Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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Entre miradas y confidencias
Durante las semanas siguientes, el pacto entre Lady Lysandra Ashford y Lord Gideon Ravenscroft dejó de ser un simple acuerdo de conveniencia social para convertirse en la parte más esperada de sus días.
Se citaban en rincones tranquilos de la ciudad: la galería privada del Museo de Antigüedades a horas tempranas, los senderos menos transitados de Hyde Park al atardecer, o el invernadero de orquídeas de la residencia Ashford cuando el Conde se encontraba en sus clubes de caballeros.
Lysandra descubrió que enseñar a Gideon a desenvolverse en sociedad era sorprendentemente fácil cuando él no se sentía acorralado. El Duque poseía un intelecto brillante e ingenieril; no le faltaba inteligencia, sino interés por las máscaras del protocolo. En privado, lejos del juicio estricto de las matronas, Gideon demostraba una seriedad atenta, una voz profunda que hacía vibrar el aire y un sentido del humor seco pero increíblemente agudo.
Una tarde de lluvia persistente, refugiados en el estudio personal de Lysandra mientras la criada servía el té, Gideon sacó del bolsillo de su saco un pequeño objeto envuelto en terciopelo oscuro.
—Encontré esto en mi taller de la residencia esta mañana —dijo Gideon con cierta timidez, evitando por un segundo la mirada directa de Lysandra—. Es un autómata en miniatura, un mecanismo de relojería que diseñé para calibrar la tensión de unos engranajes de mina. Pensé... pensé que a usted podría parecerle entretenido.
Lysandra tomó el pequeño mecanismo. Al girar una delicada llave de latón, un diminuto pájaro de plata tallada abrió las alas y comenzó a emitir una melodía cristalina y perfecta. El nivel de detalle era asombroso, fruto de horas de paciencia y una maestría técnica excepcional.
—Es absolutamente maravilloso, Gideon —expresó Lysandra, alzando los ojos hacia él con auténtica fascinación—. Nadie en Mayfair posee la habilidad o el alma para crear algo tan hermoso. Todos están demasiado ocupados calculando herencias o inventando chismes.
Gideon sintió un intenso calor subirle por el cuello, pero no apartó la vista. La observó detenidamente: la forma en que la luz de la chimenea dibujaba los contornos de su rostro, el brillo genuino de sus ojos claros y la suavidad de sus labios.
—Usted es la única persona en esta ciudad que no mira mis manos como si pertenecieran a un rústico del norte, Lysandra —murmuró él con voz ronca—. Mis títulos no le importan, y mi torpeza no la asusta. Estar a su lado me hace sentir... cómodo. Es un sentimiento que jamás había experimentado.
Las barreras que Lysandra había construido con tanto celo alrededor de su corazón tras la traición de Lucian comenzaron a desmoronarse por completo. Gideon no era un actor en un escenario social; era un hombre real, sólido, noble y transparente. Y, para su propia sorpresa, la cercanía física del Duque comenzaba a provocarle un cosquilleo abrasador en la piel que le resultaba cada vez más difícil de ignorar.
El verdadero desafío al entrenamiento de Gideon llegó con la gran gala benéfica de la Marquesa de Devonshire, el evento social más elegante y concurrido de la mitad de temporada.
Lysandra acudió luciendo un deslumbrante vestido de seda en tono esmeralda, que resaltaba su elegancia natural. Gideon, por su parte, vistió un frac de noche negro impecable que acentuaba de forma majestuosa su porte imponente. Poniendo en práctica las lecciones de Lysandra, el Duque logró saludar al anfitrión con una inclinación perfecta, rechazó dos invitaciones al baile con excusas educadas pero firmes y mantuvo una postura serena y majestuosa.
Sin embargo, el éxito de Gideon tuvo un efecto secundario no deseado. Al verse como un hombre no solo inmensamente rico y atractivo, sino ahora accesible y refinado, la atención de las damas casaderas se multiplicó exponencialmente.
Mientras Lysandra conversaba a pocos metros de distancia con una antigua amiga de la familia, no pudo evitar mantener un ojo fijo en su "alumno". Fue entonces cuando vio a Lady Beatrice Vance, una viuda joven, deslumbrante y notoriamente audaz, conocida en toda la capital por su capacidad para conseguir lo que quería.
Lady Beatrice se deslizó hacia Gideon con una sonrisa provocativa. Extendió una mano enguantada y, desafiando las normas más estrictas de la etiqueta, rozó con extrema lentitud el antebrazo musculoso de Gideon mientras le susurraba algo al oído con voz insinuante.
Gideon, aplicando la regla de la indiferencia de Lysandra, intentó dar un paso atrás, pero Beatrice avanzó con determinación, colocando una mano sobre el solapa de su saco mientras dejaba escapar una risa suave y sensual.
Al ver la mano de otra mujer tocando a Gideon, algo violento e incontrolable se encendió en el pecho de Lysandra. Un nudo de posesividad y furia ciega le oprimió la garganta. La sangre le ardió en las venas con una intensidad que la dejó sin aliento. Ya no era la instructora analizando a su estudiante; era una mujer viendo cómo intentaban arrebatarle al hombre que había conquistado cada rincón de su mente y de su alma.
Sin despedirse de su interlocutora, Lysandra apretó el abanico entre sus dedos y avanzó por el salón con pasos firmes y mirada de fuego.
—Lord Ravenscroft —intervino Lysandra con una voz que cortó el aire como una hoja de afeitar, colocándose justo entre Gideon y la viuda—. Me temo que debo interrumpir. Me había prometido la siguiente pieza en la terraza antes de que la noche se enfriara.
Lady Beatrice midió a Lysandra con la mirada, notando el peligro implícito en la postura de la joven Ashford. Con una sonrisa ligera y calculadora, la viuda dio un paso atrás.
—Por supuesto, Lady Lysandra. No quisiera privar al Duque de tan encantadora compañía —dijo Beatrice, dedicándole a Gideon una última mirada prometedora antes de alejarse.