Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 8
Cap 8 — Lo que no debió pasar
Sebastián la llevó a cenar.
No fue una cita. No fue un gesto romántico. Fue, según sus propias palabras, «una obligación profesional de celebrar cuando se gana un caso».
La excusa más rígida que Valentina había escuchado en su vida.
El restaurante estaba en una calle lateral del centro. Uno de esos lugares con manteles de tela y velas reales en la mesa que Valentina habría evitado por instinto en circunstancias normales —demasiado caro, demasiado íntimo—.
Pero esa noche, después de tres semanas de delegaciones, juzgados y los gritos de Gladys todavía rebotándole en la cabeza, le pareció exactamente lo que necesitaba.
—No sé qué pedir —admitió Valentina, mirando la carta con la misma expresión que pondría frente a un documento legal en otro idioma.
—Pida lo que quiera. Hoy invito yo.
—Usted siempre invita.
—Porque usted nunca me deja pagar los honorarios completos.
Valentina lo miró por encima de la carta.
Sebastián tenía la vista fija en la suya con una expresión que ella no sabía descifrar. No era la frialdad habitual. Tampoco era calidez, exactamente. Era algo intermedio. Como el momento justo antes de que el sol salga, cuando el cielo no es oscuro ni claro.
—Gracias —dijo—. Por lo de hoy. Por lo del juzgado, lo de Gladys, todo.
—Es mi trabajo.
—Recibir un escupitajo en la cara no es su trabajo.
Sebastián se encogió de hombros con un gesto casi imperceptible.
—Hay peores fluidos corporales.
Valentina se quedó mirándolo un segundo.
Luego se rio. Una risa corta, sorprendida, que le salió antes de que pudiera detenerla. Sonó tan extraña en su propia boca que la hizo detenerse.
No recordaba la última vez que se había reído.
Sebastián no se rio con ella, pero la comisura de su boca se movió medio milímetro hacia arriba. Valentina pensó que eso, viniendo de él, era prácticamente una carcajada.
Pidieron. Comieron. Hablaron.
Valentina descubrió algo inesperado: Sebastián Montero era capaz de mantener una conversación que no fuera sobre leyes.
Costaba trabajo sacárselo —era como abrir una lata con las uñas—, pero una vez que empezaba, las palabras le salían medidas, secas, y a veces sorprendentemente graciosas. Tenía un humor tan sutil que había que prestar atención para notarlo. Como una nota baja en una canción que solo se escucha si bajas el volumen de todo lo demás.
Al principio hablaron del caso. Los próximos pasos legales, la investigación contra Martín, la posibilidad de recuperar los bienes malversados.
Pero en algún punto entre el segundo plato y la primera copa de vino, la conversación se deslizó hacia otra parte.
Valentina le preguntó cómo había empezado en el derecho. Él le contó, con la misma economía de palabras con que hacía todo, que su padre había querido que estudiara administración de empresas, pero que él se había negado.
—¿Por qué derecho? —preguntó Valentina.
—Porque las leyes no mienten. Las personas sí, pero las leyes no.
—Eso es lo más triste y lo más bonito que he escuchado.
Sebastián la miró con esa expresión de quien no está acostumbrado a que le digan cosas bonitas.
—¿Y usted? —preguntó—. ¿Siempre quiso ser contadora?
—Nadie quiere ser contadora —dijo Valentina.
Esta vez él sí sonrió. Una sonrisa rápida, fugaz, como un relámpago en un cielo nocturno.
—Pero me gustan los números. Los números no te engañan. Si algo no cuadra, los números te lo dicen.
—Contadora que descubrió un fraude millonario.
—Esposa que descubrió que su marido la quería matar. El fraude fue un bonus.
Sebastián bajó la mirada hacia su copa. Cuando la levantó, algo había cambiado en sus ojos. Algo más suave, más expuesto. Como una puerta que se abre medio centímetro sin que nadie la empuje.
—Igual que usted —dijo Valentina—. Los dos confiamos en sistemas que no mienten.
Sebastián inclinó la cabeza, como si nunca lo hubiera pensado de esa manera.
—Supongo que sí.
El vino era tinto, suave, con un fondo de cereza que Valentina apenas notó después de la segunda copa.
