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El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Posesivo / Novia sustituta / Completas
Popularitas:307.5k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.

Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.

Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.

Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.

Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.

¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3: Lo que Camila no quiso cargar

La casa de los Beltrán todavía imponía desde la reja. Dos pisos de cantera en el Pedregal de San Ángel, una palmera alta, un portón de madera que en su momento había costado lo que ganaba una familia entera en un año. Pero Renata, que sabía mirar, vio lo otro: la pintura descascarada en el muro lateral, la enredadera seca trepando donde antes había buganvilia, el jardín crecido y amarillo. Hacía meses que nadie pagaba al jardinero. La casa seguía de pie por costumbre, igual que su dueño.

Estacionó en la calle. Adentro ya la esperaban.

La recibió la mucama nueva —siempre había una nueva— y la condujo al estudio de Hugo. En el camino, Renata contó las ausencias: ni un solo arreglo de flores, el reloj de pared del recibidor detenido a las cuatro y diez, un rectángulo más claro en la pared donde antes colgaba un cuadro que seguramente ya estaba vendido.

En el estudio estaban los tres. Hugo de pie detrás del escritorio. Marisol sentada muy derecha en el sillón, con las manos en el regazo. Y Camila, hundida en la otra esquina del sillón, con una blusa de manga larga aunque la tarde estaba pegajosa de calor y por la ventana entraba un aire tibio que no refrescaba nada. Tenía el brazo izquierdo cruzado contra el cuerpo, la manga cubriéndole hasta la muñeca. Renata lo notó. No dijo nada. Archivó el dato como archivaba todo.

—Llegaste —dijo Hugo, y le señaló la silla frente al escritorio—. Siéntate, por favor. Gracias por venir tan rápido.

Renata se sentó. No soltó el bolso.

—¿De qué se trata? —Su voz era plana, educada, la distancia exacta de un "usted" que no necesitaba pronunciar para que se oyera.

Hugo respiró hondo. Acomodó dos papeles que no necesitaban acomodo. Y empezó por donde empiezan los hombres que van a pedir algo enorme: por la desgracia.

—La constructora está en una situación muy delicada. Más que delicada. —Hizo una pausa para medir si debía suavizarlo y decidió que no había tiempo—. Trescientos ochenta millones de pesos en deuda vencida. Si no entra capital en las próximas semanas, lo perdemos todo. La empresa, la casa, el nombre. Todo.

Renata no movió un músculo. Ya conocía la cifra; Camila no era la única que sabía escuchar detrás de las puertas, aunque Renata lo hacía sin necesidad de pegar la oreja: bastaba con leer las caras.

—Hay una salida —siguió Hugo—. Grupo Vargas. Los Vargas, los de Las Lomas. —Lo dijo como quien menciona un santo—. Están dispuestos a condonar la deuda completa y a inyectar capital. A cambio piden un matrimonio. Quieren que una hija de esta familia se case con el heredero. Con Maximiliano Vargas.

—El que está en coma —dijo Renata. No era pregunta.

Camila se enderezó de golpe, como un resorte que llevaba media hora comprimido.

—Yo ya dije que no. —Cortó a su padre antes de que terminara, la voz subiéndose de tono—. Ya lo hablamos en la oficina. No me voy a casar con un hombre conectado a una máquina. Que busquen otra solución. Que vendan la casa, que pidan prestado, lo que sea, pero a mí no me metan.

Hugo no le contestó a Camila.

Se volvió hacia Renata.

Y ahí, en ese gesto, estaba toda la conversación. Marisol bajó la vista hacia sus manos. El silencio se estiró un segundo, dos, tres —el tiempo suficiente para que Renata entendiera la propuesta completa antes de que nadie se la dijera con todas sus letras. No la habían llamado para pedirle opinión. La habían llamado porque Camila había dicho que no, y en esa casa, cuando alguien decía que no, el "sí" lo firmaba ella.

Siete años. La misma mecánica siete años. La hija que no era hija de verdad cargaba con lo que la hija de verdad no quería cargar.

Renata no sintió rabia. Hacía mucho que el cuerpo había dejado de gastar rabia en esto. Sintió otra cosa, más fría y más útil, algo que se parecía a una calculadora encendiéndose.

—Sigue —dijo.

Hugo parpadeó. Esperaba resistencia, o lágrimas, o por lo menos preguntas. No esperaba "sigue".

—El… el contrato matrimonial sería con separación de bienes —continuó, ahora más lento, midiéndola—. Con una cláusula de compensación a tu favor. Quiere decir que, si el matrimonio se disuelve, tú sales protegida. En papel quedarías cubierta económicamente, pase lo que pase. Y hay una dote familiar de por medio, una compensación que los Vargas entregan al cerrar el acuerdo. Con eso cubriríamos lo más urgente.

—Cubrirían ustedes lo más urgente —corrigió Renata, sin énfasis, como quien ajusta un decimal.

Hugo tragó saliva.

—Sí.

Renata se quedó callada. Por dentro, sin embargo, no había silencio: había una suma corriendo. Una separación de bienes con cláusula de compensación. Una dote. Un apellido que abría puertas que a ella, con su trabajo de toda la vida, le seguían costando el doble por venir de donde venía. Un matrimonio con un hombre inconsciente, que no iba a pedirle nada, que no iba a tocar su vida, que no iba a meterse en lo único que a ella le importaba de verdad y que llevaba cinco años buscando en silencio.

Para Hugo era una venta. Para Camila era una condena. Para Renata, si jugaba bien las cartas, podía ser exactamente lo contrario: dinero propio, distancia de esta casa y un nombre lo bastante grande para moverse por la ciudad sin pedir permiso.

