Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 19.
Julieta.♥️
Me duele el cuerpo… pero de una manera deliciosa.
Abro los ojos lentamente y lo primero que siento es ese peso cálido en mis piernas: la sábana arrugada, impregnada de su olor, y el recuerdo fresco de lo que vivimos anoche. Cristóbal… tan fogoso, tan insaciable, tan hombre. Su experiencia quedó marcada en cada centímetro de mi piel.
Me muevo apenas y me quejo bajito: los músculos de mis muslos y caderas me arden, como si mi cuerpo se resistiera a olvidar lo que pasó. Sus manos, su boca, su fuerza… Me tapo el rostro con la sábana, riendo sola y avergonzada a la vez.
Pero entonces, como un golpe de realidad, el pensamiento me sacude: Jessica.
¿Cómo voy a verla a los ojos después de esto? ¿Cómo voy a mirarla sin que mi cara me delate?
Suspiro hondo. Con cuidado me incorporo, buscando no despertarlo, aunque mi corazón late desbocado solo de pensar en él. Camino despacio hasta el baño, desnuda, con las piernas un poco flojas. El piso de madera está frío y me obliga a apurar el paso.
Me siento en la taza, orino, cierro los ojos un momento, tratando de ordenar mis pensamientos. Luego me meto a la ducha. El agua tibia cae sobre mi cuerpo, recorriendo mi cuello, mis pechos, mis muslos. Cierro los ojos y vuelvo a verlo: su boca devorándome, su mirada fija en la mía mientras me hacía suya una y otra vez.
—Cristóbal… —susurro su nombre sin darme cuenta.
Termino rápido, porque sé que si me quedo más tiempo aquí, voy a tocarme pensando en él. Y no quiero hacerlo, no cuando lo tengo en la otra habitación.
Tomo una toalla grande, me seco y luego elijo un albornoz de los suyos que cuelga en la puerta. Es enorme, me llega casi hasta los tobillos, y al envolvérmelo me siento como si estuviera dentro de él.
Al salir, lo encuentro ya despierto. Está sentado en el borde de la cama, con el cabello algo despeinado, el torso desnudo y una sonrisa que me derrite. Me mira como si todavía estuviera desnuda.
—Buenos días, preciosa —me dice con esa voz grave que me desarma y me prende en dos por tres.
Me quedo paralizada unos segundos, con el corazón acelerado, hasta que él me tiende la mano. Camino hacia él, despacio, sintiendo que no tengo escapatoria. Cuando llego, me jala suavemente hacia la cama, y obedezco sin resistencia.
Me acomodo a su lado, y él me besa con ternura, muy distinto a la voracidad de anoche. Sus labios rozan los míos, suaves, lentos, casi reverentes.
—Mmm… qué manera más perfecta de despertar —susurra contra mi boca—. ¿Cómo te sientes?
Bajo la mirada, un poco nerviosa, y sonrío con timidez.
—Bien… un poco adolorida, pero bien.
Él ríe bajito, satisfecho, y me acaricia la mejilla.
—Eso me gusta. —Su mirada brilla con orgullo, como si me hubiera marcado—. No sabes lo hermosa que estás así, envuelta en mi albornoz, con esa carita de niña traviesa que me vuelve loco.
Yo sonrío, pero no puedo evitar que mis ojos reflejen la culpa. Él lo nota enseguida.
—Lo estás pensando, ¿verdad? —su voz se vuelve seria, suave, pero firme—. Estás pensando en Jessica.
Asiento en silencio. Él me levanta el mentón con dos dedos para obligarme a mirarlo.
—Escúchame bien, Julieta. Si tú quieres, podemos hablar con ella. Mi hija es adulta, puede entender que su padre y su mejor amiga se han enamorado.
Me quedo sin aire. Trago saliva.
—¿Y si no nos entiende? —pregunto con un hilo de voz—. ¿Y si se enoja?
Cristóbal acaricia mi cuello con calma.
—Entonces lo enfrentaremos juntos. Pero no voy a esconder que te deseo, que te quiero conmigo.
Aprieto los labios. Mi corazón late con fuerza, pero la razón todavía pelea.
—Prefiero que no digamos nada… al menos no ahora —confieso, bajando la voz—. Quiero tantear el terreno, ver cómo se siente Jessica. No quiero perderla… no quiero perder a mi amiga.
Él me observa en silencio, como evaluando mi decisión, y al final asiente con serenidad.
—De acuerdo. Lo mantendremos en secreto, por ahora. Pero quiero que sepas algo.
—¿Qué? —pregunto, nerviosa.
Su sonrisa se ensancha, oscura, provocadora.
—Ahora será mucho más difícil disimular lo que siento por ti. Porque ya te probé… y voy a seguir haciéndolo. —Me besa despacio, pero con la intensidad suficiente para dejarme sin aliento—. No pienso conformarme con menos.
Siento que me derrito bajo sus labios. Lo abrazo fuerte, y por un instante se me olvida todo lo demás.
Él se separa, suspira y se pone de pie.
—Voy a darme una ducha —anuncia, caminando hacia el baño.
Lo observo mientras se aleja, con ese cuerpo fuerte, masculino, que me hace arder solo con verlo. Me quedo en la cama, enredada en sus sábanas, mientras mi mente se divide entre la culpa y el deseo.
Respiro hondo. El agua empieza a correr en el baño y no puedo resistir más. Me levanto, dejo que el albornoz se deslice hasta el piso, y camino desnuda hasta la puerta entreabierta.
Cuando entro, él se gira sorprendido, con el agua cayendo sobre sus hombros, y sonríe con ese gesto pícaro que me derrumba.
—¿Vienes a hacerme compañía? —pregunta, con esa voz grave que me enciende.
Me muerdo el labio, caminando hacia él, sin vergüenza, sin dudas.
—No. —Sonrío, entrando bajo el agua junto a él—. Vengo a seguir pecando contigo.
Y su risa grave llena la ducha justo antes de que me atrape de nuevo contra la pared, como si la noche anterior no hubiera sido suficiente...
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.