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El Karma del Marido Desleal

El Karma del Marido Desleal

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Completas
Popularitas:239.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Miss Ra

Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.

Mientras tanto, el karma no descansaba.

Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.

Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.

NovelToon tiene autorización de Miss Ra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episodio 1

Esa tarde, la capital no estaba de humor. El cielo encapotado colgaba bajo, dejando que una llovizna fina comenzara a mojar los cristales del lujoso apartamento en el piso veintidós. Dentro de aquella unidad, sin embargo, la calidez brotaba de una sola persona: Valentina Reyes.

Valentina acababa de volver del centro comercial. Aunque su vientre de siete meses la agotaba con facilidad, la sonrisa no se le borraba de los labios.

Había comprado un par de zapatitos de bebé, blancos e inmaculados, con un pequeño lazo azul a cada lado. Eran tan diminutos que ambos le cabían en la palma de una sola mano.

—Nuestro hijo va a verse hermoso con ellos —susurró mientras se acariciaba el vientre abultado.

El sonido de la puerta principal al abrirse le aceleró el corazón. Sebastián había vuelto temprano. Valentina se puso de pie de inmediato, se alisó la bata de maternidad de seda y caminó a recibir a su esposo.

Sebastián Montero entró con un rostro más frío que la lluvia de afuera. La corbata aflojada, el saco colgando descuidadamente del brazo izquierdo. Sin saludo, sin el beso en la frente de siempre.

—¿Ya llegaste? ¿Quieres bañarte primero o te preparo algo de tomar? —preguntó Valentina con suavidad, intentando ignorar el aura gélida que traía su marido.

Sebastián no respondió. Se limitó a arrojar el portafolio sobre el sofá de piel y se dejó caer reclinando la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, pero la mandíbula se le endureció.

Valentina se acercó, llevando la cajita con los zapatitos que acababa de comprar.

—Mira esto, mi amor. Fui a la tienda de cosas para bebé. ¿No son preciosos? Me imagino sus piernitas pateando cuando se los pongamos.

Le extendió los zapatitos justo frente al rostro de Sebastián. Esperaba que sonriera, que le acariciara el vientre o que, al menos, le prestara un poco de atención a su futuro hijo. Pero lo que ocurrió desafió toda lógica.

Sebastián abrió los ojos. En lugar del brillo de la alegría, solo había una mirada de asco. Con brusquedad, apartó la mano de Valentina de un manotazo. Los zapatitos se le escaparon de los dedos y cayeron al suelo, separados, junto a la pata de la mesa.

—Deja de hablarme de ese niño, Valentina. Estoy harto —la voz de Sebastián fue baja, pero afilada como una navaja.

Valentina se quedó petrificada. Inmóvil, mirando los zapatitos tirados en el piso.

—¿Qué te pasa? ¿Tuviste problemas en la oficina? ¿Por qué hablas así?

Sebastián se puso de pie, obligándola a levantar la mirada para verlo a los ojos.

—El problema no es la oficina. El problema está aquí. En esta casa. En este matrimonio.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un sobre color marrón y lo lanzó sobre la mesa.

—Quiero que terminemos.

El corazón de Valentina pareció detenerse.

—¿Terminar? ¿Qué quieres decir?

—Quiero volver con Clarissa —dijo Sebastián sin un ápice de duda. Pronunció aquel nombre con una nostalgia que contrastaba brutalmente con la forma en que miraba a su propia esposa—. Ella volvió. Me necesita. Y para serte honesto, durante estos dos años intenté quererte, Valentina. Pero fracasé. Sigo deseándola a ella.

Valentina sintió que su mundo se derrumbaba. El oxígeno a su alrededor desapareció de golpe.

—¿Y yo qué? ¿Y este bebé? Tú fuiste el que me pidió que dejara de trabajar para cuidar el embarazo, tú fuiste el que dijo que quería formar una familia pequeña y feliz...

—¡Eso fue antes de que Clarissa volviera! —cortó Sebastián con dureza—. No quiero darle más vueltas. No quiero esperar a que nazca ese niño. Cada día que sigo aquí me siento más atrapado.

Sebastián respiró hondo y clavó la mirada en Valentina con un gesto retador. Esperaba la reacción que había visto en las telenovelas o imaginado durante toda la noche.

La escena en la que Valentina lloraría histérica, se arrodillaría a sus pies, suplicaría por el hijo que llevaba en el vientre, o al menos lo insultaría con una furia desbordada.

Sebastián ya tenía preparado el escudo de su ego. Quería sentirse necesitado, quería sentir que él era el centro del universo de Valentina y que si él se iba, ella se desmoronaría.

Pero el silencio lo emboscó.

Valentina no lloró. Ni una sola lágrima rodó por sus mejillas pálidas. Solo se quedó de pie, inmóvil, mirándolo directamente a los ojos. Una mirada vacía, pero profundísima. Como si en ese mismo instante estuviera borrando cada centímetro de recuerdos de Sebastián de su cabeza.

Pasó un minuto. Dos minutos. Valentina seguía congelada en su silencio.

Sebastián empezó a sentirse incómodo.

—¿Por qué no dices nada? ¿Estás furiosa? ¡Insúltame! ¡Dime que soy un desgraciado! ¡Vamos, grita! —le exigió, intentando provocarla.

Valentina siguió callada. Aquel silencio resultaba más aterrador que cualquier grito para Sebastián. Un silencio que demostraba que las palabras de él ya no merecían siquiera una respuesta.

