Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 1-La primera grieta
Valentina sintió el vértigo antes del destello. Una tarde cualquiera en su departamento de Buenos Aires, con el mate amargo enfriándose sobre la mesa, y de pronto el mundo se partió como un espejo viejo. No fue un ruido. Fue una ausencia de sonido. Como si el universo contuviera la respiración.
Su mano tembló al tocar la manija de la ventana. Afuera, la calle de siempre: el kiosco de Rubén, los plátanos sucios de polvo, un perro durmiendo bajo el sol de febrero. Pero algo no encajaba. El cartel del kiosco decía “Precios 2001” y un colectivo Línea 60 —desaparecido hacía una década— acababa de doblar en Corrientes.
—No puede ser —susurró.
El segundo vértigo la golpeó en el pecho. Esta vez, imágenes que no eran suyas: una mujer joven con uniforme de enfermera en un hospital de los años 80, otra encerrada en una biblioteca rodeada de velas, una niña rubia que corría por un campo de trigo mientras una explosión naranja iluminaba el horizonte. Las tres tenían sus mismos ojos verdes.
—Somos la misma —dijo una voz que salió de sus propios labios pero con otra entonación.
El tiempo se reacomodó con un chasquido húmedo. Valentina apareció de golpe en una cocina desconocida, oliendo a pan recién horneado y a carbón. Sus manos ahora eran más jóvenes, con las uñas mordidas y una pulsera de hilo rojo que recordaba haber perdido a los nueve años.
—¿Abuela? —preguntó una niña asomándose por la puerta.
Esa niña era ella misma. Valentina se miró las manos otra vez. No. Era la abuela. O el cuerpo de su abuela. O algo peor: era una de las mujeres que habitaban su misma línea de tiempo, y acababa de deslizarse hacia atrás, hacia el verano de 1987, cuando su abuela Lucía aún no había contado la historia del vestido blanco.
La niña —Valentina de ocho años, con coletas desparejas— la miró con desconfianza.
—Abuela, ¿por qué llorás?
Se tocó la mejilla. Estaba mojada. No recordaba haber empezado a llorar.
—Vos vas a tener un don —le dijo con la voz de Lucía, sintiendo cómo las palabras no eran suyas pero verdaderas—. No le tengas miedo cuando llegue.
La niña frunció el ceño. Afuera, el campo de trigo de las visiones se mecía bajo un cielo sin nubes. Y en el horizonte, lejos todavía, algo naranja empezaba a crecer.
El tiempo volvió a rasgarse. Valentina despertó en su departamento, con el mate helado y el móvil vibrando sobre la mesa. Eran las 18:47 del mismo día. Pero en su memoria ardía la cocina de 1987, el miedo en la cara de su yo niña, y una certeza helada: no era la única viajera. En aquel mismo instante, en otro punto del pasado o del futuro, otra mujer acababa de cruzar la grieta.
En un hospital abandonado de Madrid, Clara soltó el bisturí oxidado que no recordaba haber tomado. Su uniforme de enfermera olía a naftalina y a algo peor: a sangre seca de los ochenta. Pero el reloj de pared marcaba 2026 y las paredes estaban llenas de moho. No estaba en su época. Y sin embargo, conocía aquel quirófano. Lo había soñado cada noche durante veinte años.
—Hola, hermana —susurró una voz desde la penumbra.
Clara giró. La mujer que la miraba tenía su mismo rostro, pero con diez años más y una cicatriz que cruzaba la ceja. Vestía un traje de vuelo de la Segunda Guerra Mundial.
—Somos muchas —dijo la otra Clara—. Y estamos en guerra.
Desde la entrada del quirófano, una tercera figura aplaudió lentamente. Era Valentina, recién llegada, con el mate derramado aún goteando de su ropa.
—No entiendo nada —dijo Valentina.
Las otras dos sonrieron al unísono.
—Aprenderás —respondieron.