Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 10
...Nina....
Santiago no dijo una palabra en todo el camino.
Yo tampoco. Tenía la frente apoyada contra el vidrio, mirando los edificios pasar como manchas de luz. El auto olía a su colonia y a silencio. Un silencio grueso, de esos que pesan.
En la reunión había sido otra persona. La mano en mi cintura, la sonrisa fácil, el "mi esposa" lanzado como si fuera verdad. Pero ahora, con las calles vacías entre nosotros, volvía a ser el Santiago de siempre. Mandíbula apretada. Ojos fijos en el camino. Nudillos blancos sobre el volante.
«Actuación», pensé. «Todo fue actuación.»
Llegamos al edificio. Subimos en el elevador sin mirarnos. Él abrió la puerta del departamento y entró primero, dejándome atrás con el sonido de mis tacones contra el mármol.
Me fui directo a la barra de la entrada. Había una botella de agua mineral y la abrí, tomé un trago largo. Después me incliné para quitarme los zapatos. Los tobillos me ardían. Cuatro horas con esos tacones habían sido demasiado.
Estaba desabrochando la hebilla del segundo zapato cuando sentí su mirada.
Levanté la cabeza.
Santiago estaba parado en medio de la sala. No se había quitado el saco. No se había sentado. Solo me miraba. Los ojos le bajaban por el vestido azul, por mis piernas dobladas, por el tobillo desnudo que acababa de liberar.
Tragué saliva.
—Déjatelo puesto.
Dos palabras. Voz baja. Cortada. Como si le costara sacarlas.
—... ¿Qué?
No repitió. Caminó hacia mí. Tres pasos largos. Me tomó de la mano y tiró de mí hacia el pasillo. Hacia la habitación.
El vestido azul se quedó puesto.
No sé cuánto tiempo pasó. Media hora. Una hora. El techo de la habitación estaba oscuro y yo miraba las sombras que hacía la cortina contra la pared.
Santiago dormía. O fingía dormir. Respiración lenta, pesada. Un brazo cruzado sobre mi cintura.
Yo no podía dejar de pensar.
En la reunión, alguien lo había dicho. Una de las compañeras de su generación, con copa en mano y la lengua suelta: «Santiago tuvo novia cuatro años en la universidad. Una chica de Monterrey, guapísima. Anduvieron juntos toda la carrera.»
Cuatro años.
Cerré los ojos y volví a esa primera noche. Nuestra primera vez. Después de la boda civil, después de la cena incómoda con los abogados, después de que los dos nos quedamos solos en este mismo departamento sin saber qué hacer con las manos.
Santiago me había tocado como si yo fuera a romperme.
Las manos le temblaban. Lo recuerdo perfectamente. Le temblaban cuando me desabrochó el cierre del vestido. Se detuvo dos veces. Me preguntó si estaba bien. Me preguntó si estaba segura. Y cuando por fin pasó, fue... torpe. Cuidadoso hasta el punto de la torpeza. Como alguien que está haciendo algo por primera vez y tiene terror de hacerlo mal.
«Si tuvo novia cuatro años... ¿por qué me tocó como alguien que nunca había tocado a nadie?»
Me giré despacio para mirarlo. En la penumbra, su cara se veía más joven. La línea dura de la mandíbula se relajaba cuando dormía. Las pestañas le hacían sombra en los pómulos.
«¿Quién eres, Santiago Reverte?»
No había respuesta. Solo su brazo apretándome más fuerte, inconsciente, como si hasta dormido tuviera miedo de que me fuera.
...Nina....
Al día siguiente, Santiago se fue antes de que amaneciera. Un vuelo a Guadalajara. Ida y vuelta, me dijo, estaría de regreso en la noche.
Doña Marta tenía el día libre. El departamento estaba vacío.
Me di un baño largo. Agua caliente hasta que el espejo se empañó por completo y ya no podía verme la cara. Salí, me sequé el pelo a medias, y no me vestí. Me envolví en la cobija gruesa del sofá y me tiré en la sala con la laptop.
Tenía que editar material. Habíamos grabado tomas con el dron la semana anterior y el archivo seguía sin revisar. Puse play. El zumbido del motor, las tomas aéreas de la costa, el mar turquesa visto desde arriba.
Estaba en paz. Por primera vez en días, estaba en paz.
TOC. TOC. TOC.
El sonido me atravesó el pecho.
Alguien tocaba la puerta. Fuerte. Insistente. No era el timbre. Eran nudillos contra la madera.
Me senté de golpe. El corazón se me disparó.
TOC. TOC. TOC. TOC.
Más fuerte.
Me levanté, apretando la cobija contra el cuerpo. No traía nada debajo. Caminé hacia la puerta sin hacer ruido, descalza, sintiendo el piso frío en las plantas de los pies.
Me asomé por la mirilla.
K.
El chico del aeropuerto. El de los ojos fijos. El que me había seguido hasta la puerta del edificio. Estaba ahí, parado en el pasillo, con una sudadera gris y las manos apretadas a los costados.
El estómago se me cerró.
¿Cómo sabía dónde vivía? ¿Cómo había subido? ¿Quién lo dejó entrar?
—Nina...
Su voz me llegó amortiguada por la puerta. Suave. Casi dulce. Eso lo hacía peor.
—Nina... solo quiero verte. Solo un momento. ¿Puedes abrir?
Retrocedí. Un paso. Dos. Me tapé la boca con la mano para no hacer ruido. La cobija se me resbaló del hombro y la atrapé antes de que cayera al piso.
