Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 5: Encuentro Inesperado
Los días siguientes, Elena aprendió a vivir dos vidas. Por las mañanas, en las aulas y los pasillos, Damian Varela era intocable: serio, distante, la estrella de hielo que todos admiraban y pocos se atrevían a acercarse. Por las tardes, tras la puerta cerrada y con llave de su despacho, se transformaba: miradas que la desvestían, roces que la incendiaban, voz ronca que susurraba órdenes contra su piel. Nadie sospechaba nada. Y ese doble juego, lejos de calmarla, la consumía cada vez más.
Era miércoles por la mañana. Elena ocupaba su lugar habitual en la primera fila, cuaderno abierto sobre el pupitre, aunque sus ojos apenas anotaban. Damian estaba al frente del salón, exponiendo con soltura, respondiendo preguntas con precisión. Vestía traje gris impecable, corbata oscura, cabello peinado hacia atrás. Todo en él decía autoridad y control. Pero cada vez que sus ojos grises se cruzaban con los suyos, el mundo se detenía. Una fracción de segundo, nada más… y ella sentía el fuego subirle por el cuello hasta las mejillas.
Al terminar la clase, varios estudiantes lo rodearon para consultarle dudas. Elena guardó sus cosas con calma, esperando su oportunidad de salir sin llamar la atención. Ya casi lo lograba, cuando su voz la detuvo:
—Señorita Soler, ¿un momento?
Elena se tensó de golpe. Varios pares de ojos se giraron hacia ella. Tragó saliva y se acercó, fingiendo calma.
—¿Sí, profesor?
Él le tendió unos papeles con expresión impasible, aunque sus dedos rozaron los suyos al entregárselos. —Aquí están las indicaciones para el trabajo práctico. Revíselo bien. Tiene puntos importantes.
—Gracias —respondió ella, tomándolos sin levantar demasiado la voz.
—Y recuerde —añadió, bajando el tono lo justo para que solo ella lo oyera, con un brillo travieso y oscuro en la mirada—: puntualidad esta tarde. No llegue tarde. Tengo… planes para nuestra sesión.
Elena asintió con la garganta seca y se alejó. Al doblar la esquina, se apoyó contra la pared y soltó el aire que había contenido. “Tengo planes para nuestra sesión”. Las palabras le resonaban en la cabeza como un tambor, acelerándole el pulso. ¿Qué lección le esperaba ahora? ¿Hasta dónde llegarían esta vez?
Llegaron las cinco y Elena estaba allí, corazón en la boca. Damian la hizo pasar de inmediato, más relajado que otras veces. Se había quitado la chaqueta y la corbata, dejando ver la camisa desabotonada en el cuello.
—Bien —dijo, cerrando la puerta tras ella—. Hoy saldremos de aquí. Hay algo que quiero que veas.
—¿Salir? —repitió ella, sorprendida. —¿Juntos? ¿Alguien nos verá?
—Vamos a una recepción universitaria —aclaró él, tomando del perchero un abrigo oscuro y se lo entregó—. Es parte de tu formación. Aprenderás a observar en público. A estar cerca de mí… sin que nadie sepa quién soy para ti. ¿Te atreves?
Elena respiró hondo y tomó el abrigo. —Sí.
Caminaron juntos por los pasillos laterales hasta el salón de actos. Al entrar, el bullicio los envolvió de inmediato: cientos de personas, copas en mano, risas, música suave de fondo. Damian la guió con paso firme, pegado a su lado, y a cada paso la protegía de la multitud rozando levemente su espalda con la mano. Un gesto inocente que a ella le quemaba la tela de la blusa y la piel debajo.
—Mantente cerca de mí —le susurró al oído, inclinándose como si le explicara algo importante—. No te alejes. Y recuerda: nadie sabe lo que hay entre nosotros. Para todos… eres solo una alumna a la que acompaño. ¿Entendido?
—Perfectamente —respondió ella, con un atisbo de desafío—. ¿Y para ti? ¿Qué soy?
Damian la miró de reojo, y sus labios se curvaron en una media sonrisa llena de promesas prohibidas. —Todo. Y nada a la vez. Depende de cómo te portes.
Recorrieron el salón. Él hablaba con catedráticos y compañeros, serio y educado, mientras ella permanecía a su lado, sonriendo y escuchando. Pero bajo la mesa del bufé, cuando creyó que nadie miraba, él rozó su pierna con la suya. Un roce sutil, casi casual, que se prolongó segundos más de lo necesario. Elena contuvo la respiración y aguantó la mirada frente al decano, mientras por dentro ardía en llamas. Él no apartó la pierna. Al contrario: la presionó leve, desafiándola a reaccionar.
¿Quién te mira, Elena? ¿Qué imaginas cuando te toco así? La pregunta resonó en su mente como si se la hubiera dicho en voz alta.
Más tarde, mientras hablaba con un grupo de profesores, Damian bajó la mano disimuladamente y rozó sus dedos junto al cuerpo. Un roce breve, eléctrico, que hizo que ella se aferrara con fuerza su copa. Nadie notó nada. Para el mundo eran profesor y alumna. Pero entre ellos… el aire chispeaba con cada roce robado, cada glance compartida, cada respiración sincronizada.
—Eres increíble —le dijo él al quedar solos unos instantes junto a la ventana—. Mantienes la compostura como si nada… y apuestas todo en la mirada. ¿Sabes lo difícil que es para mí no atraerte aquí y besarte hasta que se nos caigan las copas al suelo?
Elena se acercó un milímetro más, voz apenas un soplo: —¿Y quién te lo impide?
Damian apretó la mandíbula y cerró los ojos un instante, luchando consigo mismo. —Yo. Mi control. Por ahora.
La noche cayó sobre ellos, pero el juego no terminó. Cada vez que alguien se acercaba, se separaban unos centímetros. En cuanto se alejaban, volvían a rozarse: un hombro contra otro, su mano rozando su cintura al pasar, su respiración rozando su sien al inclinarse. El secreto los unía con más fuerza que cualquier juramento. Era suyo. Y era suya. Aunque nadie pudiera saberlo.
Al despedirse en la salida, bajo la luz tenue del vestíbulo, se detuvo un instante frente a ella.
—¿Te gustó el juego? —preguntó, bajando la voz hasta hacerla vibrar—. Estar tan cerca… y no poder tocarte como quiero. ¿Te gusta?
Elena levantó la barbilla, ardiendo por dentro: —Me encanta. Y me gusta más saber que te cuesta igual que a mí.
Damian soltó una risa baja, oscura y satisfecha. Se inclinó como para despedirse formalmente, pero sus labios rozaron apenas su oreja:
—Mañana a las cinco. Y ven preparada… porque esta noche me vas a acompañar en sueños. Lo siento, Elena. Ya no tienes escapatoria.
Se apartó y se marchó con paso tranquilo, dejándola allí de pie, temblando de pies a cabeza, con el eco de su voz en el oído y el fuego encendido en la sangre.