Liora Montclair siempre supo que era un estorbo.
Hija menor de una casa noble en decadencia, fue criada entre insultos, miradas de desprecio y un veneno que nadie más que ella sospechaba. Su cuerpo —grande, rollizo, "impresentable" según su propia familia— era la prueba visible de años de humillación silenciosa. Cuando la obligaron a casarse con el Duque Alaric Ravens, el general más temido del Imperio Aurelius, Liora se preparó para lo peor: otro hombre que la miraría con asco.
Pero Alaric no la miró con asco.
De hecho, Alaric fue el primero en notar que su vestido de boda estaba diseñado para humillarla. El primero en tratarla con respeto. El primero en no verla como un cuerpo defectuoso, sino como una mujer con fuego en los ojos y una lengua afilada que ni siquiera un Duque podía domar.
Lo que Alaric no sabe es que Liora guarda secretos que podrían sacudir los cimientos del imperio. Secretos sobre su verdadero linaje. Sobre las sombras que la obedecen. Sobre la espada que esconde debajo de la dulzura.
Lo que Liora no sabe es que el veneno que corre por sus venas fue puesto ahí por alguien de su propia sangre. Y que destaparlo significará enfrentarse a conspiraciones que van mucho más allá de la crueldad doméstica.
Mientras Liora descubre que el "monstruo" con el que la casaron tiene las manos más gentiles que jamás la han tocado, una guerra se avecina en el horizonte. Una guerra que pondrá a prueba no solo su matrimonio, sino los secretos que ambos juran proteger.
Entre batallas en campos nevados, intrigas palaciegas que cortan más profundo que cualquier espada, y un niño de tres años con media lengua que insiste en llamarla "Lilola", Liora tendrá que decidir: ¿seguir escondiéndose detrás de la máscara de la esposa sumisa, o revelarse como lo que realmente es?
Porque debajo de la piel que todos despreciaron, late el corazón de una guerrera.
Y el Duque Ravens está a punto de descubrir que se casó con la mujer más peligrosa del imperio.
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CAPÍTULO 7. EL PEQUEÑO JUEGO DE LA DUQUESA
Desde aquella tarde, Liora Montclair dio inicio oficial a la operación de salvarse a sí misma de su propio esposo.
Sonaba extraño, pero eso era exactamente lo que iba a hacer, considerando la noticia de que el Duque vendría a la habitación de Liora esa noche, sin motivo aparente.
Liora sabía que el Duque Alaric no dejaría de venir solo porque ella así lo deseara. Ese hombre no era del tipo que se podía evitar con pequeñas plegarias o fingiendo estar ocupada. Así que el único camino era lograr que el Duque no pudiera venir.
Y fue ahí donde las pequeñas ideas de Liora comenzaron a brotar.
La joven se plantó en medio de su habitación con los brazos cruzados, mirando a Sasa, que parecía demasiado entusiasmada para tratarse de un "plan de emergencia".
—¿Por dónde empezamos, señora? —preguntó Sasa alegremente, como una niña a punto de jugar a las escondidas.
Liora soltó un largo suspiro.
—Quiero que el Duque no venga a esta habitación esta noche, sea como sea —dijo Liora.
—¡Entendido! —respondió Sasa sin dudarlo—. ¿Primer método?
Liora pensó rápido.
—Haz que esté ocupada.
Sasa parpadeó.
—¿Ocupada?
—Sí. Ocupada con asuntos de la Duquesa. Invitados. Informes. Lo que sea —declaró Liora con determinación.
Y así fue.
Desde la mañana, el estudio de Liora no tuvo un solo momento de tranquilidad.
Las sirvientas entraban y salían cargando documentos, telas, joyas, listas de banquetes; todo por orden de la Duquesa, que de pronto se había vuelto "sumamente activa".
Sasa corría de un lado a otro con el rostro radiante.
—¡La señora quiere revisar de nuevo el almacén de telas!
—¡La señora quiere conocer el calendario de invierno!
—¡La señora quiere...!
—...respirar un momento —interrumpió Liora mientras se desplomaba en su silla. No había previsto que terminaría tan agotada.
