Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 6
Cap 6: Bajo la tormenta
—¿Qué quiero? —repitió Emiliano.
Y por un segundo, uno solo, se quedó callado. Porque la verdad —la verdad de verdad— era que quería volver a acorralarla contra la pared del salón, ahí mismo, con los compañeros grabando y todo, y besarla hasta que se le olvidara el nombre de los tranquilos y correctos que tanto decía que le gustaban. Lo quería con una fuerza que le tensaba los músculos de los brazos, que le subía por la espalda, que le costaba trabajo tragarse.
Pero no lo hizo. Se pasó la lengua por dentro de la mejilla, respiró hondo dos veces, y se apartó de la puerta como quien se aparta de la orilla de una azotea.
—Que llegues bien a tu casa —dijo—. Está por llover.
Dulce parpadeó. Era la primera cosa sensata que le oía en toda la tarde.
—Puedo sola.
—Ya sé. —Se hizo a un lado y le dejó el paso libre—. Te acompaño de todos modos.
—Que no. —Salió al pasillo esquivándolo, apretando los cuadernos contra el pecho—. Y no me sigas.
No la siguió. Se quedó en la puerta del salón viéndola alejarse por el corredor, la trenza a medio deshacer bailándole en la espalda, y aguantó las ganas de ir tras ella igual que aguantaba en la cancha las ganas de forzar un tiro imposible: por disciplina, no por falta de deseo. Contó los pasos de ella. Uno, dos, tres. Se obligó a no contar más.
Contó hasta veinte.
Y entonces, cuando ella ya iba por las escaleras, el cielo se abrió de golpe.
*
No fue lluvia. Fue una cortina.
En San Rafael las tormentas de fin de verano caían así, sin avisar, de un cielo que hacía diez minutos era azul: un trueno que hacía vibrar los vidrios, un relámpago, y de repente el agua bajando como si alguien hubiera volteado una cubeta del tamaño de la ciudad. El patio del edificio de aulas se volvió un río en cosa de segundos. Los alumnos que alcanzaron a salir corrieron a refugiarse bajo los aleros, riéndose, gritando, cubriéndose la cabeza con cuadernos y mochilas.
Dulce no alcanzó. Salió del edificio justo cuando arreció, dio tres pasos hacia la parada del camión y para el cuarto ya estaba empapada, con el suéter pegado y la trenza escurriendo agua por la espalda. Buscó dónde meterse. El alero de la entrada estaba a reventar de gente; el único techo cerca era el de un edificio a medio construir, el de laboratorios, apartado, sin luz, con andamios y costales de cemento amontonados en la sombra. Corrió hacia allá y se metió debajo a esperar que amainara, abrazándose los brazos, tiritando.
Ahí fue donde el hombre la vio.
Dulce no lo oyó llegar por el ruido del agua. Lo sintió: un olor a mugre y a alcohol rancio que le llegó primero, y luego una respiración pesada, demasiado cerca, un calor sucio a su espalda. Volteó. Era un tipo de sudadera oscura y capucha, con la cara sin rasurar y los ojos vidriosos, uno de esos que rondaban las orillas del campus pidiendo monedas y que casi nunca daban problemas. Casi.
—Qué mojadita, mamacita —dijo, y sonrió con una boca a la que le faltaban dientes—. Vente, yo te seco.
—No, gracias. —Dulce dio un paso hacia la lluvia. Prefería el agua.
El tipo dio el paso con ella y le cerró el paso con el brazo, cortándole la salida.
—Ora, ¿pa dónde? Si apenas te estoy conociendo.
—Déjeme pasar. —La voz le tembló, pero no se calló—. Le estoy diciendo que no. Ya. Quítese.
—Uy, la muñequita se enoja. Más bonita cuando se enoja.
