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Capítulo 14
Capítulo 14: La Pieza que No Vi
Estaba de pie junto a la ventana panorámica, sola, con una copa de vino tinto que hacía juego con su vestido color borgoña. El vestido era Valentino —lo reconocí por el corte del hombro—, los zapatos eran Louboutin, y el bolso que descansaba sobre la mesa a su lado era un Bottega Veneta que no había salido al mercado todavía. Cada pieza era una declaración de estatus. Cada pieza decía: puedo comprar lo que tú solo puedes mirar.
Pero lo que me detuvo no fue la ropa. Fueron los ojos.
Ojos oscuros, casi negros, con una forma almendrada que me resultó vagamente familiar. Tenía el mismo ángulo en los pómulos, la misma línea de la mandíbula. Era como ver un eco de un rostro que yo conocía, pero distorsionado. Donde el original tenía cautela, este tenía hambre. Donde el original tenía resistencia, este tenía desprecio.
No la conocía. Pero la reconocí.
Paulina Solís caminó hacia mí antes de que yo pudiera decidir si acercarme o no. Su paso era fluido, elegante, el de alguien que había tomado clases de etiqueta y las había dominado no por disciplina sino por competitividad.
—Tú eres Valentina Montiel —dijo. No era pregunta. Era un diagnóstico.
—Y tú eres Paulina Solís.
Algo brilló en sus ojos. Sorpresa, tal vez. O diversión ante el hecho de que yo supiera su nombre.
—Veo que alguien hizo su tarea.
—Siempre la hago.
Nos miramos. Fue uno de esos momentos que parecen socialmente normales desde afuera —dos chicas jóvenes con copas en la mano, intercambiando sonrisas— pero que por dentro son una evaluación completa. Cada una midiendo a la otra. Buscando grietas. Calculando peso.
Paulina tomó un sorbo de su vino sin dejar de mirarme.
—Me han dicho cosas interesantes sobre ti, Valentina. Dicen que dejaste a Álvaro Castellón. Eso requiere cierto... temperamento.
—O cierto sentido común.
La sonrisa de Paulina se amplió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un gato que ha encontrado algo con qué entretenerse.
—También me han dicho otra cosa —continuó, y bajó la voz un registro, como si estuviera a punto de compartir un secreto—. Me han dicho que has tomado cierto interés en mi primo. Renato Solís.
Mantuve la expresión inmóvil. Ni un parpadeo de más. Ni un cambio en la presión de mis dedos sobre la copa.
—Renato es talentoso —dije—. Cualquiera con ojos puede verlo.
—Talentoso —repitió Paulina, como si la palabra le supiera agria—. Es un chico que trabaja en una tienda de deportes para pagar la mitad de su renta. ¿Eso te parece talento? ¿O te parece caridad que puedes presumir?
El golpe fue directo, sin anestesia. Paulina no se molestaba en disfrazar sus ataques con capas de cortesía como hacía el resto de la gente en este salón. Iba al hueso.
Pero yo ya había escuchado cosas peores. De personas más peligrosas. En circunstancias mucho más oscuras.
—Ni lo uno ni lo otro —respondí—. Pero me llama la atención que su propia prima hable de él como si fuera un caso perdido.
Paulina ladeó la cabeza. El gesto habría sido encantador si sus ojos no fueran tan fríos.
—No soy cruel, Valentina. Soy realista. Los hombres Solís... digamos que tienen una tradición. Mi tío —el padre de Renato— tuvo todas las oportunidades. Cada una. Y aun así terminó exactamente donde todos sabíamos que terminaría.
Hizo una pausa calibrada, tomó otro sorbo de vino.
—Los hombres Solís están destinados a no salir nunca del hoyo en el que nacieron. Es casi genético.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que alguien comenta el clima. Sin odio. Sin pasión. Con la indiferencia calculada de quien ha decidido que ciertas personas simplemente no valen la pena.
Y en ese momento entendí algo que no había comprendido del todo hasta ahora. La peor amenaza para Renato no venía de afuera. Venía de adentro de su propia familia. De personas que compartían su sangre pero que lo miraban como se mira una mancha en un mantel caro: algo que hay que tapar o, si es posible, eliminar.