Bebió. Más de lo que debería. Más de lo que había bebido en años. Cada copa le quitaba un peso de los hombros, y los pesos eran tantos y tan viejos que cuando empezaron a caerse los sintió como avalancha.
En algún momento dejó de hablar del caso y empezó a hablar de su hijo.
—A veces sueño con él —dijo, con la voz espesa y los ojos brillantes—. Es un niño chiquito, regordete, con unos cachetes así.
Se tocó las mejillas con las dos manos, como dibujando las mejillas de un bebé en el aire.
—Y me dice mami, y yo corro a abrazarlo, y cuando lo toco... se va. Se deshace. Y me despierto y me toco la panza y no hay nada.
Se le quebró la voz en la última palabra. Las lágrimas le cayeron sobre el mantel antes de que pudiera atraparlas.
—Perdón —dijo, limpiándose con la servilleta—. Perdón, no debería...
—No se disculpe.
Sebastián lo dijo con una voz que Valentina nunca le había escuchado. Baja, grave, sin filo. Como si algo dentro de él se hubiera aflojado también.
No le dijo que todo iba a estar bien. No le dijo que el tiempo cura. No dijo ninguna de las frases que la gente dice cuando no sabe qué decir y necesita llenar el silencio.
Solo se quedó ahí. Presente. Mirándola con esos ojos oscuros que, por primera vez desde que lo conoció, no parecían estar analizando nada.
No recordaba cómo habían llegado a su departamento.
Recordaba fragmentos: el aire fresco de la calle golpeándole la cara. La mano de Sebastián en su espalda guiándola hacia el auto. El olor de su colonia —madera, algo cítrico, limpio— cuando se apoyó en su hombro porque las piernas ya no le respondían.
Recordaba que en el auto había murmurado «no te vayas», sin saber si se lo decía a él o al niño del sueño.
Él no había respondido. Pero tampoco la había soltado.
Recordaba la puerta de su departamento. Las llaves que no encontraba. Las manos de él sacándolas de su bolsa con una paciencia que contrastaba con su respiración, que ya no era tan controlada como siempre.
Y después recordaba sus labios.
Los de ella contra los de él. Un impulso torpe, desesperado, empapado de vino y de dolor. Él quedándose inmóvil un segundo —un segundo en que toda su disciplina, toda su frialdad, todo su autocontrol profesional lucharon contra algo más antiguo y más fuerte— antes de devolverle el beso con una urgencia que a ella le quitó el poco aire que le quedaba.
Su colonia le llenó los sentidos.
Sus manos, que habían sostenido expedientes y bolígrafos y el mazo de la ley con tanta precisión, ahora le sostenían la cara como si fuera algo que se podía romper.
Lo demás fue una secuencia de sensaciones sin orden: la tela de su camisa entre los dedos de ella, el calor de su piel bajo la tela, la solidez de su cuerpo contra el de ella. El sonido de su nombre —Valentina— dicho en voz baja, casi en un susurro, como si fuera una palabra que nunca había pronunciado antes y necesitara probarla despacio.
Ella dijo su nombre una vez. Sebastián. Y él se detuvo, la miró, y algo en sus ojos le dijo que esto no era un error para él. Que esto era, quizás, lo único en mucho tiempo que no se sentía como un error.
Y luego el silencio. El peso tibio de otro cuerpo en su cama. La respiración acompasada de alguien que se quedó dormido con el brazo todavía rodeándole la cintura.
Valentina abrió los ojos.
Lo primero que vio fue el techo de su departamento. El mismo techo blanco con la mancha de humedad en la esquina que llevaba meses sin arreglar.
Lo segundo fue la luz. Entraba por la rendija de la cortina en una línea dorada que le cruzaba la cara y le hizo entrecerrar los ojos.
Lo tercero fue el brazo.
Un brazo que no era el suyo. Largo, firme, con los primeros botones de una camisa blanca desabrochados y unas marcas rojas en la muñeca que parecían... arañazos.
Valentina giró la cabeza despacio, como si el movimiento pudiera deshacer la realidad.
Vio a Sebastián Montero dormido a su lado.
El corazón le dio un vuelco tan violento que le dolió.
No, pensó. No, no, no, no, no.
que le consiguió ese trabajo?