Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Sentí la cara arder.
—Baja la voz, Lilia.
Ella abrió los ojos como si acabara de encontrar el chisme de su vida.
—Entonces sí pasó.
—Lilia.
—No manches, señora Montalvo. ¿El señor serio salió tremendo?
Me tapé media cara con la mano.
—Te odio.
—No me odias. Te da pena porque le atiné.
Quise meterme dentro del vaso de café.
Lilia se pegó más a mí, feliz.
—Además, con la cara que tiene tu marido, yo sí tenía curiosidad. La gente decía que era de hielo. Que no miraba mujeres. Hasta escuché que tal vez le gustaban los hombres.
—Qué gente tan ociosa.
—Pues contigo se les acabó el cuento.
No contesté.
Porque no podía decirle que Dante Montalvo no tenía nada de hielo cuando cerraba la puerta.
Anoche me había tenido debajo de él hasta dejarme temblando. Todavía me dolían partes del cuerpo que yo prefería no recordar en horario laboral.
Y lo peor era que, si lo recordaba, también me daba calor.
Qué horror conmigo.
—A ver —insistió Lilia—. Dime la neta. ¿Aguanta? ¿Te dejó satisfecha? Lo importante: ¿sí te gustó?
—¡Ya!
—Aquí no hay nadie.
La boca se le cerró de golpe.
Miré hacia la puerta.
Lorena estaba ahí.
Pálida.
Con los ojos fijos en mi cuello.
Lilia perdió toda la valentía.
—Voy por... otra cosa. Ahorita vuelvo.
Tomó su vaso y salió como si el piso quemara.
Nos dejó solas.
Lorena entró despacio.
No me miró a la cara. Se quedó viendo las marcas que yo no había cubierto.
No había sido un accidente.
Esa mañana me vi al espejo, vi los chupones que Dante me dejó y pensé en Lorena abrazándolo ayer en Grupo Montalvo, llorándole como si todavía tuviera derecho.
Me puse blusa con cuello abierto.
Ni modo.
—¿Es cierto? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Tú y Dante.
Le di un trago a mi café.
—Somos esposos.
—No me contestes así.
—Te estoy contestando.
Sus ojos se llenaron de agua.
—¿Te acostaste con él?
Sentí vergüenza, sí.
Pero también cansancio.
Mucho cansancio.
—Mis marcas no salieron solas.
Lorena se quedó quieta.
Como si la hubiera golpeado.
—¿Cómo pudiste?
—¿Perdón?
—Sabías lo que yo sentía por Dante. Durante años le dijiste cuñado. ¿No te da asco?
Solté una risa seca.
—Lorena, la que está perdida eres tú.
—No me hables así.
—Estoy casada con Dante. La que sigue buscando a un hombre casado eres tú.
Se le quebró la cara.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque suena feo?
Me acerqué un paso.
—Ayer te rechazó. Lo vi. No fue porque yo estuviera ahí. Fue porque no quiere volver contigo.
Lorena apretó los labios.
—Es fácil para ti. Tú lo tienes.
—Porque tú lo soltaste.
—¡No entiendes! Si renuncio a Dante, nunca voy a encontrar a alguien como él.
La miré.
De verdad la miré.
—¿Tu vida entera depende de encontrar un hombre como Dante?
—No es eso.
—Sí es eso.
El silencio de la sala de café se volvió incómodo.
—Tienes estudios, dinero, apellido, contactos. Y aun así estás aquí, llorando porque un hombre no te escogió después de que tú lo engañaste.
—Cállate.
—No.
Mi voz salió más tranquila de lo que yo me sentía.
—Toda la vida te protegieron. Te hicieron creer que si algo salía mal, alguien más tenía que arreglarlo por ti. Esta vez no.
Lorena respiró con dificultad.
—Me estás humillando.
—No. Te estoy diciendo algo que nadie en esa casa se atreve a decirte.
Tomé mi café.
—Haz lo que quieras con eso.
Pasé junto a ella y salí.
No miré atrás.
Lorena se quedó junto a la puerta.
Las piernas le temblaron y tuvo que apoyarse en el marco.
Toda su vida había sido la hija perfecta de los Robles. La bonita, la preparada, la que recibía elogios antes de terminar una frase.
Ahora su hermana menor la había mirado como si, sin Dante, no quedara nada.