Mis dedos apretaron la copa hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí el borde del cristal morderme la palma. Pero mi cara no se movió. Ni un músculo. Porque en este juego, la rabia era debilidad, y yo no podía darme el lujo de ser débil.
Sonreí.
Fue una sonrisa lenta, deliberada, del tipo que hace que la otra persona sepa que has escuchado cada palabra y que ninguna te ha roto.
—Eso depende de quién esté cavando —dije.
Paulina parpadeó. Fue rápido, casi imperceptible, pero lo vi. No había esperado esa respuesta. Había esperado indignación, o defensa, o tal vez un discurso sobre el potencial de Renato. Algo emotivo que ella pudiera descartar con una ceja levantada.
Lo que no había esperado era que yo le devolviera la frase como un espejo.
—Interesante —murmuró, y por primera vez su sonrisa pareció genuina. No amable. Genuina. La sonrisa de alguien que ha encontrado una rival que vale la pena medir—. Eres más lista de lo que pensé, Montiel.
—La gente suele cometer ese error.
—No lo cometeré dos veces.
Se alejó con el mismo paso fluido con el que había llegado, el vestido borgoña ondeando como una bandera de guerra. Y yo me quedé de pie junto a la ventana, con la copa apretada entre los dedos y el pulso latiendo en las sienes.
El resto de la noche fue un ejercicio de supervivencia controlada.
Álvaro me encontró dos veces más. La primera, junto a la mesa de bocadillos, con una sonrisa recalibrada y un tono más suave.
—Val, lamento si lo de antes sonó torpe. Solo quería que habláramos con calma.
—Ya hablamos, Álvaro. Y fui muy clara.
La segunda vez fue más sutil. Se acercó mientras yo conversaba con Isabel Torres —una compañera de la facultad de música que era inofensiva, lo más cercano a una aliada que tenía en este evento— y se insertó en la conversación como si hubiera sido parte de ella desde el principio.
—Isabel, ¿sabías que Val toca el chelo como si hubiera nacido con el arco en la mano? Es uno de sus muchos talentos ocultos.
Lo dijo con admiración. Con calidez. Con esa habilidad que tenía para hacer que cada halago sonara como un acto de generosidad y no como lo que realmente era: una forma de recordarle a todos que él me conocía mejor que nadie. Que yo era, de alguna manera, territorio suyo.
—Álvaro exagera —dije, sin alterar el tono—. Pero le agradezco el comentario. Isabel, ¿me acompañas a la barra? Me muero por un agua mineral.
Nos alejamos. Isabel me miró con ojos enormes.
—¿Qué fue eso?
—Nada —dije—. Solo Álvaro siendo Álvaro.
Pero por dentro, una alarma se había encendido. Álvaro no iba a soltar esto fácilmente. En mi vida anterior, su insistencia me había parecido romántica, apasionada, señal de un amor profundo. Ahora veía el patrón con la frialdad de quien ya conoce el final de la historia: la insistencia no era amor. Era control. Y cuando el control se le escapaba, Álvaro se volvía peligroso.
Todavía no. Todavía estábamos en la fase de sonrisas y susurros. Pero la fase siguiente vendría, y yo tenía que estar lista.
A las once y cuarto decidí que había cumplido mi cuota. Había sido vista, había marcado posición, había neutralizado el rumor del compromiso. Misión cumplida. Hora de salir.
Me despedí de Isabel, dejé la copa intacta sobre una mesa y caminé hacia la salida con la espalda recta y los pasos firmes. No miré hacia donde estaba Álvaro. No busqué a Paulina con la mirada. Simplemente caminé.
El pasillo del edificio estaba vacío, iluminado con esas luces fluorescentes que hacían que todo pareciera más frío y más real después del brillo artificial del salón. Mis tacones resonaron contra el piso de mármol. El silencio era casi físico después de dos horas de música y conversación.