La agarró de la muñeca, apretando, con la mano áspera y húmeda. Y Dulce, que llevaba un año entero aguantándole las llamadas a Uriel sin poder gritarle a nadie, tragándose el miedo noche tras noche, sintió que todo ese miedo acumulado se le subía a la garganta de golpe y salía en un chillido que el aguacero se tragó entero.
—¡Suélteme!
—Cállate —gruñó el tipo, y la jaló hacia lo oscuro, hacia los andamios, hacia el rincón sin luz.
Alcanzó a jalarla medio metro. Dulce clavó los tenis en el lodo, se resistió, sintió que el pie le patinaba, que la mano de él le apretaba más fuerte, que el corazón se le iba a salir por la boca.
Después, ni él supo bien qué pasó, porque lo que pasó fue muy rápido y venía de atrás. Una mano lo agarró del hombro, lo giró de un tirón, y algo enorme se le vino encima. El tipo sintió su propio brazo torcerse hacia una dirección a la que los brazos no van, un dolor blanco subiéndole hasta el codo, y el suelo mojado estampándose contra su cara con un ruido de charco.
—Corre —dijo una voz por encima de él, tan tranquila que daba más miedo que si hubiera gritado—. Antes de que te lo rompa. A la de tres.
El tipo no esperó el uno. Corrió. Se levantó como pudo, resbalándose, se agarró el brazo contra el cuerpo y se perdió bajo la lluvia dando tumbos, sin voltear, tragado por la cortina de agua.
Emiliano ni siquiera lo vio irse. Ya se había dado la vuelta.
—Dulce.
Ella estaba pegada a una columna del edificio a medio construir, temblando, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos muy abiertos, fijos en la nada. No lloraba. Estaba más allá de llorar, en ese lugar donde el susto es tanto que se convierte en frío, donde el cuerpo se apaga para aguantar. Los dientes le castañeaban sin que ella los pudiera parar.
—Ya. —Emiliano se acercó despacio, con las manos por delante, las palmas abiertas, como quien se acerca a un animal asustado que a lo mejor muerde—. Ya pasó. Ya se fue. Soy yo. Mírame. Soy yo.
—E-Emiliano. —Le salió el nombre partido en dos.
—Soy yo. —Llegó a su lado—. ¿Te tocó? ¿Te lastimó en algún lado? Dime. Dime dónde.
Ella negó con la cabeza, una vez, otra, sin poder hablar. Y entonces, sin darse permiso, sin decidirlo, sin pensar en el pacto ni en los tranquilos y correctos ni en nada, se desplomó hacia adelante y se estrelló contra el pecho de él, y se quedó ahí, agarrada de la sudadera empapada con las dos manos hechas puño, temblando como una hoja en el agua.
Emiliano se quedó de piedra medio segundo. El corazón se le detuvo y le arrancó de golpe. Después la envolvió.
No la apretó. La cubrió, más bien, la tapó del agua y del frío y del mundo con esos brazos que hacía un rato le habían torcido el brazo a un hombre, y que ahora sostenían a Dulce como si fuera de cristal soplado, como si apretar de más pudiera quebrarla. Sintió el temblor de ella traspasarle la ropa mojada y meterse en su propia piel. Sintió lo pequeña que era pegada a él, lo mucho que cabía en el hueco de sus brazos y lo poco que pesaba. Sintió el corazón desbocado de los dos golpeando uno contra el otro, sin ponerse de acuerdo.
—Estás helada. —Se separó apenas lo justo, se agarró el cierre de la chamarra y se la quitó de un tirón, sin dejar de cubrirla con el cuerpo del agua que salpicaba—. Ven.
—No, tú también estás mojado, no…
—Ponte esto. No estoy preguntando.
Se la echó sobre los hombros. La chamarra —la del equipo de básquet, la del número nueve, ancha, pesada— la envolvió entera, todavía tibia por dentro del calor de él, todavía oliendo a él, a naranja recién partida por debajo del olor a lluvia y a cancha. Dulce se hundió en ella sin pensarlo, metió las manos en las mangas larguísimas, y el temblor empezó, de a poquito, a ceder.
