mientras enfrenta las intrigas de la prepotente madre de este, Soraya.
El gran secreto: Más allá de las traiciones y el nuevo romance, el verdadero vuelco de la historia ocurrirá cuando salga a la luz el mayor misterio de su vida: Salma no sabe que es adoptada, un secreto que sus tíos Clara y Fernando han guardado por amor.
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Capítulo 14: Sombras en el umbral y verdadesque queman
El ambiente en el reservado de aquel elegante restaurante era denso y silencioso. Carlos y Aurora Jiménez habían citado a sus amigos de toda la vida, Clara y Fernando Varela, con un propósito que les pesaba en el pecho desde hacía meses. Sabían que el escándalo de la boda y la locura de Rebeca eran señales de que las mentiras ya no podían sostenerse por más tiempo.
—Tenemos que hablar, amigos —comenzó diciendo Carlos con voz pausada, cruzando las manos sobre la mesa—. Lo que pasó con Rebeca nos abrió los ojos. Las mentiras siempre se pudren con el tiempo y terminan destruyendo todo a su paso. Ya es hora de que le cuenten la verdad a Salma.
Fernando asintió lentamente, apretando los labios con una mezcla de convicción y pesar.
—Carlos tiene razón, Clara. Nosotros somos sus padres adoptivos y ustedes sus tíos protectores ante el mundo, pero ella tiene derecho a saber de dónde viene, quiénes fueron sus verdaderos padres y que esta farsa debe terminar antes de que traiga peores consecuencias.
Clara, al escuchar esas palabras, sintió que el alma se le encogía. Negó con la cabeza de inmediato, con los ojos anegados en lágrimas contenidas y un nudo en la garganta que apenas le permitía hablar.
—¡No, Fernando! ¡No seas insensible! —estalló Clara en un susurro desesperado, golpeando levemente la mesa con las palmas—. ¡Yo no voy a perder a mi hija! Para el mundo será lo que sea, pero Salma es mía, la crie, la vi convertirse en la mujer exitosa que es hoy. Si ella se entera de que no somos sus verdaderos padres, podría apartarse de nosotros, podría odiarnos por haberle ocultado esto toda la vida. ¡Me niego a destruirlo todo!
Mientras en el restaurante la tensión familiar alcanzaba su punto de ebullición, a varios kilómetros de allí, frente a las imponentes puertas de la residencia de Salma, la cordura de Rebeca Jiménez terminaba de fracturarse.
Rebeca llegó alterada, golpeando la madera con desesperación mientras lanzaba gritos histéricos hacia el interior. El ruido y el escándalo hicieron que Salma, que se encontraba revisando unos documentos en su despacho, frunciera el ceño con profunda molestia. Dejó los papeles a un lado, caminó con paso firme hacia la entrada principal y abrió la puerta de golpe.
Salma la miró con una mezcla de fastidio absoluto, frío desdén y una sutil chispa de lástima al ver el estado demacrado en el que se encontraba su antigua mejor amiga.
—¿Qué es lo que quieres, Rebeca? No tengo tiempo para tus dramas ni para tus escenas patéticas —espetó Salma con voz cortante, cruzándose de brazos en el umbral.
Rebeca la miró con los ojos desorbitados, respirando agitadamente. La revelación que había escuchado en el despacho de sus padres le quemaba en la lengua, y una mezcla de malicia y desesperación la empujó a soltar la bomba sin filtros:
—¿Crees que tu vida es perfecta, Salma? ¿Crees que lo sabes todo? —se burló Rebeca con una sonrisa torcida antes de gritarle en la cara—: ¡Eres una adoptada! ¡Los que crees que son tus padres te han estado engañando toda la vida! ¡Tú no eres una Varela!
El impacto de las palabras cayó sobre Salma como un balde de agua helada. Por un segundo, el mundo a su alrededor se detuvo por completo; el aire le faltó en los pulmones y los ojos se le aguaron, traicionando la coraza de acero que siempre intentaba mantener.
Pero lo más perturbador ocurrió en el siguiente instante. Al ver el rostro desencajado de Salma, un extraño cortocircuito mental hizo que la otra faceta de la personalidad múltiple de Rebeca aflorara de golpe. El semblante furioso y sínico de Rebeca se desvaneció, reemplazado por una expresión de genuina y tierna preocupación.
—Ay, Salma… perdóname, no quería decírtelo así —balbuceó Rebeca, cambiando drásticamente el tono de voz y acercándose para intentar tocarle el brazo con dulzura—. Pero no estás sola, mi amor… Yo sé que es un golpe duro, pero mira, a pesar de todo lo que pasó, yo siempre estaré aquí para ti, como tu hermana…
Salma retrocedió, completamente confundida y repelida por esa bipolaridad errática y enfermiza que rayaba en la locura.
—Estás enferma… Largo de mi casa. ¡Vete ahora mismo o llamo a seguridad! —le ordenó Salma con la voz temblando de rabia y desconcierto.
Justo en ese preciso instante, un vehículo se detuvo de golpe frente a la acera. Clara y Fernando bajaron apresurados, regresando de su tensa reunión y discutiendo acaloradamente en la entrada por la negativa de Clara a revelar el secreto.
—¡Te digo que no, Fernando, entiéndeme! ¡Yo no voy a decirle la verdad a Salma! —exclamaba Clara con desesperación mientras caminaban hacia la puerta.
Salma, de pie en el umbral, con los ojos aún húmedos por la revelación de Rebeca y la mente hecha un torbellino, los miró fijamente y soltó una pregunta que cortó el aire como el filo de un cuchillo:
—¿Cuál verdad?