El estacionamiento subterráneo estaba a medio llenar. Coches importados alineados como piezas de exhibición: un Mercedes plateado, dos BMW negros, un Porsche blanco que probablemente era de Eduardo Garza porque tenía exactamente el nivel de ostentación que él confundía con personalidad.
Mi coche estaba al fondo, en una esquina mal iluminada. Saqué las llaves del bolso y apunté con el control. Las luces del auto parpadearon dos veces. El sonido del seguro al desbloquearse rebotó en las paredes de concreto.
Fue entonces cuando mi teléfono vibró.
Un mensaje. Número desconocido. Sin foto de perfil. Sin nombre.
Lo abrí.
Seis líneas de texto en la pantalla. Letras blancas sobre fondo oscuro.
"Valentina Montiel. Veo que te has vuelto muy cercana a Renato Solís. Muy noble de tu parte, proteger al hijo de un inocente. Pero ¿estás segura de que su padre realmente es inocente?"
Me quedé inmóvil.
El estacionamiento estaba en silencio. La luz del techo más cercano parpadeaba con un zumbido eléctrico intermitente. Podía oír mi propia respiración.
Leí el mensaje otra vez. Y otra vez. Y una cuarta, porque las palabras no cambiaban pero cada lectura las hacía más pesadas.
¿Estás segura de que su padre realmente es inocente?
En mi vida anterior, nunca me había cuestionado el caso del señor Solís. No me había importado lo suficiente para investigarlo. Solo sabía lo que todos sabían: que había sido acusado, procesado y encontrado culpable. Que la familia había quedado destruida. Que Renato cargaba con esa sombra como una marca de nacimiento.
Cuando renací, asumí —con la certeza de quien ya vio las injusticias del mundo— que el padre de Renato era inocente. Que había sido víctima de un sistema corrupto, de una familia que lo había abandonado, de circunstancias que se habían alineado en su contra.
Pero ¿y si estaba equivocada?
¿Y si la historia era más compleja de lo que yo creía?
Miré el número desconocido. No era un número aleatorio. Era un número local, con el prefijo de la ciudad. Alguien que estaba aquí. Alguien que sabía dónde estaba yo esta noche, que conocía mi nombre completo, que sabía sobre mi relación con Renato y que tenía información —o al menos pretendía tenerla— sobre el caso de su padre.
Alguien que había esperado hasta que estuviera sola para enviar el mensaje.
Mis dedos se movieron sobre la pantalla. Escribí una respuesta: "¿Quién eres?"
La envié.
Las dos marcas azules aparecieron de inmediato. El mensaje había sido leído.
Pero la respuesta nunca llegó.
Esperé un minuto. Dos. Tres. El estacionamiento seguía vacío. El zumbido de la luz seguía parpadeando. Mi teléfono seguía mudo.
Subí al coche. Cerré la puerta. Activé el seguro. Y me quedé sentada en la oscuridad, con el teléfono en la mano y la pantalla iluminándome la cara.
Había entrado a esa fiesta creyendo que los enemigos eran Álvaro y la gente como Paulina. Visibles, identificables, predecibles en su maldad.
Pero este mensaje venía de las sombras. De alguien sin cara y sin nombre que sabía demasiado y quería que yo lo supiera.
En el ajedrez, las piezas más peligrosas no son las que están frente a ti. Son las que no puedes ver. Las que se mueven por los costados del tablero mientras tú estás concentrada en el centro.
Encendí el motor. Las luces del tablero se iluminaron en azul. En el espejo retrovisor, mi cara era una máscara de calma que ya no engañaba a nadie, mucho menos a mí misma.
Salí del estacionamiento y conduje por las calles vacías de la ciudad, con una sola certeza quemándome por dentro.
Tenía que investigar el caso del padre de Renato.
No mañana. No cuando tuviera tiempo. Ahora.
Porque si había algo enterrado en esa historia, algo que yo no sabía, algo que podía cambiar todo lo que creía entender sobre Renato y su familia...
Entonces no estaba jugando ajedrez.
Estaba jugando a ciegas.
Y alguien acababa de mover una pieza que yo ni siquiera sabía que existía.