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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20. Vecinos sin planearlo

No durmió, pero soñó.

Fue esa clase de sueño a medio camino entre la vigilia y el delirio, en el que uno sabe que está soñando y aun así se deja llevar. Estaba ella. Siempre ella. Pero esta vez no de espaldas, no detrás de un vidrio, no cosiendo. Esta vez estaba cerca. Tan cerca que Max podía sentir el calor que despedía su piel, el roce de su respiración, el peso tibio de su cuerpo apoyándose contra el suyo. No había imágenes claras, no había nada explícito: solo sensaciones. El aroma de gardenia metiéndosele en los pulmones. La punta de unos dedos recorriéndole el pecho. Un aliento en el cuello. Y sobre todo, ese calor, ese calor que le nacía en el vientre y le subía por todo el cuerpo como una marea, tan intenso, tan vivo, tan imposible después de treinta y cinco años de nada.

Estiró la mano en el sueño para alcanzarla. Sus dedos rozaron algo —una piel tibia, una curva de hombro— y por un instante creyó, con toda su alma, que la tenía. Que por fin la tenía.

Y despertó.

De golpe, con el corazón desbocado, empapado en sudor. La camisa se le pegaba a la espalda, las sábanas revueltas, la respiración entrecortada. Por un segundo no supo dónde estaba —un techo ajeno, un departamento frío— hasta que la memoria le regresó: la cena, el whisky, la Torre, la unidad de Santiago.

Y su cuerpo. Su cuerpo otra vez despierto, alerta, reaccionando con una fuerza que lo dejó sin aire.

Se sentó en el borde del sofá, se pasó las manos por la cara y sintió, en el labio inferior, un ardor pequeño: se lo había mordido dormido, sin darse cuenta, hasta dejarse una marca. Le dolía la garganta —el aire frío del pasillo que había dejado entrar toda la madrugada le había pasado la cuenta con un resfriado incipiente, la nariz tapada, la voz ronca—. Un desastre. Estaba hecho un desastre, con el cuerpo encendido y la cabeza dándole vueltas.

Se rio, incrédulo, con la voz rasposa.

Era exactamente como aquella primera madrugada, semanas atrás, cuando todo esto empezó: el sudor, el calor, el sueño con ella, el cuerpo respondiendo como no respondía desde que tenía uso de razón. Solo que aquella vez había sido a través de un vidrio, con una desconocida. Y ahora la desconocida tenía nombre. Tenía trabajo. Tenía —lo recordó con un vuelco— una gardenia por foto de perfil en su teléfono.

Se miró en el espejo del baño. Las ojeras del desvelo, la marca del mordisco en el labio, los ojos brillantes de fiebre. Parecía cualquier cosa menos el heredero temido del Grupo Alcázar, el hombre de hielo ante quien temblaban las juntas. Parecía, más bien, un muchacho enfermo de amor y sin la menor idea de qué hacer con eso. Y lo peor, o lo mejor, es que no le disgustaba del todo la imagen.

Se tocó el labio con la yema del dedo. Le ardió. Se acordó, absurdamente, de que en toda su vida adulta jamás se había mordido los labios dormido, jamás había amanecido empapado en sudor, jamás se había resfriado por dejar una puerta abierta a media noche por asomarse a un pasillo vacío. Su cuerpo, durante treinta y cinco años, había sido un territorio en calma chicha, sin oleaje, sin tormentas. Y en unas semanas, esa mujer lo había convertido en un mar embravecido. Todo por ella. Todo, siempre, solo por ella.

"Es ella. Otra vez. Solo con ella", pensó, y no supo si reírse o preocuparse.

Se levantó, tambaleándose un poco, y fue al baño. Abrió la regadera. Agua fría, como siempre, su viejo remedio. Se metió debajo y dejó que el chorro helado le cayera encima, esperando que el cuerpo, disciplinado por décadas de castigo, se rindiera y se apagara.

No se apagó.

Se quedó bajo el agua fría un largo rato, tiritando, y su cuerpo seguía terco, encendido, vivo. Por primera vez en su vida, el frío no funcionaba. Y en lugar de asustarse, Max sintió algo que no esperaba: una especie de asombro feliz. Porque un cuerpo que no se apaga es un cuerpo que por fin sirve para algo. Un cuerpo que por fin quiere. Treinta y cinco años creyéndose una máquina descompuesta, y resulta que la máquina siempre estuvo bien: solo esperaba a la persona correcta para encenderse.

Pensó, sin poder evitarlo, en Verónica. En los dos años de aquel matrimonio arreglado, en las noches en cuartos separados, en la única vez que lo intentaron y su cuerpo se quedó tan muerto como siempre, mientras ella lo miraba con esa mezcla de lástima y desprecio que terminó en la frase que lo persiguió por años: "contigo no se puede". Con Verónica, hermosa, elegante, deseada por medio país, no había pasado nada. Nada. Ni una chispa.

Y con una costurera que ni siquiera lo había tocado, que dormía ajena del otro lado de una pared, el cuerpo se le incendiaba hasta el punto de que el agua helada no le hacía mella.