TOC. TOC. TOC. TOC. TOC.
Más rápido ahora. Más duro. La puerta vibró.
—Sé que estás ahí. Vi la luz. Nina. Nina, por favor.
No me moví. No respiré. Me quedé parada en medio de la sala con el pelo mojado goteándome en los hombros y la cobija apretada contra el pecho como si fuera una armadura.
La manija se movió. Hacia abajo. Despacio.
Estaba probando si la puerta estaba abierta.
Se me heló la sangre. Sentí el frío subirme desde los pies, por las piernas, hasta el centro del pecho. La cerradura aguantó. Gracias a Dios, la cerradura aguantó.
La manija volvió a su lugar.
Silencio.
Largo. Larguísimo.
Después, pasos. Lentos. Arrastrándose. Alejándose.
Se fue.
Me dejé caer en el sofá. Las manos me temblaban. Las rodillas también. Todo el cuerpo me temblaba, en realidad, como si hiciera frío, pero no hacía frío.
Revisé la cerradura tres veces. Pasé el seguro. Puse la cadena. Volví al sofá y me senté con las rodillas contra el pecho.
Pensé en llamar a Santiago. Busqué el teléfono. Lo tuve en la mano, con su nombre en la pantalla, el dedo sobre el botón verde.
No marqué.
Estaba volando. A diez mil metros de altura, en una cabina, con doscientas personas que dependían de él. No podía llamarlo para decirle que tenía miedo. No podía ponerle eso encima.
Cerré el teléfono. Me acosté en el sofá. Me envolví en la cobija hasta la barbilla y me quedé mirando la puerta.
No pude volver a darle play al video.
...Nina....
Pasaron tres horas. O cuatro. No sé. La luz de la ventana cambió de blanca a naranja y yo seguía en el sofá, en la misma posición, con los ojos secos de tanto mirar la puerta.
Escuché la cerradura.
Me levanté de golpe. La cobija se me cayó del hombro. El corazón me latía en la garganta.
La puerta se abrió.
Santiago.
Entró con la maleta de cabina rodando detrás de él, todavía con el uniforme de piloto, la corbata floja. Se detuvo en seco cuando me vio.
Yo estaba parada en medio de la sala. Descalza. Con una cobija enrollada alrededor del cuerpo, los hombros desnudos, el pelo suelto y medio seco. Agarrando la tela como si alguien fuera a arrancármela.
—¿Qué haces aquí? —dije. La voz me salió demasiado aguda—. Dijiste que volvías en la noche.
Él no respondió de inmediato. Dejó la maleta junto a la puerta. Se quitó la gorra. Y me miró.
Los ojos le bajaron por mi cuello. Por la curva del hombro donde la cobija se había resbalado. Por las piernas desnudas que asomaban abajo.
—Cambiaron el itinerario —dijo, despacio. Su voz tenía esa textura áspera que le salía a veces—. Vuelo más corto.
—Ah. Bueno. Es que... me bañé y... no me vestí porque... hacía calor y...
Estaba balbuceando. Lo sabía. Él también lo sabía.
Santiago dio un paso hacia mí. Después otro. Tenía esa mirada. La de anoche. La que le oscurecía los ojos hasta que parecían negros.
Santiago Reverte era muchas cosas. Callado. Disciplinado. Contenido hasta lo insoportable.
Pero un hombre capaz de controlarse ante cualquier tentación no era una de ellas.
—Santiago...
No terminé la frase. No hacía falta.
...Santi....
Se durmió antes que yo.
Tenía la cabeza en mi pecho y la cobija —esa maldita cobija— enrollada entre los dos. Respiraba tranquila. Pero no se había dormido tranquila.
Cuando abrí la puerta del departamento y la vi de pie en la sala, mi primer pensamiento no fue el obvio. Mi primer pensamiento fue: tiene miedo.
Lo vi en cómo sujetaba la cobija. No con pudor. Con fuerza. Como si fuera lo único que la separaba de algo. Lo vi en sus ojos, demasiado abiertos, demasiado fijos. En cómo dio un paso atrás cuando escuchó la cerradura, antes de ver que era yo.
Nina Salcedo es muchas cosas. Terca. Orgullosa. Capaz de mentir con la sonrisa más convincente del mundo.
Pero mala actriz cuando tiene miedo no es una de ellas.
—¿Pasó algo mientras no estuve?
—No. Nada.
Mentira. Lo supe en el segundo en que lo dijo. En cómo desvió los ojos. En cómo se acomodó un mechón detrás de la oreja, ese gesto que hacía siempre que ocultaba algo.
No insistí. No la presioné. Si ella no quería decirme, tendría sus razones. Todavía no me las había ganado. Todavía no confiaba en mí lo suficiente como para decirme la verdad.
Pero la observé toda la noche.
La manera en que se tensaba cada vez que el aire acondicionado del vecino arrancaba con ese golpe metálico. Cómo giraba la cabeza hacia la entrada cuando cualquier sonido venía del pasillo. Cómo, ya dormida, se aferraba a mi brazo con los dedos cerrados, apretando.
Algo la asustó. Algo pasó mientras yo estaba a diez mil metros de altura, inútil, lejos.
A las dos de la mañana me levanté de la cama. Despacio, para no despertarla. Fui a la sala. Me senté en el sofá.
Desde ahí se veía la puerta de entrada.
Me quedé mirándola.
Si algo venía por ella, iba a tener que pasar por mí primero.
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