El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Prólogo
Todo sucedió en una tarde que parecía igual a tantas otras.
El sol caía suave sobre las calles, el aire traía olor a tierra mojada, y Nicolás me había tomado de la mano para acompañarme hasta la escuela.
Faltaba entregar unos últimos papeles, y no quería que fuera sola.
Caminábamos despacio, sin prisa, hablando de nuestra pequeña: tenía apenas cuatro meses, empezaba a sostener su cabecita con firmeza y nos regalaba sonrisas que iluminaban todo.
No podíamos ser más felices, ni imaginar que ese sería nuestro último paseo juntos.
Al cruzar la avenida, todo se rompió de golpe.
Un ruido ensordecedor, un frenazo desesperado, y luego el golpe que nos levantó del suelo.
Recuerdo cómo Nicolás intentó rodearme con su cuerpo para protegerme. Recuerdo el frío que llegó despacio.
Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue su rostro desencajado, llamándome sin dejar de correr hacia mí.
Desperté dentro de la ambulancia.
Sentí su mano aferrada a la mía con todas sus fuerzas.
Sabía que no llegaría.
Lo miré y le dije muy despacio.
—Cuida a nuestra hija.
Dile cada día cuánto la amé.
No le permitas sentir que le falto.
Esto…
No es un adiós.
Es solo hasta pronto.
Y cerré los ojos.
No me fui lejos, pero tampoco podía quedarme.
Me quedé suspendida, viendo pasar los días.
Vi cómo mi niña crecía sin mí, cómo Nicolás se consumía de tristeza, pero seguía de pie por la promesa hecha.
Y cuanto más los veía, más fuerte se hacía en mí el deseo imposible de estar allí.
Pasaron meses, luego de casi tres años, y ya no pude contenerme más.
Me acerqué hasta donde se escuchan las súplicas verdaderas y pedí, con todo lo que tenía de vida y de amor.
—Por favor…
Déjenme volver.
No importa cómo, no importa cuánto deba esperar.
Solo déjenme estar cerca de ellos otra vez.
Me respondieron que sí, pero con condiciones.
—Podrás volver.
Pero serás distinta.
Tendrás otro rostro, otro nombre, y nadie te reconocerá al principio.
Solo tú sabrás quién eres.
Lo acepté sin dudar.
Desperté entonces en una habitación lejana, allá en el sur.
Al tocarme comprendí: tenía casi diecinueve años, el cabello rojizo y largo caía sobre mis hombros, mis ojos eran de un azul muy claro.
Pero todo lo demás seguía igual: recordaba cada rincón de mi casa, el sabor del café que le preparaba a Nicolás, que amaba los colores claros —el rosa suave, el lila tierno, el celeste como el cielo—, y cada detalle de mi hija que ahora tenía tres años.
Mis abuelos entraron y me llamaron con ternura.
—Valeria…
ya despertaste.
Me incorporé despacio y negué con firmeza.
—No me llamo Valeria.
Yo soy Nicole.
¿Por qué me dicen ese nombre?
Me explicaron que así siempre me llamaron allí, pero yo sabía la verdad grabada en el alma.
Entendí que debía caminar este tramo sola al principio.
Les dije al despedirme.
—Aceptaré este nombre por ahora.
Pero no olvidaré quién soy.
Debo salir a buscar mi nueva vida…
hasta pronto.
Y emprendí el camino de regreso, llevando en el pecho la misma súplica, la misma promesa y la certeza de que, tarde o temprano, el amor sabría reconocerme.