Isabela Leal nunca tuvo una vida fácil.
Huérfana de madre desde los seis años, creció bajo la sombra de un padre indiferente, una madrastra cruel y una media hermana que le robó hasta su diploma de enfermería —el único sueño que logró construir con sus propias manos.
Cuando una oferta de empleo como niñera la lleva a la mansión de Leonardo Albuquerque, uno de los empresarios más poderosos del país, Isabela solo busca una cosa: estabilidad. No cuenta con enamorarse.
Leonardo es frío, reservado y completamente volcado en su trabajo. Desde la muerte de su esposa, cerró su corazón a todo lo que no fuera su hija Isadora, una niña de tres años que extraña desesperadamente el cariño de una madre.
Lo que ninguno de los dos espera es que Isadora se encariñe con Isabela de manera inmediata y absoluta. Ni que esa conexión despierte algo que Leonardo juró no volver a sentir.
Pero el pasado de Isabela no piensa dejarla en paz. Un padre manipulador, una madrastra ambiciosa y enemigos corporativos conspiran desde las sombras para destruir todo lo que ella está empezando a construir. Y cuando un secreto sobre su madre —una verdad enterrada durante décadas— sale a la luz, la vida de Isabela cambiará para siempre.
Entre traiciones familiares, sabotaje empresarial y la amenaza constante de perder a las personas que ama, Isabela deberá encontrar la fuerza para enfrentar su pasado... y decidir si merece el futuro que el destino le está ofreciendo.
Porque esta no es solo una historia de amor.
Es una historia de nuevos comienzos.
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Capítulo 09
A la mañana siguiente, Isabela despertó más temprano de lo normal. A pesar del cansancio del primer día, estaba ansiosa por volver a ver a Isadora.
Al llegar a la mansión Albuquerque, la recibió Sonia.
—Buenos días, señorita Isabela.
—Buenos días, Sonia. ¿Y nuestra princesa, todavía está dormida?
Antes de que Sonia pudiera responder, una vocecita animada resonó por el vestíbulo de entrada.
—¡Bel!
Isadora apareció corriendo y se lanzó a los brazos de Isabela.
—¡Volviste!
—Te prometí que volvería, ¿no?
La niña asintió enérgicamente.
—Pensé que te habías ido para siempre.
Isabela sintió que se le encogía el corazón.
—Nunca me voy a ir sin despedirme de ti.
La sonrisa de Isadora volvió de inmediato.
La mañana se llenó de juegos educativos, dibujos y una pequeña clase improvisada sobre colores y números. Isadora demostraba ser una niña inteligente y curiosa.
Mientras armaban un rompecabezas, la niña preguntó:
—Bel, ¿tú tenías una casa grande cuando eras chiquita?
Isabela sonrió.
—No. Mi casa era bien sencilla.
—¿Y eras feliz?
—Muy feliz.
—¿Entonces no hace falta tener una mansión para ser feliz?
La pregunta inocente hizo reír a Isabela.
—No, princesa. Lo más importante son las personas que están contigo.
La pequeña se quedó pensativa.
—Entonces mi papi debería jugar más conmigo.
Una vez más, Isabela se quedó sin respuesta.
A primera hora de la tarde, Sonia informó que los padres de Leonardo habían llegado a visitar a la nieta.
En cuanto entraron a la mansión, Luís y Cristina Albuquerque fueron recibidos por una Isadora eufórica.
—¡Abuela! ¡Abuelo!
Los dos la abrazaron de inmediato.
—Ayer no pudimos presentarnos como se debe, Isabela. Soy Cristina, la mamá de Leonardo, y él es Luís, mi esposo.
—Es un placer, ahora formalmente —dijo Isabela sonriendo.
—¿Y entonces, pequeñita, te gusta tu nueva niñera? —preguntó Luís.
—¡Mucho, abuelo! ¡Es la mejor! —dijo, haciendo reír a todos.
Durante la tarde, Isabela notó la diferencia entre los abuelos y Leonardo. Luís y Cristina eran cariñosos, presentes y demostraban un amor inmenso por su nieta.
Cuando Leonardo llegó del trabajo, encontró a todos reunidos en el jardín.
La primera en correr hacia él fue Isadora.
—¡Papi!
Esta vez, para sorpresa de todos, él se agachó y la cargó en brazos. Como normalmente solo saludaba a todos e se iba directo a su oficina, hasta Luís y Cristina se miraron.
Isadora abrió una sonrisa radiante.
Isabela observó la escena discretamente.
Tal vez las palabras de la noche anterior habían surtido efecto.
—Buenas tardes, papá. Buenas tardes, mamá —saludó Leonardo.
Cristina le lanzó una mirada significativa a su hijo.
—Tu hija te extrañó ayer.
Leonardo se dio cuenta de inmediato de que su madre e Isabela pensaban de la misma forma.
—Lo sé.
Por primera vez, su respuesta no fue una justificación.
Fue un reconocimiento.
Más tarde, mientras Isadora jugaba con los abuelos, Leonardo se acercó a Isabela en el jardín.
—Parece feliz.
—Está muy feliz.
—Y parece que estás haciendo un buen trabajo.
Isabela arqueó una ceja.
—Gracias, señor. Solo pienso en lo mejor para Isadora.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de él.
—Bien. Pero espero que lo de ayer no se repita. Aunque amo a mi hija, tengo compromisos para poder mantenerla.
—Sé que no debí haber hablado de esa forma. Al fin y al cabo, usted es mi jefe y ayer fue mi primer día. Pero su hija ya me cautivó mucho. Es una niña lista y lo extraña.
Antes de que Leonardo pudiera decir algo, Isadora llamó a Isabela, que salió sin pensarlo dos veces. Leonardo la observó desde lejos. Era la primera persona que lo enfrentaba sin miedo en sus palabras. Y él sabía que todo lo que ella había dicho, en el fondo, era verdad.