El celular empezó a sonar.
Lorena miró la pantalla.
Se le helaron los dedos.
Era él.
El hombre del video.
El que había terminado de romper su boda.
Volví a mi escritorio con el café en la mano y una rabia rara atorada en el pecho.
Me senté.
Luego me dio risa.
Una risa chiquita, amarga.
¿Para qué le dije tanto?
Lorena había crecido entre algodones, con mis papás cubriéndole cada caída antes de que tocara el piso. Una mujer así no quería escuchar verdades. Quería que el mundo volviera a acomodarse a su favor.
Tomé café.
Estaba tibio.
Igual me lo acabé.
El proyecto de diseño para Grupo Altavista ya estaba listo, pero el cliente lo regresó con una lista de cambios. Colores, distribución, materiales, presupuesto, todo les parecía “casi, pero no”.
Así que me puse a trabajar con el equipo.
Me sirvió.
Entre planos, correos y revisiones, dejé de pensar en Lorena.
Y dejé de pensar en Dante.
Bueno.
Casi.
En Grupo Montalvo, Dante regresó a su oficina después de la junta de la mañana.
Tenía documentos esperando sobre el escritorio.
Contratos.
Reportes.
Autorizaciones.
Los abrió uno por uno, pero leyó la misma línea tres veces sin entenderla.
Frunció el ceño.
No era normal en él.
En la junta también se había distraído.
Y todo por Ximena.
Por la forma en que ella lo evitó en la mañana.
Por la manera en que se movía con cuidado, como si cada paso le recordara lo que había pasado en la cama.
Dante dejó la pluma sobre el escritorio.
Tal vez había sido demasiado brusco.
Tal vez la había lastimado más de lo que ella quiso decir.
O tal vez no le había gustado.
Esa idea le tensó la mandíbula.
No le gustó.
Nada.
Pensó en resolverlo de la forma más directa: volver a llevarla a la cama esa noche y hacerlo mejor.
Pero ahí estaba el problema.
¿Mejor cómo?
Dante Montalvo sabía cerrar contratos, comprar empresas, hundir a un rival con tres llamadas.
De sexo sabía lo necesario.
O eso había creído hasta que Ximena salió de la cama caminando como si él hubiera usado demasiada fuerza y muy poca cabeza.
Se recargó en el respaldo.
Entonces recordó a Nicolás.
Nicolás Ibarra tenía la pésima costumbre de mandarle videos indecentes por WhatsApp, con comentarios inútiles y emojis todavía peores.
Dante jamás los abría.
Le parecían una pérdida de tiempo.
Hasta ese día.
Tomó el celular.
Entró al chat con Nicolás y buscó entre los mensajes viejos.
Ahí estaban.
Varios enlaces.
Varios videos.
Dante dudó un segundo.
Luego tocó uno.
El video cargó.
Y empezó de golpe.
Gemidos.
Una cama.
Una mujer con la voz rota.
El volumen estaba en altavoz.
Dante se quedó inmóvil apenas un segundo, más por sorpresa que por interés.
Ese segundo fue suficiente.
La puerta se abrió.
—Señor, el cliente de las doce quiere...
Saúl se quedó congelado.
Los gemidos seguían saliendo del celular.
Dante cerró el video con un movimiento seco.
Silencio.
Un silencio horrible.
Saúl parpadeó.
Una vez.
Dos.
—Perdón, señor.
Dante levantó la vista.
Saúl tragó saliva.
—Interrumpí su... momento. Ya me voy.
—Saúl.
—Sí, claro. Bajo con el cliente. Le digo que se reprograme. Usted siga. O sea, no siga si no quiere. Digo, yo no vi nada.
Dante no movió un músculo.
Eso lo empeoró.
Saúl retrocedió hasta la puerta.
—No estuve aquí.
La cerró.
Y salió caminando demasiado rápido.
En el pasillo, Saúl sintió que la camisa se le pegaba a la espalda.
Acababa de sorprender a Dante Montalvo viendo porno en plena oficina.
Solo.
Con la puerta abierta.
¿Y si ya se estaba tocando?
No.
No, por favor.
¿Lo iban a correr mañana por respirar cerca del elevador?
Saúl se llevó una mano al pecho.
—Trágame tierra —murmuró.