Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 16 — Advertencia
Esa mañana, la casa de Mela bullía de actividad más que de costumbre. Las canastas con la cosecha estaban alineadas con esmero. Los chiles iban separados, las verduras de hoja atadas con más cuidado que nunca. Todo se había preparado con mayor dedicación.
—¿De verdad va a venir? —preguntó Yolanda mientras doblaba su bolsa de tela.
Mela asintió. —Dijo que vendría temprano.
Dora se cruzó de brazos. —Si no viene, yo misma voy a buscarlo a la ciudad.
Mela soltó una sonrisa. —Él no es así. Esperemos un poco más, seguro llega.
Y tal como dijo, al poco rato se escuchó un vehículo que se detenía enfrente.
Dino bajó de la camioneta y caminó con paso relajado hasta la puerta de la casa de Mela. Sus ojos recorrieron de inmediato las canastas alineadas frente a él.
—¿Ya está todo? —preguntó.
Mela asintió. —Sí. Todo según lo que pediste ayer.
Dino afirmó con la cabeza. Sin muchas palabras, empezó a revisar algunas verduras. Pero esta vez no solo las miraba: las examinaba con atención.
—Más ordenadas que ayer —observó.
Mela respondió escueta. —Sí, tratamos de dar lo mejor.
Dino asintió. —Bien. —Le pidió a su ayudante que cargara todo en la parte trasera de la camioneta. Cuando terminaron, Dino sacó el dinero del pago.
No regateó ni descontó un solo peso.
Mela recibió el dinero con expresión serena. Pero por dentro sintió un alivio profundo.
—Mañana paso de nuevo —dijo Dino—. Aunque tal vez sea un poco menos, o tal vez más. Primero tengo que ver qué verduras se venden mejor. Después de eso, te hago el pedido.
Mela asintió. —Perfecto, lo tendremos listo.
Dino correspondió con un gesto y se despidió. No hubo conversaciones largas ni momentos de más.
Cuando la camioneta se alejó, Yolanda se acercó enseguida.
—¡Mel!
—¿Qué? —Mela volteó.
—Él... no parece un simple comprador, ¿eh? —le susurró con tono pícaro.
Mela la miró con severidad. —¡Yolanda!
Dora se rio. —Ya déjala. Lo importante es que pague puntual.
Mela solo suspiró. Pero no la desmintió. —Bueno, voy al mercado —dijo.
—Vamos contigo —respondieron Dora y Yolanda al unísono.
Mela cerró la puerta primero y luego las tres se encaminaron al mercado con el resto de la cosecha, como cada día.
Pero en cuanto llegaron, el ambiente se sentía distinto. Había más miradas, más cuchicheos y sonrisas falsas por parte de comerciantes y compradores.
—Miren, ahí viene.
—Ah, la que dicen que ya tiene un hombre de la ciudad.
—Que ayer andaba en una camioneta con un tipo.
Mela mantuvo el paso firme, pero sus oídos no podían cerrarse.
—Con razón le va tan bien, resulta que tiene su truco.
Una risita punzante se dejó oír.
Yolanda se detuvo en seco y giró hacia donde venía la voz. —¡Descaradas! —Estaba a punto de encararlas, pero Dora la sujetó del brazo.
—Ahora no.
—Pero es que...
Dora le hizo una seña para que se callara y luego alcanzó a Mela, que caminaba aparentando calma, hasta llegar a su puesto de siempre.
Dejó la canasta en su sitio y empezó a acomodar las verduras como si nada hubiera pasado. Pero las voces, lejos de apagarse, se escuchaban cada vez más nítidas y crueles.
—Dicen que ella lo sedujo para que le comprara las verduras.
—¿En serio?
—Bueno, es normal... es divorciada.
Mela se detuvo. Levantó la cabeza despacio y clavó la mirada en la dirección de donde venían las voces. No estaba furiosa, pero tampoco sonreía. Su expresión se había vuelto gélida.
—Si quieren hablar, díganmelo a la cara —dijo con firmeza.
Silencio.
Varias personas se quedaron heladas, sin esperar que Mela fuera a reaccionar esta vez.
—Mejor que hablar por lo bajo, no vaya a ser que me entere mal —continuó.
Una de las mujeres que había estado hablando resopló con desdén. —¿Y qué? ¿Te ofendiste?
Mela la miró sin pestañear. —No —contestó de inmediato—. Solo quiero asegurarme de que lo que dicen sea cierto y no pura invención. —Dio un paso hacia ellas.
Silencio.
La mujer titubeó, pero intentó sostenerse. —Todo el mundo lo sabe.
Mela asintió despacio. —Si es así, deberían poder demostrarlo. Porque si resulta que son calumnias, pueden caerles cargos por difamación. Y eso es cárcel.
Varios rostros se tensaron. El miedo empezó a asomar.
—Yo vendo verduras. Para que se vendan, busco compradores —prosiguió Mela con tono parejo.
—Y el hombre del que tanto hablan compra por calidad. —Hizo una pausa. Su mirada los barrió a todos—. Si alguien quiere intentar lo mismo, adelante.
Silencio.
Nadie respondió.
—No sé por qué les gusta tanto hablar de mí. Yo todavía puedo quedarme callada, pero si el hombre del que hablan se entera y no lo toma bien... ¿están dispuestos a asumir las consecuencias?
Quienes minutos antes murmuraban sin parar, de pronto enmudecieron. Incluida la mujer que la había retado.
Mela los miró uno por uno, luego se dio la vuelta y regresó a su puesto. Se sentó y siguió con lo suyo como si no hubiera nada que exagerar.
Pero esta vez el ambiente cambió. No se oyeron más risas ni cuchicheos.
Dora esbozó una sonrisa sutil. —Despacio, pero directo al corazón.
Yolanda asintió. —Y a la boca del estómago también.
Mela no contestó, pero en su interior sabía que no podía impedir que la gente hablara. Al menos, esta advertencia podía hacerlos pensar dos veces.