Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 1
Capítulo 1: El vecino que sirve las copas
A las nueve de la noche, el Club Zafiro apenas empezaba a respirar.
De día era una fachada muerta sobre la avenida, un cubo negro sin ventanas que nadie volteaba a ver. De noche cambiaba de piel. Los coches se formaban en doble fila afuera, motores caros ronroneando; adentro, el bajo de la música se metía por las plantas de los pies antes de llegar a los oídos, y el aire olía a whisky, a perfume de mujer y a ese humo dulzón de los cigarros que solo fuman los que nunca han contado un billete.
Camila Cordero llegó corriendo, como siempre, con el pelo pegado a la frente por la carrera.
Venía directo de la última clase en la Universidad Central, del otro lado de Ciudad Bravo. Había cruzado media ciudad de pie en el camión, con la mochila de libros clavándosele en la espalda y el estómago vacío, contando los minutos. En el vestidor de las meseras se cambió a ciegas: se sacó la sudadera de estudiante, se metió al vestido negro entallado que le raspaba en las costuras, se pasó un trapo húmedo por la cara y se recogió el pelo. Todavía se peleaba con el moño del cuello cuando doña Lupe, la encargada, la agarró del brazo.
—A ver, a ver. Déjame verte. —La revisó de arriba abajo con esos ojos que llevaban veinte años tasando muchachas como quien tasa fruta en el mercado. Chasqueó la lengua, conforme—. De todas las que tengo, la universitaria sigue siendo la más fresca. Se te nota que todavía duermes de noche.
—Doña Lupe, ¿me tocó abajo o…?
—Arriba. —La mujer bajó la voz y la acercó de un jalón, hasta que Camila le sintió el aliento a mentol y a cigarro—. Hoy te subes al reservado. Al VIP. Y me haces el grandísimo favor de no regarla, mija. ¿Me oyes? Los que llegaron hoy no son clientes de los de siempre. Son de los peces más gordos de esta ciudad. De los que con una llamada te cierran un negocio, o te lo queman. A ninguno se le puede quedar mal. A ninguno. Ni una copa mal servida, ni una mirada de más, ni una de menos.
Camila asintió, aunque el estómago se le apretó. Llevaba medio año en el Zafiro cargando charolas en el salón de abajo, entre borrachos que le hablaban a las nalgas. A las meseras nuevas jamás las mandaban arriba. Arriba era otro mundo, otro dinero, otras reglas.
—Faltó la Yesenia, pidió sus días —aclaró doña Lupe, adivinándole la pregunta en la cara—. Y tú tienes buena facha y no eres habladora. Pero no te me emociones, ¿eh? Subes, sirves, sonríes y bajas. No eres la estrella. Eres la charola.
—Sí, doña Lupe.
No se emocionó. No tuvo tiempo. Porque justo entonces, con la charola ya en una mano, le vibró el celular en la otra.
En la pantalla, cinco letras que le pesaban como una losa: MAMÁ.
Camila se quedó viéndolas. Siempre dudaba. Y siempre, para su desgracia, terminaba contestando. Se metió a un rincón del pasillo, entre dos cortinas de terciopelo, y se llevó el teléfono a la oreja.
—Bueno.
—¡Camila! Hija. —Del otro lado se encendió, puntual, ese llanto que su madre sabía abrir y cerrar como una llave de agua—. Menos mal que contestas. Mija, si este mes no mandas para la deuda, esa gente va a volver a la casa. Ya vinieron el martes. Dicen que si Bruno no les paga le van a cortar un dedo, Camila. Un dedo. Te lo pido de rodillas, como tu madre que soy.
Camila apretó la charola contra el vientre hasta que el borde le marcó la piel. Cerró los ojos. Vio la casa del pueblo, la mesa de fórmica, a su hermano Bruno con esa sonrisa fácil de siempre, la de "esta vez sí me la sé", la que llevaba desde niño perdiéndolo todo en el juego.
—Pues que se lo corten —dijo. Y la calma con que le salió la voz le dio escalofríos a ella misma—. Si Bruno vuelve a apostar, mamá, que le corten los diez. Yo ya no tengo de dónde.
—¡Camila! —El llanto se transformó en veneno en menos de un segundo, sin transición, como si nunca hubiera habido lágrimas—. ¿Cómo dices eso de tu hermano? El único hombre de esta familia. Se ve que te fuiste a la ciudad grande y ya se te subió. Ya se te olvidó de dónde saliste, quién te dio de comer, quién…
Ahí estaba. La daga de siempre, envuelta con esmero en la palabra sangre. Familia. Madre. Lo que le crié.
Camila colgó.
No lo hizo con rabia. La rabia se le había gastado hacía años. Lo hizo con ese cansancio hondo que ya ni siquiera duele, que solo pesa, como cargar agua en los pulmones. Se quedó un segundo mirando la pantalla apagada, respiró hasta el fondo, se colgó de nuevo la sonrisa de mesera como quien se cuelga un delantal, y empujó con el hombro la puerta acolchada del reservado.
Adentro era otro planeta.
Cuero negro y luz de ámbar. El humo colgaba en el aire en capas quietas. Media docena de hombres de traje repartidos en los sillones, repantigados con la seguridad de quienes nunca en su vida han pedido permiso para nada. Sobre la mesa central, botellas que costaban más que el semestre de Camila. Ella clavó los ojos en la alfombra, como le habían enseñado —a los señores no se les mira a la cara hasta que ellos hablen—, y avanzó con la charola en equilibrio.