No era él quien estaba descompuesto. Nunca lo había estado. Era, simplemente, que su cuerpo tenía una sola llave en todo el universo, y esa llave se llamaba Lucía. La certeza lo golpeó ahí, bajo el agua fría, con una claridad que casi le dio vértigo: si la perdía, volvería a la oscuridad para siempre. Y si la conservaba… Cerró la llave sin terminar el pensamiento, porque la sola idea le aceleraba de nuevo el pulso.

Salió de la regadera, se secó, se puso una camiseta seca que encontró en un cajón de Santiago, y estaba ahí, sentado en la orilla de la cama con la toalla al cuello y la nariz tapada, cuando sonó el teléfono.

Amanecía. ¿Quién llamaba a esa hora?

Miró la pantalla. Era su abuela.

—¿Abuela? —contestó, con la voz ronca del resfriado—. ¿Pasó algo? Son las siete.

—¡Ay, mijo, qué voz traes! ¿Andas crudo o enfermo? —La voz de Doña Carmen sonaba fresca, despierta, insoportablemente alegre para la hora—. Bueno, no importa. Te hablo para darte una noticia y porque quiero pedirte un favor.

—Abuela, de verdad no es buen momento…

—Es rapidísimo. ¿Te acuerdas del departamento de tu hermano, el 22-A de la Torre Montebello? El que estaba vacío.

Max se quedó muy quieto.

—Sí —dijo, despacio—. Me acuerdo.

—Pues ya lo renté. A una muchacha encantadora, decente, trabajadora. Una diseñadora, la alumna consentida de mi amiga Ofelia, ¿te acuerdas de Ofelia? Se llama Lucía. Lucía Reyes. Se acaba de mudar, esta misma madrugada, según me dijo.

El mundo se detuvo alrededor de Max.

Lucía. Se acaba de mudar. Esta misma madrugada.

La figura del pasillo. La silueta cargando algo contra el pecho. La nuca. No había sido una alucinación. No había sido el whisky. Había sido ella. Ella de verdad, de carne y hueso, entrando al departamento de enfrente, a unos metros de donde él pasó la noche ardiendo y llamándola en sueños.

—¿Sigues ahí, mijo?

—Sí —logró decir—. Sigo aquí.

—Bueno, pues el favor es este. Ya que tú a veces te quedas en el 22-B cuando andas por Polanco, y ella va a vivir enfrente… llévate bien con ella, ¿eh? Es una muchacha excelente, sola en esta ciudad, y me gustaría que tuviera un buen vecino. Preséntate. Ayúdale en lo que necesite del departamento. —Y aquí la voz de Doña Carmen se puso, apenas, demasiado inocente—. Quién quita y hasta se hacen buenos amigos. O algo más. Una nunca sabe.

Max cerró los ojos. Ahí estaba. La red de su abuela, tejida con esa paciencia de araña dulce que él conocía de sobra. No era casualidad. Nada de esto era casualidad. La renta ridícula, la vecina perfecta, la llamada a las siete de la mañana. La vieja lo había arreglado todo.

Y por una vez en su vida, no le molestó que lo manipularan.

—Sí, abuela —dijo, y no pudo evitar que se le escapara media sonrisa, rasposa por el resfriado—. Me presento.

—¡Ese es mi muchacho! Bueno, cúrate esa gripa. Te quiero. Adiós, adiós.

Colgó.

Max se quedó sentado en la orilla de la cama, con el teléfono en la mano, mirando hacia la puerta. Detrás de esa puerta estaba el pasillo. Y al otro lado del pasillo, a menos de cinco metros, detrás de una sola pared, dormía la mujer que su cuerpo había reconocido entre todas las del mundo. Su vecina. Sin haberlo planeado ninguno de los dos.

Se levantó y fue hasta la puerta. La entreabrió otra vez, con cuidado, y miró hacia el 22-A. La misma puerta que en la madrugada había creído fruto de su imaginación. Ahora sabía que detrás de ella respiraba, de verdad, la mujer que le había devuelto el cuerpo. Le pareció increíble que algo tan enorme cupiera detrás de una puerta tan común, con su tapete y su número dorado.

Cerró despacio, para no hacer ruido, como si ella pudiera oírlo pensar.

Se llevó una mano al pecho, donde el corazón seguía sin calmarse, y soltó una risa baja, incrédula, tapado de la nariz y encendido por dentro.

—Vecinos —murmuró—. Vecinos, sin planearlo.

Miró la puerta de nuevo. Ella todavía no sabía quién vivía enfrente. No sabía su apellido completo, no sabía su historia, no sabía nada del hombre que había pasado la noche ardiendo por ella a unos metros de su cama.

Pero eso, se dijo Max, apretando el teléfono, se iba a arreglar muy pronto.

Mañana. Mañana, a primera hora, encontraría una excusa —cualquiera— para tocar esa puerta. Y esta vez, cuando la viera, no habría vidrio, ni sueño, ni whisky de por medio. Esta vez sería real.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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