Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Prólogo
La música electrónica vibraba directo en el pecho, distorsionando los latidos del corazón en medio de la penumbra del club más exclusivo del centro de Roma. Las luces de neón, en tonos violetas y carmesí, cortaban el aire denso, reflejándose en las copas de cristal y en las siluetas que se movían con frenesí. En medio de la abarrotada pista de baile, Irina se dejaba llevar por completo por el ritmo, rodeada por el movimiento constante de decenas de personas que compartían la misma energía de la noche. Tras semanas de encierro absoluto entre paletas de colores digitales, tipografías y entregas finales para lograr su graduación en diseño gráfico, ese espacio se sentía como la liberación definitiva. Sus amigas reían a su alrededor, moviéndose al unísono y levantando los vasos a medio llenar cada vez que el DJ dejaba caer un nuevo cambio de ritmo. Irina compartía sus risas, sintiendo cómo el cansancio acumulado de los últimos meses se disolvía entre los acordes potentes y los destellos intermitentes que iluminaban el lugar.
Fue en un instante de pausa, justo cuando una ráfaga de luces blancas barrió la zona de la barra principal, que la ligereza de la noche se congeló. En una sociedad moderna donde la existencia de Alfas y Omegas estaba completamente integrada a la vida cotidiana, aprender a reconocer el peso de un aura dominante era casi un instinto de supervivencia. Y lo que emanaba del hombre sentado al final de la barra era una autoridad absoluta. Vestía un traje oscuro impecable, sin corbata y con los primeros botones de la camisa desabrochados, contrastando con el ambiente informal del resto de los clientes. Cuando el desconocido desvió la mirada y sus ojos oscuros, fríos y letales, chocaron directamente con los de Irina a través de la multitud, la música de la discoteca pareció pasar a un segundo plano. Una corriente eléctrica y sumamente intensa la golpeó en el estómago; el magnetismo era tan fuerte que desafiaba cualquier lógica.
Lejos de intimidarse o apartar la mirada como solían hacer la mayoría de las personas ante un Alfa puro, Irina sintió una oleada de audacia que nunca antes había experimentado. Mantuvo el contacto visual de manera fija, sosteniendo la atención de ese depredador de trajes caros. Con una sonrisa lenta y coqueta dibujándose en sus labios, le dedicó una última mirada cómplice a sus amigas, quienes seguían bailando abstraídas por la música, y se apartó del grupo con paso decidido. Caminó a través de la pista de baile, esquivando los cuerpos que se movían a su alrededor, sin romper en ningún momento la línea invisible que la unía a los ojos oscuros del desconocido.
Al llegar a la barra, se deslizó con naturalidad en el taburete vacío justo al lado de él, sintiendo de inmediato cómo el aire cambiaba. A esa distancia, el perfume genérico del club fue reemplazado por el aroma propio del hombre: una mezcla magnética de madera de sándalo y tormenta inminente que delataba un poder absoluto.
—Es peligroso jugar con fuego en un lugar tan lleno —la voz de él irrumpió en su espacio, un tono profundo, rasposo y cargado de una arrogancia natural que le erizó la piel de la nuca.
—A veces, el fuego es exactamente lo que se necesita para dejar atrás una rutina aburrida —respondió Irina, inclinando la cabeza con coquetería, apoyando el mentón en su mano mientras lo recorría con una mirada desinhibida.
El Alfa soltó una risa baja, un sonido oscuro que no llegó a sus ojos pero que encendió una chispa de anticipación inmediata en el ambiente que los rodeaba. La observó con detenimiento, apreciando la falta de temor en sus ojos humanos y la firmeza con la que sostenía su posición a su lado.
—Me gusta la gente decidida —comentó él, haciendo una ligera seña con la mano al barman, quien se acercó de inmediato con evidente deferencia hacia su presencia—. ¿Qué estás tomando? Déjame invitarte la siguiente ronda.
—Sorpréndeme —replicó ella, sosteniéndole la mirada con un deje de desafío.
El barman asintió y comenzó a preparar un par de copas elegantes bajo la atenta mirada de ambos.
El barman deslizó las dos copas de cristal cortado sobre la superficie pulida de la barra, donde el líquido carmesí atrapó los reflejos violetas del techo. El hombre de traje oscuro tomó su vaso sin apartar los ojos de Irina, levantándolo apenas un par de centímetros en un brindis mudo. Ella imitó el gesto, rozando intencionalmente sus dedos con los de él al sostener el cristal. El contacto directo fue como una descarga eléctrica; el calor de su piel de Alfa era abrasador, una confirmación táctil de la fuerza contenida que vibraba bajo su postura impecable.
—Por las sorpresas de la noche —dijo él antes de darle un trago corto a su bebida.
—Por las noches que queman la rutina —replicó Irina, sosteniéndole la mirada mientras probaba el cóctel, un sabor intenso, con notas cítricas y un fondo amargo que encendía la garganta.
El Alfa la escuchaba con una fijeza casi predadora, fascinado por la audacia de esa humana de ojos brillantes que no titubeaba al desafiarlo con la mirada. De vez en cuando, los dedos largos de él delineaban el borde de su propia copa, o se movían sutilmente por la barra, acortando la distancia física hasta que el hombro de Irina rozaba el suyo. El aroma a madera de sándalo y tormenta inminente se volvía cada vez más denso, inundando los sentidos de la joven hasta dejarla completamente embriagada, no por el alcohol, sino por la pura presencia del hombre.
—Eres peligrosa, preciosa —murmuró él, con una voz que había descendido rasposo, casi un susurro destinado únicamente a los oídos de ella—. Tienes una forma de mirar que podría hacer que un hombre olvide sus responsabilidades.
—¿Y eres un hombre que olvida fácilmente, o de los que toman lo que quieren? —desafió Irina, con un brillo coqueta en los ojos, acortando los últimos centímetros que los separaban.
La respuesta del Alfa no fue verbal. Sus dedos firmes se movieron con rapidez, atrapando la mandíbula de Irina en un agarre posesivo pero extrañamente cuidadoso. La obligó a levantar el rostro, y por un segundo que pareció eterno, sus pupilas se dilataron, devorando cada facción de ella bajo la penumbra del local. La tensión sexual en la barra se volvió tan pesada que el aire parecía faltar.
Cuando él se inclinó y sus labios finalmente reclamaron los de ella, el beso fue una explosión de necesidad contenida. Fue demandante, hambriento y cargado de una autoridad implícita que hizo que a Irina se le cortara la respiración. Sus manos buscaron de manera instintiva los hombros del traje de él, aferrándose a la tela costosa mientras se dejaba arrastrar por la marea de sensaciones.