Repartió la primera copa. La segunda. Y al levantar apenas la vista para no chocar con nadie, casi se le va la charola de las manos.
Porque entre aquellos peces gordos, de pie, sirviendo las bebidas con la cabeza gacha como un empleado más, había una cara que ella conocía.
Su vecino.
El del sexto piso. El de la puerta de enfrente, esa que ella nunca había tocado hasta la noche anterior. El hombre que, hacía menos de veinticuatro horas, le había salvado la vida.
La memoria se le vino encima de golpe.
Había sido la noche anterior, también tarde, también volviendo del trabajo. Bajó del camión y desde la parada sintió que algo la seguía: unos pasos arrastrados, una respiración pesada a su espalda, ese modo de respirar de los que no traen buenas intenciones. Un hombrecillo encorvado, con una botella en la mano y los ojos vidriosos clavados en ella. Apuró el paso; él apuró el suyo. Subió los seis pisos con el corazón en la garganta y, al llegar a su puerta, las manos le temblaban tanto que la llave no atinaba a la cerradura. Y él ya estaba al fondo del pasillo, tambaleándose hacia ella, sonriendo.
No lo pensó. Se dio la vuelta y empezó a golpear con los dos puños la puerta de enfrente. La de aquel vecino con el que jamás había cruzado una palabra.
—¡Mi amor, ya llegué! —gritó, con una voz aguda que no se reconoció—. ¡Ábreme, mi amor, por favor!
A la cuarta vez, la puerta se abrió.
Y de ella salió un hombre tan grande que le faltó poco para tocar el marco con la cabeza. Iba con el torso desnudo, recién levantado o a punto de dormir; los hombros le tapaban la luz del pasillo. Piel morena, el pelo corto y erizado, la mandíbula dura. Y sobre el hombro izquierdo, bajando en diagonal hasta el pecho, un tatuaje que a Camila le heló la sangre más que el borracho: un jaguar negro agazapado, la cabeza posada justo encima del corazón, los músculos tensos, como una bestia a un parpadeo de saltar. Del cuello le colgaba, de un cordón de cuero gastado, una medalla oscura, casi negra, que le reposaba en el esternón.
El hombre no la miró a ella. Miró por encima de su cabeza, al fondo del pasillo.
—¿Quién es tu amor? —preguntó. La voz le salió grave, pareja, sin una gota de burla ni de sueño. Una voz que no invitaba a bromear.
Cuando Camila giró la cabeza para señalar al borracho, el borracho ya no estaba. Se había esfumado con solo verlo asomar, como se esfuma el humo cuando abren una ventana. Ella alcanzó a soltar un "gracias" del tamaño de un mosquito, se metió a su departamento y echó los tres cerrojos con el corazón golpeándole las costillas.
Y ahora —menos de un día después— ese mismo hombre estaba aquí, en el reservado más caro del Zafiro, sirviéndoles copas a los amos de Ciudad Bravo, dócil y callado como uno más de la servidumbre.
A Camila se le encogió el pecho de pura lástima. Pobre. Ella vivía en ese mismo edificio ruinoso, de paredes descarapeladas y el foco del pasillo fundido desde hacía meses; sabía en carne propia lo que costaba estirar unos pesos hasta fin de mes. Un hombre así de imponente, con semejante planta, agachando la cabeza por una propina. Lo que le habría costado colarse a trabajar en un lugar como este.
Fue repartiendo las copas una por una. Y cuando llegó junto a él, lo vio hojear la carta de licores despacio, pasando las páginas hacia atrás. Hacia los caros. Hacia los que costaban una fortuna.
Camila se le acercó apenas, y sin mover casi los labios, le murmuró:
—Oye. No le sigas para atrás. Los del final están carísimos. —Bajó todavía más la voz—. Los de adelante saben casi igual, y a estas horas todos vienen bien servidos; nadie va a notar la diferencia. Ahorra donde puedas, que aquí nadie te lo va a agradecer.
Por un instante, aquel hombre de cara de piedra levantó los ojos de la carta y la miró. La miró como si le hubiera hablado en un idioma que no existía, con algo entre la sorpresa y la incredulidad.
Y luego, muy despacio, se le levantó una comisura de la boca.
No fue una sonrisa. Fue medio segundo, la sombra de una sonrisa. Pero el reservado entero enmudeció de golpe, como si una mano invisible hubiera bajado el volumen del mundo. Los peces gordos se enderezaron en sus sillones. Uno de ellos —un hombre mayor, de lentes de armazón finito, al que los demás llamaban con respeto señor Lorenzo del Valle— se quedó con la copa a medio camino de la boca, los ojos yendo del vecino a la muchacha y de la muchacha al vecino.
Qué exagerados, pensó Camila, sin entender nada. Se le queda uno viendo tantito al que sirve y ya se ofenden.
—¿Ya escogió, señor? —preguntó, recomponiéndose, volviendo al tono de mesera.
El hombre cerró la carta de golpe, con una sola mano.
—Lo que ella diga —respondió, sin dejar de mirarla.
Camila salió del reservado con la cara ardiendo y una sensación tibia en el pecho, convencida de que le había caído en gracia al pobre de su vecino, y de que, con un poco de suerte, le había ganado una noche tranquila entre los que más pagaban.
No tenía la menor idea de en cuál puerta acababa de tocar.