Valeria Ríos lo dio todo por su matrimonio con Rodrigo Montero: su juventud, su paciencia y su dignidad. Durante años soportó las humillaciones de Carmen, su suegra, que la tachaba de estéril y de mala suerte. Resistió la indiferencia de un esposo que prefería las noches de trabajo al calor de su hogar. Tragó lágrimas mientras Valentina, la examante de Rodrigo, se paseaba por su vida dejando destrucción a cada paso.
Hasta que un día, Valeria descubre lo que su cuerpo ya sabía: tiene leucemia.
Enferma, sola y sin fuerzas para seguir fingiendo, Valeria toma la decisión más difícil de su vida: pedirle el divorcio a Rodrigo. Pero lo que comienza como un acto de rendición se transforma en el inicio de su verdadera historia.
Julián Navarro —brillante médico especialista, heredero de una familia acaudalada y desesperadamente torpe en cuestiones del corazón— lleva años enamorado en silencio de Valeria. Cuando ella se derrumba, él se convierte en su pilar: la acompaña a las quimioterapias, pelea con el sistema para conseguirle un donante de médula, y le demuestra con hechos que el amor no se proclama a gritos sino que se construye en los detalles.
Mientras tanto, Rodrigo descubre demasiado tarde el precio de dar por sentado a quien más lo amaba. La ruina económica, la traición de Valentina, los secretos familiares que explotan uno tras otro y la revelación de que Valeria estuvo muriendo frente a sus ojos sin que él lo notara le destrozan la arrogancia que alguna vez confundió con fortaleza.
A su alrededor, vidas paralelas se entrelazan con la suya: Martín y Sofía, un matrimonio congelado por el orgullo, encuentran la chispa gracias al ultimátum adorablemente absurdo de su hijo Mateo; Daniel, un hombre marcado por la culpa, lucha por recuperar la relación con Nicolás, el hijo que no supo criar; y Carmen enfrenta la devastadora verdad de que su crueldad destruyó lo único valioso que tenía su familia.
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Cap. 11
Las calles de la ciudad lucían mojadas esa noche, empapadas por la lluvia que caía desde la tarde. Las farolas se reflejaban sobre el asfalto, creando un resplandor tenue a lo largo de la ruta de regreso a casa.
Dentro de la cabina silenciosa del auto, Rodrigo recargó la espalda, rígida después de un día entero de juntas agotadoras en la oficina.
Cerró los ojos intentando sacudirse el cansancio que le colgaba de la cabeza.
Bernardo, de vez en cuando, echaba un vistazo a su patrón por el retrovisor. Conocía de sobra el ritmo obsesivo de trabajo de Rodrigo, pero esa noche había algo distinto en el semblante del joven.
Una sombra inusual en la mirada.
Cuando el auto se acercó a una zona comercial bastante concurrida, Rodrigo abrió los ojos despacio. Se enderezó en el asiento y miró por la ventanilla.
—Bernardo, para en la pastelería de ahí adelante. Quiero comprarle un pastel a mi mamá. Llegó hoy en la tarde, ¿verdad?
—Sí, señor. Su mamá llegó a la casa al mediodía —contestó Bernardo mientras giraba el volante hacia el estacionamiento de una pastelería reconocida, de ambiente cálido—. Listo, señor, nos detenemos aquí.
Rodrigo bajó del auto con su andar firme y seguro. El abrigo largo se le movió con el viento frío de la noche.
En cuanto cruzó la puerta de la tienda, el aroma dulce de mantequilla, vainilla y pan recién horneado le invadió los sentidos.
Caminó despacio frente al mostrador de vidrio que exhibía distintos pasteles elaborados con decoraciones elegantes.
La mirada se le fue directo a un cheesecake clásico con una generosa capa de queso rallado encima.
Era el favorito de su madre. Sin pensarlo dos veces, señaló el pastel.
—Ese, por favor. Uno —dijo Rodrigo, escueto.
Pero mientras el empleado preparaba su pedido, los ojos de Rodrigo se desviaron sin querer al aparador de al lado.
Ahí, un pastel mediano con una capa de crema blanca impecable y fresas frescas decorándolo resaltaba entre los demás. Un pastel de fresas con crema.
Rodrigo se quedó inmóvil un instante. La memoria lo jaló de golpe hacia el pasado, al primer año de matrimonio, lleno de risas.
Antes, casi todas las semanas, Valeria le mandaba un mensaje cariñoso recordándole que le llevara ese pastel de fresas a la casa.
Valeria siempre lo comía con los ojos brillantes de felicidad, y a veces, mimosa, le daba un pedacito en la boca.
Pero poco a poco, aquel recuerdo se había ido desdibujando con el ajetreo. Rodrigo cayó en cuenta de algo que le inquietó.