Sin embargo, por alguna razón, cuanto más ocupada estaba Liora, más animada se ponía la residencia del Duque.
Las sirvientas intercambiaban miradas con sonrisas llenas de significado.
Algunas incluso parecían contener la risa.
—¿Qué sucede? —preguntó Liora con sospecha.
Sasa se tapó la boca.
—La señora parece estar evitando al señor Duque.
Liora la miró con severidad.
—No lo estoy evitando. Solo no quiero verlo en este momento.
—Oh —respondió Sasa con inocencia—. ¿Entonces pasamos al siguiente plan?
Liora se quedó en silencio un instante.
Luego dijo en voz más baja:
—Estoy enferma.
Sasa abrió los ojos de par en par.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora —respondió Liora.
La Duquesa que cayó enferma se convirtió de inmediato en el tema de conversación en la residencia del Duque. La noticia se propagó mucho más rápido de lo que Liora había calculado.
—La señora Duquesa se siente mal.
—La señora Duquesa está pálida.
—La señora Duquesa necesita un doctor.
—Seguro está agotada.
En menos de una hora, el doctor de la residencia del Duque ya estaba de pie frente a la cama de Liora.
Aldren.
El joven doctor llegó con paso sereno, cargando un maletín de cuero con instrumental médico. Su cabello castaño estaba bien peinado, su rostro era limpio, y su mirada era suave; demasiado suave, tanto que hacía sonrojar a algunas de las sirvientas.
—Su Excelencia la Duquesa —dijo el doctor con cortesía—. Soy el Doctor Aldren.
Liora tragó saliva. Miró a Sasa con ojos suplicantes.
Sasa le devolvió una sonrisa que decía tranquila, estoy aquí.
—¿Cuáles son sus molestias? —preguntó Aldren con amabilidad.
Liora se llevó la mano a la frente.
—Mareos, náuseas, probablemente por el agotamiento.
El Doctor Aldren le tomó el pulso y observó el rostro de Liora unos segundos más de lo necesario durante la revisión.
—No hay nada grave —murmuró el doctor finalmente.
Liora casi soltó un grito de victoria, pero se mantuvo fingiendo debilidad.
—Sin embargo, efectivamente necesita descanso absoluto. No debe ser molestada esta noche —continuó Aldren.
Sasa asintió de inmediato con energía.
—¡Así es! ¡La señora está muy débil!
El Doctor Aldren las miró a ambas, claramente consciente de que había algo... extraño. Pero solo suspiró. Como si supiera lo que estaba ocurriendo.
—Se lo comunicaré así a Su Excelencia el Duque —dijo finalmente—. Pero no juegue con su salud, Su Excelencia.
Liora sonrió con rigidez.
—Gracias, Doctor Aldren.
En cuanto el doctor salió, Liora se dejó caer sobre la almohada.
—Funcionó —murmuró Liora con alivio.
Pero el alivio no duró mucho. Porque la noticia de su enfermedad terminó provocándole un caos a ella misma.
La tarde se convirtió en noche.
La puerta de la habitación de Liora fue golpeada de nuevo, esta vez con más urgencia.
Sasa entró con el rostro pálido.
—¡¿Señora?!
—¿Qué más ahora? Déjenme respirar un momento —se quejó Liora.
—Gideon se presentó ante el Duque —le informó Sasa.
Liora se tensó.
—¿Y?
—Y el Duque casi se muere del susto al enterarse de que la señora está enferma —dijo Sasa.
Liora se incorporó de golpe.
—¿Qué?
¿El Duque está preocupado?, pensó Liora.
—Su Excelencia ordenó de inmediato que se llamara a un doctor del palacio imperial —le informó Sasa con el rostro ligeramente alarmado.
El mundo pareció dejar de girar.
—¿Qué? —confirmó Liora, temerosa de haber escuchado mal.
—El doctor imperial ya viene en camino —repitió Sasa.
Liora se quedó helada.
Luego exclamó presa del pánico:
—¡Aghh! ¡¿Por qué pasó esto?! No. No. No. ¡Es solo una enfermedad falsa! ¡¿Cómo es posible que el Duque haya llamado al doctor imperial?!
La joven saltó de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro como si hubiera perdido la razón.