Levantó la mirada. Hizo una sola pregunta.

—¿Hay un abogado que revise el contrato antes de que yo firme cualquier cosa?

Marisol levantó la cabeza, sorprendida. Había llegado preparada para una escena —ruegos, reproches, la culpa de siempre—. Esa calma la descolocó. Por un segundo, en la cara de su madre adoptiva cruzó algo que no supo esconder a tiempo: alivio. Un alivio culpable, sucio, del que no iba a hablar nunca y que aceleró su mano hacia la cruz que le colgaba del cuello, como si tocarla la limpiara.

—Sí —dijo Hugo, casi con prisa—. Claro que sí. Un abogado de tu confianza, el que tú quieras. Revisa todo. Línea por línea.

Camila soltó un resoplido desde su esquina.

—Qué conveniente —dijo, y la voz le salió afilada, casi divertida, casi aliviada también, aunque ella sí se odió un poco al oírse—. Qué conveniente que tú sí digas que sí. Como siempre. La santa de la familia.

Renata no la miró.

No le contestó a Camila. Camila no merecía gasto. Mantuvo los ojos en Hugo, en el escritorio, en los dos papeles que él seguía sin necesitar acomodar, y dijo, con la misma voz plana con la que minutos antes había ordenado cerrar un cráneo:

—Dime cuándo es la reunión con los Vargas.

Hugo abrió la boca. La cerró. Asintió.

—El jueves —dijo—. En las oficinas de ellos. A mediodía.

—Ahí estaré.

Se puso de pie, se colgó el bolso al hombro y se dio la vuelta. No hubo discurso, ni despedida, ni esa pausa que la gente deja para que le agradezcan los sacrificios. Caminó hacia la puerta del estudio, y a su espalda quedaron los tres, cada uno con su versión del mismo silencio: Hugo con un alivio que le daba asco de sí mismo; Marisol con una vergüenza que no sabía nombrar; Camila apretando el brazo izquierdo contra el cuerpo, mirando salir a su hermana adoptiva con una mezcla rara de desprecio y, muy al fondo, de envidia que jamás admitiría.

—————

El cuarto que había sido suyo seguía igual y seguía siendo de nadie. Paredes desnudas, una cama, un buró. Lo habían conservado no por cariño sino por inercia, igual que la palmera y el portón.

Renata cerró la puerta. Encendió la lámpara del buró. Se sentó en el borde de la cama un momento, quieta, dejando que la calma de afuera se le cayera de los hombros ahora que nadie miraba.

Después abrió el cajón.

Debajo de un cuaderno viejo, en el fondo, había una fotografía pequeña. De hospital. El papel ya empezaba a curvarse en las esquinas de tanto sostenerlo. En la imagen, dos bebés diminutos dormían dentro de una incubadora, la piel todavía traslúcida, conectados a unos cables más gruesos que sus bracitos. Prematuros. Dos.

Renata la sostuvo con las dos manos. No lloró. Hacía mucho que tampoco gastaba eso. Solo se quedó mirando la foto el tiempo que se permitía mirarla cada noche, ni un segundo más, porque más era peligroso.

Un matrimonio con un hombre que no iba a estorbar. Dinero propio. Un apellido grande.

Por primera vez en cinco años, una puerta se entreabría hacia lo único que de verdad quería encontrar.

Guardó la foto debajo del cuaderno. Cerró el cajón.

Apagó la luz.

1
Beatriz Juárez
una duda no ya conocía al tío de Maximiliano e incluso escucho una conversación respecto a la salud de Max e incluso la mando a amenazar con pasarle algo a la mamá de ella
gabriela
excelente
Beatriz Juárez
hasta el momento lo que eh leído muy interesante, espero siga así el resto de la novela
mildred rivas
lo sospechaba no era casualidad
Maria Cerdán
Es de Max Renata.. te está protegiendo, ya te aceptó como su esposa..ja,ja
Maria Cerdán
Se va poniendo interesante.. le quitaron a sus bebés?
Liliana janeth reveles riojas
aaaaaaaaaaaaaaaa que emoción
Hilda Estrada
cuánta maldad
ana paez
lo mismo pregunto
ana cecilia mendoza
mercantil siempre contigo 🤣🤣🤣🤣😅❤️
Visitor3894
Muy buen libro .Hasta el momento diría casi excelente .
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .
ana cecilia mendoza
voy a llorar y al mismo tiempo me estrese 😭😭😭😭😭
Nely Morales Cruz
Yo tengo la duda de si Ernesto es el padre porqué ahora dice que su papá está muerto
Nely Morales Cruz
Ese niño debe de ser de Renata y será que el padre es maximiliano y el tampoco sabe
Carely Prieto
ya se siente el despertar 👏
audelina barra guzman
uuuuf yo tampoco me equivoqué wau esto de leer tantas historias voy aprendiendo hacer detective jajaja
Nely Morales Cruz
Tengo muchas dudas espero que en el transcurso de la novela pueda aclararme
audelina barra guzman
parece que también se le olvidó el ADN el ir a buscar a la niña gemela 🤔🤔🤔🤔😔😔😔😔😔
audelina barra guzman
me quedan muchos capitulos todavía esperando que arregles está trama
audelina barra guzman
se me perdió Vale la hermana de Max el tío que estaba haciendo daño la abuela el papá de Max que PASO Autora si es que tú escribes esto o lo copiaste mal 😱😱😱😱 hay algo que no cuadra 😱😱😱😱
mildred rivas: si no cuadra porque aquí dice que no tuvo niña y vale que es
total 2 replies
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