Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 22
Isadora notó que había dejado de medir sus pasos.
No era imprudencia. Era confianza. Esa sensación rara de que no necesitaba anticipar conflictos ni preparar defensas invisibles. La vida seguía, y ella seguía junto con ella, sin perderse en el camino.
Esa noche, el apartamento estaba silencioso de una manera diferente. No era ausencia. Era acogimiento.
Miguel llegó más tarde, como venía sucediendo en los últimos días. Isadora ya estaba en casa, sentada en la alfombra de la sala, organizando algunas carpetas del trabajo. El sonido de la llave girando en la puerta hizo que ella levantara la mirada.
—Hola —dijo.
Miguel se quitó el saco, dejó la carpeta en el aparador y se quedó unos segundos parado, observándola allí, tan a gusto en ese espacio que antes había sido solo funcional.
—Hola —respondió—. Disculpa la hora.
—No hace falta —dijo ella—. Me gusta cuando llegas.
La frase salió simple. Sin peso. Sin intención de reproche.
Miguel lo sintió.
—¿Cómo fue tu día? —preguntó, acercándose.
—Productivo —respondió—. Cansado. Pero bueno.
Él se sentó en el suelo, al lado de ella, apoyando la espalda en el sofá.
—Me quedo pensando —dijo, después de un tiempo— en cómo todo esto comenzó por un acuerdo.
Isadora sonrió.
—Y cómo dejó de ser solo eso.
—Sí.
El silencio se instaló, pero no alejó. Acercó.
Isadora cerró la carpeta y apoyó las manos sobre sus propias rodillas.
—Quiero preguntarte algo —dijo.
—Pregunta.
—¿Aún sientes que necesitas protegerte todo el tiempo?
Miguel pensó por unos segundos antes de responder.
—Menos —dijo—. Contigo, menos.
Ella giró el rostro hacia él.
—No quiero ser un lugar donde te escondes —dijo—. Quiero ser un lugar donde eliges quedarte.
Miguel la miró fijamente, serio.
—Y lo es —respondió—. Justamente por eso me quedo.
Isadora sintió el pecho apretarse de una manera buena.
Ella se acercó un poco más, lo suficiente para que los brazos se tocaran.
—Pasé mucho tiempo creyendo que el amor necesitaba doler —dijo—. Que intensidad era sinónimo de profundidad.
—También creí —respondió Miguel—. Y siempre confundí control con seguridad.
Ella apoyó la cabeza en el hombro de él, un gesto simple que, semanas antes, habría parecido imposible.
Miguel no se movió. Solo se quedó.
—Esto —murmuró Isadora— es nuevo para mí.
—Para mí también.
Se quedaron así por algunos minutos, sin hablar. El sonido distante de la ciudad llegaba amortiguado por la ventana. El tiempo parecía desacelerar.
Miguel giró el rostro, tocando levemente el cabello de ella.
—¿Confías en mí? —preguntó, bajo.
Isadora no respondió de inmediato. Pensó. Sintió.
—Confío —dijo—. No porque prometiste nada. Sino porque me respetaste incluso cuando podrías no haberlo hecho.
Miguel cerró los ojos por un instante.
—Eso es… importante para mí —dijo.
Ella se alejó solo lo suficiente para mirarlo fijamente.
—No quiero prisa —dijo—. Pero tampoco quiero fingir que esto no está sucediendo.
Miguel asintió.
—Ni yo.
El beso vino diferente a los anteriores. No fue contenido. No fue urgente. Fue entero.
Las manos de él tocaron el rostro de ella con cuidado, como si aún estuvieran aprendiendo el mapa uno del otro. Isadora respondió sin miedo, sin aquella vieja sensación de que necesitaba corresponder a algo.
Cuando se alejaron, los dos respiraban hondo, pero no había tensión.
—Quedarme —dijo Miguel, apoyando la frente en la de ella— no es algo que haga fácilmente.
Isadora sonrió.
—Ni yo —respondió—. Pero cuando lo hago, lo hago por entero.
Esa noche, no hubo promesas. No hubo declaraciones grandiosas.
Hubo presencia.
Miguel la llevó hasta el cuarto de ella y se detuvo en la puerta.
—Buenas noches —dijo.
Isadora tomó la mano de él por un instante.
—Buenas noches.
Él se alejó, pero la mirada demoró.
Sola, Isadora se acostó con la sensación de que algo se estaba solidificando. No como algo que aprisiona. Sino como algo que sustenta.
Ella no estaba repitiendo historias.
Estaba escribiendo otra.
Del otro lado del pasillo, Miguel se apoyó en la puerta de su propio cuarto, respirando hondo. No sentía miedo. Ni aquella urgencia antigua de controlar el próximo paso.
Sentía algo nuevo.
Ganas de cuidar sin dominar.
De permanecer sin poseer.
Y eso, para él, era más desafiante —y más verdadero— de lo que cualquier acuerdo ya había sido.
Ellos no tenían prisa.
Porque ninguno de los dos sentía que necesitaba correr para no perder.
Ellos ya se estaban quedando.