—Ya. —Emiliano le subió el cierre hasta la barbilla, con un cuidado torpe, de manos demasiado grandes para un botón tan chico, rozándole apenas la mandíbula con los nudillos—. Así. ¿Mejor?
Dulce asintió contra la tela. Olía a él. Estaba caliente. Y por un momento larguísimo, mientras la lluvia caía a chorros a un metro de distancia y ellos dos seguían secos bajo el techo a medio construir, se sintió a salvo de una manera que no recordaba haberse sentido en mucho, mucho tiempo. Como si por fin alguien se hubiera parado entre ella y todo lo malo del mundo.
Fue esa sensación —la de estar a gusto, la de bajar la guardia, la de dejarse cuidar— la que le devolvió el sentido común como un cachetadón.
Se apartó de golpe. Le puso una mano en el pecho y lo empujó.
—No —dijo—. Otra vez no.
Emiliano retrocedió. Un paso. Dos. Tres. No paró hasta quedar bajo la orilla del techo, donde la lluvia ya le mojaba media espalda, con las manos abiertas y en alto para que ella las viera vacías.
—Ya. —Se quedó ahí, a tres metros, dejándose mojar—. No me acerco. ¿Ves? No me acerco. Aquí me quedo.
Dulce lo miró. Empapado hasta los huesos, sin chamarra porque la traía puesta ella, temblando ahora él, plantado bajo la lluvia como un poste nada más para no asustarla, con el pelo escurriéndole en la cara y sin quitárselo. Y sintió una cosa fea en el pecho, una cosa que no era miedo ni coraje, una cosa tibia y molesta que no quería sentir.
—Te vas a enfermar —dijo, más bajito.
—Aguanto. Estoy hecho para aguantar. Es mi trabajo.
—Métete al techo.
—Si me meto, quedo cerca de ti. Y no quiero que te asustes. —Se pasó la mano por el pelo chorreando, con una media sonrisa que le temblaba de frío—. Ahí me quedo. Tú dime cuándo.
Dulce apretó los dientes. La chamarra pesaba sobre sus hombros como una promesa que ella no había pedido y que no sabía si iba a poder devolver.
—Ándale, métete —cedió, sin mirarlo—. Pero de este lado. Lejos.
Emiliano se metió bajo el techo. Del lado que ella le señaló. Lejos. Cumpliendo al pie de la letra, con una obediencia tan exagerada que resultaba, de algún modo, más peligrosa que la desobediencia. Se recargó en la columna de enfrente, a tres metros exactos, con los brazos cruzados, temblando, y se puso a mirar la lluvia como si fuera lo más interesante del mundo, para no mirarla a ella.
Se quedaron los dos ahí, escurriendo, viendo llover, sin hablar, mientras el patio se llenaba de charcos y el cielo tronaba a lo lejos y el agua repiqueteaba en las láminas sueltas de la obra. De vez en cuando Dulce lo veía de reojo. De vez en cuando él la veía a ella. Nunca al mismo tiempo.
Y entonces Dulce cometió el error de querer devolverle la chamarra.
—Toma —dijo, y empezó a bajarse el cierre—. Ya no tiemblo. Póntela tú, que a este paso el enfermo vas a ser…
Se quitó la chamarra.
Y debajo, el suéter mojado se le había pegado al cuerpo entero, transparente de tan empapado, marcándole cada línea de la que Dulce, con el susto, se había olvidado por completo.
Emiliano dejó de respirar.
No dijo nada. No se movió. Tragó saliva con un esfuerzo visible, apartó los ojos hacia el patio con una brusquedad de quien se obliga, de quien se arranca, y se le puso tensa toda la mandíbula, y las manos, a los costados, se le cerraron despacio en dos puños.
—Póntela —dijo, con la voz raspada, sin voltear—. Póntela otra vez. Ahora mismo.