¿Desde cuándo Valeria dejó de pedirme ese pastel? ¿Se habrá cansado de él?, pensó, frunciendo el ceño.
Sacudió la cabeza despacio, tratando de ahuyentar esos pensamientos que lo perturbaban.
Pero en lugar de ignorarlos, volvió a señalar el aparador.
—Agregue también uno de fresas. Envuélvalo aparte.
—Enseguida, señor. Un momento, por favor —respondió el empleado con amabilidad.
Después de pagar en la caja, Rodrigo salió con dos cajas de pastel con el logotipo dorado de la tienda. Subió al auto y las colocó en el asiento de al lado.
El auto retomó la marcha, cortando la noche rumbo a la residencia.
En el asiento del conductor, Bernardo se veía inquieto. El hombre no dejaba de echarle vistazos a Rodrigo por el retrovisor; los dedos le tamborileaban sobre el volante con vacilación.
Cargaba con una información que desde la tarde le pesaba en el pecho y que le parecía muy mal guardarse para sí solo.
Rodrigo, que por naturaleza era un hombre extremadamente perceptivo a cualquier cambio por mínimo que fuera a su alrededor, notó la actitud extraña de su chofer.
Se acomodó en el asiento y clavó la mirada en el retrovisor con esos ojos fríos pero escrutadores.
—¿Tienes algo que decirme, Bernardo? Desde hace rato te noto intranquilo al volante —preguntó Rodrigo sin rodeos.
Bernardo se sobresaltó levemente y tomó aire profundo para reunir valor.
Su condición de empleado lo obligaba a ser cauteloso, pero la compasión que sentía por Valeria pesaba mucho más.
—Disculpe si me paso de la raya, señor Rodrigo… —dijo Bernardo con un tono extremadamente cuidadoso—. Solo quería preguntarle… ¿la señora Valeria ha estado enferma últimamente?
Al escuchar esa pregunta inesperada, algo cambió en la mirada de Rodrigo, aunque la cara le siguió igual de impasible.
—¿A qué te refieres? Valeria no me ha dicho nada. ¿Por qué preguntas eso?
Bernardo soltó el aire despacio, recordando lo que había pasado esa tarde cuando fue a recoger a la suegra de su patrón.
—Verá, señor… hoy en la tarde, cuando llevaba a la señora Valeria, no pude evitar fijarme en su estado. Estaba muy pálida. Y lo que más me preocupó fue que le vi sangre en la nariz.
La mano de Rodrigo, que descansaba sobre la rodilla, se cerró de pronto agarrando la tela del pantalón. El corazón le dio un latido extraño e incómodo.
—¿Le sangró la nariz? ¿Estás seguro de que no viste mal? —preguntó Rodrigo otra vez; la voz le sonó más afilada y exigente, aunque se esforzaba por esconder el pánico detrás de su tono frío.
—Completamente seguro, señor —respondió Bernardo con un asentimiento firme.
—La señora se la limpió enseguida con un pañuelo y me pidió que no se lo contara a nadie, ni a usted. Pero llevo mucho tiempo trabajando con usted y no me quedé tranquilo. La señora Valeria además se ve más delgada cada día. Si me permite darle un consejo, llévela al hospital para que le hagan un chequeo completo.
Rodrigo se quedó mudo. Desvió la cara hacia la ventanilla del auto y se quedó mirando las gotas de lluvia que resbalaban por el vidrio.
Las palabras de Bernardo le cayeron como un martillo en la conciencia. Empezó a repasar las últimas semanas. Era verdad: cada vez que llegaba de noche, Valeria siempre lo recibía con una sonrisa, pero el rostro de su esposa lucía cada vez más apagado.
Su piel, que antes siempre se veía luminosa, ahora tenía una palidez enfermiza.
Todo este tiempo, Rodrigo había cerrado los ojos creyendo que su esposa solo estaba cansada de llevar la casa, o quizá presionada por el asunto de Valentina y Nicolás.
Nunca se le pasó por la cabeza que algo más grave estuviera sucediendo con la salud de Valeria.
—¿Señor Rodrigo? —lo llamó Bernardo en voz baja al no obtener respuesta.
Rodrigo inspiró largo y soltó el aire despacio para recobrar el control de las emociones que se le habían revuelto.
Su ego y su frialdad volvieron a tomar las riendas, pero en el fondo, una culpa empezaba a corroerlo.
—Está bien. Mañana voy a hacer un espacio para llevarla al doctor —respondió Rodrigo.
—Gracias por avisarme, Bernardo. Hiciste bien en decírmelo.
—De nada, señor. Solo espero que la señora Valeria esté bien —dijo Bernardo, aliviado de haber cumplido con su obligación moral.
Rodrigo miró de reojo la caja del pastel de fresas que tenía al lado. Algo dentro de su pecho se apretó de golpe, como si estuviera compitiendo contra un tiempo cuyo límite desconocía.