—¿Me oíste? —Sebastián la sujetó por los hombros y la sacudió levemente—. ¡Te estoy dejando! ¡Me divorcio de ti ahora mismo! Vete de mi vida y vuelve con tu familia. Yo me encargo de todo el papeleo con el abogado.

Valentina se soltó de sus manos con un movimiento tan sereno que parecía mecánico. Se agachó y recogió los dos zapatitos del suelo. Les quitó un polvo imaginario con la punta de los dedos.

—¿Eso es todo? —la voz de Valentina salió al fin. Plana. Sin temblor.

Sebastián se quedó boquiabierto.

—¿Qué?

Valentina lo miró de nuevo. Esta vez había un destello en sus ojos. No era amor, sino un asco puro.

—¿Eso es todo lo que tienes? ¿Tu razón es una mujer del pasado?

—¡No es una simple mujer del pasado, es el amor de mi vida! —se defendió Sebastián, aunque en el fondo le extrañaba que Valentina no mostrara fragilidad alguna.

Valentina asintió despacio.

—Está bien. Si eso es lo que quieres. Gracias por decírmelo ahora, antes de que perdiera más tiempo amando a la persona equivocada.

Se dio la vuelta y caminó hacia la habitación sin voltear ni una sola vez. Sus pasos firmes, a pesar del peso de su vientre. Sin sollozos, sin hombros temblando.

Sebastián se quedó clavado en la sala. Se sentía derrotado. Se suponía que él debía sentirse victorioso por haberse librado de una carga, pero la calma de Valentina le destrozó el ego.

Quería que ella suplicara, quería que llorara para poder sentirse poderoso al concederle una migaja de compasión.

Pero Valentina le dio un silencio letal.

Dentro de la habitación, Valentina cerró la puerta con suavidad. Apoyó la espalda contra ella. Sus manos apretaban los zapatitos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Fue ahí, en la soledad, donde una sola lágrima cayó. Solo una.

Se acarició el vientre. No tengas miedo, mi amor. Tu padre tal vez murió hoy. Pero tu madre va a ser tu mundo entero, pensó en silencio.

Afuera, Sebastián pateó la mesa de centro con rabia.

—¡Maldita sea! ¿Por qué actúa como si yo no le importara? —masculló.

Esa noche, bajo el cielo lloroso de la capital, una promesa sagrada fue asesinada a sangre fría. Sebastián no sabía que al pronunciar aquel divorcio, no solo había perdido a una esposa: acababa de cerrar la puerta del paraíso que Valentina le abría cada día.

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Maria Victoria Ruiz Alcaide
Preciosa bien explicada y con un sentimiento que he llegado a llorar .sutura siga escribiendo un nos deleita con novelas como está .
Maria Victoria Ruiz Alcaide
Y a mí llore un montón me gustó muchísimo gracias autora la he compartido a mí grupo
Maria Victoria Ruiz Alcaide
Maldito asqueroso ojaja la amante le ponga más cuernos que un toro de miura
Keyla Cervantes Ocampo
me encantó felicidades autora.
Tita Reynoso
Brillante final para encontrar la felicidad de dos familias, que parecían tener caminos escabrosos, final de pesares ,ahora a seguir disfrutando de la felicidad pero cada quien en su hogar!!!! FELICITACIONES AUTORA!!!!!, SALUDOS DESDE MI ARGENTINA 🇦🇷🇦🇷🇦🇷 SOY TITA REYNOSO 👏👏👏👏👏🌹🌹🌹🌹🌹💖💖💖💖💖⭐⭐⭐⭐⭐
Tita Reynoso
EXCELENTE!!!!
Mónica Viviana
Que hipocrita y egoísta, la abandonó, la humilló y quiere evitar que sea feliz
elsa fernandez
Es una exageración 8 meses de embarazo y dice luchando entre la vida y la muerte mi hijo nació a los 8 meses El único problema no sabía chupar le ponían chupete en la boca yo estuve cuatro días con contracciones tenia 4 centímetros. de dilatación me hicieron cesarea
Estela Garduño Vázquez
Ya chole con la estúpida actitud de esta tipa y el Dr. XD, me gusta más la pareja de Sebastian y el.
yudith del carmen betancourrt abanes
si se puede ése hombre es un perro poco hombre
maria fernanda ortega ruiz
viva la abuela así se habla
Elizabeth Nuñez
Muy bueno
Carla Carvajal
que no sé suponía que el siempre iba a revisar al bb, porque ahora es como si recién se hubieran visto, problemas de continuidad en la historia???
🇻🇪Jennifer Rodríguez🇻🇪
Que Clarissa caiga de un acantilado, por favor
Ginnette
Que le llegue el karma a Sebastián, pero que Valentina sepa salir sola adelante, no ser dependiente de un hombre, después llegué el amor ❤️❤️❤️❤️
Monica L.C . 🇻🇪 🇦🇷
excelente historia ,!!?!
Maria Cerdán
Porque no le importas en este momento, su mundo se dividió en dos al momento de saber que sería madre. No es que haya dejado de amarte pero su hijo pasó a primer plano y así va a ser hasta que él deje de necesitarla, es su centro, su eje, su vida.
Luz Mary Gomez Sierra
por favor autora desaparece a Clarissa que me va a dar gastritis
Luz Mary Gomez Sierra
ahora deseo ver a esa Clarissa en la inmunda
Luz Mary Gomez Sierra
ahí le tocará quedarse y empezar de cero en la casita de la abuela de Valentina y aprender a ser buen ser vivo idiota
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