—¡¿Por qué tuvo que reaccionar así?! ¡¿Por qué de repente el palacio imperial tiene que verse involucrado?! —exclamó Liora, que parecía querer tragarse a alguien en ese momento.
Sasa tragó saliva.
—Quizá porque usted es su esposa, por supuesto que el Duque se preocupó.
—¡¡AGH!! ¡¡DE REPENTE SE ACUERDA DE QUE SOY SU ESPOSA DESPUÉS DE IGNORARME TODO ESTE TIEMPO!! —bramó Liora, frustrada y molesta con una situación que no estaba saliendo según su plan.
Liora se detuvo en seco.
—Sasa. Rápido. Ve a buscar al Doctor Aldren —ordenó Liora.
Sasa se puso en posición de inmediato.
—¿Qué le digo?
—Dile que ya estoy mejor. Que solo necesito descansar. Que nadie debe molestarme. Solo necesito descansar —dijo Liora.
—¿Incluido el Duque? —preguntó Sasa.
Liora se quedó callada. Luego respondió:
—Especialmente el Duque.
Sasa asintió y salió corriendo.
Liora se dejó caer de nuevo en la cama y se cubrió el rostro con ambas manos.
—¿Qué estoy haciendo? De repente hoy se convirtió en un campo de batalla cuando lo único que quería era que el Duque no viniera esta noche —murmuró Liora, exhausta.
Solo quería una noche tranquila.
No provocar un desastre que terminara arrastrando al palacio imperial.
Unos golpecitos suaves se escucharon en la puerta.
No eran golpes de un sirviente adulto.
Toc. Toc.
—Pasa —dijo Liora débilmente. Esperando que no fuera otro problema.
La puerta se abrió, revelando una pequeña figura con el cabello algo desordenado y unos ojos redondos llenos de preocupación.
—¡Lilola!
—¿Rowan? —Liora recuperó la energía de inmediato al ver que era su pequeño favorito.
El niño corrió hacia ella, seguido por la sirvienta encargada de cuidarlo.
—Ecuché que Lilola etá enfelma —dijo Rowan con su lengua de trapo—. ¿Lilola, qué te duele? ¿Eh glave? ¿Ya tomate la medisina?
—Todavía no tomé nada —respondió Liora.
Entonces Rowan levantó una cajita que traía en las manos.
—Pelo la medisina eh amalga, ací que Lowan te tlajo galletitas —dijo el niño.
Liora abrazó al pequeño con fuerza.
—Gracias. Eres un amor —dijo Liora, enternecida.
Rowan sonrió orgulloso.
Se sentaron juntos en el borde de la cama, compartiendo aquellas pequeñas galletas.
—Lilola no te olvides de comel —dijo Rowan con seriedad—. Cuando uno etá enfelmo no eh bonito. No puedes colel pol el jaldín. En el cualto eh abulido.
Liora rio.
—Voy a comer mucho para que Rowan no se preocupe.
Rowan asintió satisfecho. Luego se acercó y susurró:
—Lowan te va a desil un secleto —dijo el niño.
Liora se inclinó hacia él.
—Cuando la silvienta te dé la medisina, Lilola pide agüita. Depué, cuando la silvienta no eté, Lilola econde la medisina. Le dices que ya te la tomate —susurró Rowan.
Liora se quedó atónita. Luego sonrió.
—Eres muy listo.
Rowan sonrió de oreja a oreja.
—Ete eh nuestlo secleto. No le digas a nadie. Plomesa.
—Lo prometo —dijo Liora levantando su dedo meñique.
Rowan rio encantado.
La conversación continuó ligera, sin preocupaciones.
Por un momento, Liora se olvidó del Duque. De los rumores. De esa noche.
Hasta que el atardecer se convirtió en oscuridad.
Y unos pasos pesados se escucharon en el pasillo.
Se detuvieron justo frente a la puerta de la habitación de Liora.
Se escuchó un golpe.
Liora volteó.
La puerta se abrió.
Y ahí...
El Duque Alaric Ravens estaba de pie en el umbral.
Liora supo entonces que su plan del día había fracasado por completo.
Que pasara ?