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LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

LA MALDICIÓN DE LAS ROSAS DORADAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Brujas / Amor eterno / Completas
Popularitas:997
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.

Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.

Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.

Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.

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Capítulo 8: La sombra del ala oeste

Aurelius no soltó el brazo de Seraphina mientras corrían por el corredor.

Ella intentó liberarse varias veces, pero la mano del emperador era firme. No la sujetaba con crueldad, aunque tampoco le daba oportunidad de detenerse. Detrás de ellos, la oscuridad avanzaba por el suelo como una criatura viva.

El humo negro se extendía entre las columnas, cubriendo el mármol y apagando las lámparas a su paso.

—¡Suélteme! —exigió Seraphina.

—¡Si me detengo, esa cosa nos alcanzará!

—¡Entonces explíqueme qué es!

—¡No hay tiempo!

—Siempre dice lo mismo.

Aurelius giró en una esquina y la obligó a entrar en una pequeña sala lateral. Cerró las puertas de madera y colocó ambas manos sobre ellas. Los símbolos dorados tallados en la superficie comenzaron a iluminarse.

Seraphina retrocedió hasta quedar junto a una mesa.

—¿Qué está haciendo?

—Cállate.

—No pienso quedarme callada.

Aurelius murmuró unas palabras en un idioma antiguo. Su voz era baja, pero cada sílaba parecía hacer vibrar las paredes. Una luz dorada se extendió desde sus manos y cubrió las puertas como una red de hilos brillantes.

Al otro lado, algo golpeó.

La sala entera tembló.

Seraphina contuvo un grito.

Aurelius apretó los dientes. La marca de espinas volvió a arder bajo su ropa. Un hilo de sangre descendió desde la comisura de sus labios.

—Está herido —dijo ella.

—Ya me lo has dicho.

—Y sigue sin hacer nada.

—Estoy intentando contenerlo.

Otro golpe sacudió las puertas.

Esta vez, una grieta apareció en la madera.

Seraphina observó los símbolos dorados. Algunos comenzaban a apagarse.

—No puede detenerlo.

—Puedo hacerlo.

—La magia está desapareciendo.

Aurelius la miró con dureza.

—¿Sabes leer runas?

—No.

—Entonces no opines.

—No hace falta leerlas para ver que está fallando.

Aurelius volvió a concentrarse. Sus hombros se tensaron y la respiración se volvió más pesada. La luz de las marcas de su pecho escapó por el cuello de su túnica.

Seraphina dio un paso hacia él.

—¿Qué necesita?

—Aléjate.

—Le pregunté qué necesita.

—Que te vayas.

—No voy a dejarlo solo mientras esa cosa intenta entrar.

Aurelius levantó la mirada.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Entonces dígame la verdad.

Por un instante, el emperador pareció dispuesto a responder. Pero un rugido atravesó la puerta y la grieta se abrió un poco más.

Aurelius levantó una mano.

—¡Retrocede!

Seraphina obedeció.

Una fuerza invisible golpeó las puertas desde dentro. El metal de las bisagras se dobló y el aire se llenó de polvo. Aurelius extendió los brazos y un círculo de luz dorada apareció bajo sus pies.

La oscuridad chocó contra la barrera.

El emperador gritó.

Fue un sonido breve, pero lleno de dolor.

Seraphina lo vio caer de rodillas.

La barrera comenzó a quebrarse.

—¡Aurelius!

Él apoyó una mano en el suelo.

—No te acerques.

—¡Está a punto de desmayarse!

—¡No te acerques!

La puerta volvió a estremecerse. Una sombra atravesó la grieta, larga y delgada, como un brazo formado por humo. Sus dedos golpearon el suelo, buscando algo.

Buscando a alguien.

La sombra se movió en dirección a Seraphina.

Aurelius la vio y su expresión cambió por completo.

Con un esfuerzo desesperado, se puso de pie y se interpuso entre ella y la criatura. La luz dorada estalló desde su pecho y cubrió toda la sala.

La sombra retrocedió con un chillido agudo.

Seraphina se quedó inmóvil.

En ese momento entendió que Aurelius no se había colocado frente a ella para controlarla.

La estaba protegiendo.

El emperador cerró los puños y gritó las últimas palabras del conjuro. Las puertas se cerraron de golpe. Las cadenas rotas se elevaron en el aire y volvieron a unirse alrededor de la madera.

El silencio regresó.

Aurelius permaneció de pie durante unos segundos. Luego su cuerpo se tambaleó.

Seraphina corrió hacia él y lo sostuvo antes de que cayera.

—No me toques —murmuró.

—Si lo suelto, caerá.

—Prefiero caer.

—Qué hombre tan insoportable.

Seraphina lo ayudó a sentarse contra la pared. Aurelius tenía el rostro pálido y los ojos entrecerrados. El dolor había dejado su respiración entrecortada.

—Llame a un médico —dijo ella.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque nadie debe saber que la puerta se abrió.

—Todo el palacio debió escucharlo.

—Los guardias escucharon un trueno.

—¿Y espera que yo crea eso?

—No necesito que creas nada.

Seraphina se arrodilló frente a él.

—Usted casi muere.

—No es la primera vez.

—Pero podría ser la última.

Aurelius la observó en silencio. Estaba demasiado débil para apartarla y demasiado orgulloso para aceptar ayuda.

Seraphina notó que la cadena de su medalla comenzaba a calentarse. El metal brillaba débilmente contra su pecho.

Aurelius también lo vio.

—Quítatela —dijo.

—No.

—Seraphina, por una vez, obedece.

—¿Por qué le preocupa tanto?

El emperador extendió la mano hacia la medalla, pero se detuvo antes de tocarla. Su expresión cambió al ver el resplandor.

—Esa marca… —susurró.

—¿Qué marca?

—La luna.

—Es una medalla de mi abuela.

—¿Tu abuela pertenecía a una orden mágica?

—No lo sé.

Aurelius cerró los ojos.

—Debes irte de este palacio.

Seraphina frunció el ceño.

—Hace unas horas quería obligarme a casarme con usted.

—Las cosas han cambiado.

—No. Usted sigue siendo el mismo hombre que me ordenó venir.

—No entiendes.

—Entonces explíqueme.

Aurelius abrió los ojos. Por primera vez, Seraphina vio miedo en ellos.

—La criatura que está detrás de esa puerta no puede salir sin un vínculo.

—¿Qué clase de vínculo?

Aurelius miró la medalla.

—Uno que acaba de reconocerte.

Seraphina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Me reconoció a mí?

Antes de que Aurelius pudiera responder, un sonido suave llegó desde el otro lado de la puerta.

No era un rugido.

Era un susurro.

Una voz femenina pronunció el nombre de Seraphina.

—La elegida…

Aurelius se puso de pie con dificultad.

—No vuelvas a acercarte a esta puerta.

—¿Quién es la elegida?

—No lo sé.

—¡Usted sí sabe algo!

—Sé que, si esa criatura vuelve a llamarte, debes ignorarla.

—¿Y si no lo hago?

Aurelius la miró fijamente.

—Entonces el palacio entero caerá.

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