Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 21: La Ira Contenida y las Heridas Abiertas
La mañana siguiente amaneció con un cielo claro que contrastaba fuertemente con el torbellino emocional que reinaba en el interior de Elena. Habían pasado la noche trabajando en la oficina, y ahora, poco después del amanecer, Sebastian y Elena salían juntos del edificio. El Aston Martin negro los esperaba en el estacionamiento privado. Sebastian abrió la puerta del copiloto para ella con un gesto sorprendentemente cortés, aunque su expresión seguía siendo seria y controlada.
Mientras conducía hacia la mansión, Sebastian rompió el silencio que había acompañado gran parte de la noche.
—Buenas noticias —dijo con tono neutro, pero con un leve matiz de satisfacción—. Los inversionistas asiáticos aceptaron la propuesta ayer mismo, poco después de la reunión. El contrato ya está en proceso. Gracias a tu presentación, Elena. Fue convincente.
Elena, que aún luchaba contra el cansancio, levantó la mirada con sorpresa. Una sonrisa genuina, la primera en muchos días, iluminó su rostro.
—¿De verdad? Eso es… increíble. Trabajamos muy duro en esos planos. Me alegra que haya servido de algo.
Sebastian detuvo el coche en un semáforo y giró la cabeza hacia ella. Con un movimiento lento y deliberado, levantó su mano y tomó suavemente su mentón con el pulgar, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
—No sabía que tenías un poder de convencimiento tan fuerte —murmuró, con la voz más baja y ronca de lo habitual—. Eso me gusta. Mucho.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Sus ojos verdes, grandes y expresivos, se clavaron en los de él. Las pequeñas pecas que salpicaban su nariz y mejillas parecían brillar bajo la luz del amanecer. Estaba nerviosa, pero no apartó la mirada.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Sebastian —respondió con voz suave, casi un susurro—. Y tú te niegas a saberlas. Prefieres mantener esa distancia fría, como si yo fuera solo parte de un contrato.
Sebastian no respondió inmediatamente. Solo sostuvo su mirada unos segundos más antes de soltar su mentón y continuar conduciendo. El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez era diferente: cargado de una tensión nueva, más íntima y peligrosa.
Elena, exhausta por la noche en vela y por las emociones acumuladas, se recostó contra el asiento y cerró los ojos. Se quedó dormida casi de inmediato, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventanilla. Sebastian la miró de reojo varias veces durante el trayecto. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su respiración era tranquila. Por un momento, su expresión se suavizó, pero rápidamente recuperó su máscara de frialdad.
Cuando llegaron a la mansión, Elena despertó sobresaltada al sentir el coche detenerse.
—Ya estamos aquí —dijo Sebastian—. Ve a cambiarte y desayuna algo. Tienes aspecto de necesitarlo.
Elena asintió y bajó del vehículo. Entró en la mansión con pasos cansados, deseando solo una ducha caliente y ropa limpia. Subió las escaleras hacia su habitación, pero algo llamó su atención: la puerta de la antigua habitación de Martín estaba abierta. Frunció el ceño y se acercó.
Lo que vio dentro la dejó sin aliento.
La habitación había sido completamente remodelada. Los muebles de Martín habían desaparecido. Las paredes ahora tenían un tono claro y moderno, con caballetes, pinturas y materiales de arte dispersos por todas partes. Era evidente que Stephanie la había convertido en su nuevo estudio de pintura. No quedaba ni una sola foto, ni un objeto personal de su hermano. Era como si Martín nunca hubiera existido.
La ira que Elena había estado conteniendo durante días explotó como un volcán.
—¡No! —gritó, entrando en la habitación. Comenzó a romper todo lo que encontraba a su paso: tiró un caballete al suelo, rompió lienzos a medio pintar, lanzó tubos de pintura contra la pared. Lágrimas de rabia corrían por su rostro—. ¡Cómo se atreven! ¡Esto era su habitación! ¡Mi hermano acaba de morir!
En medio de su arrebato, Stephanie entró en la habitación alertada por el ruido. Su expresión pasó de sorpresa a desprecio en cuestión de segundos.
—¿Qué crees que estás haciendo, loca? —exclamó, acercándose y tomándola por los brazos con fuerza—. ¡Suéltalo todo ahora mismo! Esta ya no es la habitación de tu hermano criminal. Es mi estudio. ¡Y tú no tienes derecho a tocar nada!
Elena, fuera de sí, intentó soltarse.
—¡Eres una desalmada! ¡Mi hermano merecía respeto, aunque se equivocara! ¡No tenías derecho!
Stephanie la sacudió con violencia.
—Tu hermano era un violador y un traficante. Merecía lo que le pasó. Y si sigues así, terminarás como él. ¿Entiendes? ¡Mantente en tu lugar, Elena!
En ese momento, Matilda apareció en la puerta. Al ver la escena, se acercó rápidamente y, sin pensarlo dos veces, le dio una fuerte bofetada a Elena.
—¡No toques a mi hija! —gritó Matilda—. ¡Tú y tu familia son la plaga de esta casa! ¡Deberías estar agradecida de que te toleremos!
Elena se llevó la mano a la mejilla enrojecida, con lágrimas de dolor y humillación corriendo por su rostro. Los gritos alertaron a Sebastian, quien subió las escaleras corriendo y entró en la habitación.
—¡Basta! —rugió con voz autoritaria que retumbó en toda la mansión—. ¡Matilda! ¡Stephanie! ¡Fuera de aquí ahora mismo!
Las dos mujeres lo miraron sorprendidas, pero obedecieron a regañadientes. Matilda murmuró algo entre dientes antes de salir. Cuando Sebastian intentó acercarse a Elena para ayudarla, ella retrocedió, llorando desconsoladamente.
—No me toques —susurró con voz rota—. Mi hermano se equivocó mucho, cometió errores terribles… pero ni el ser más miserable del mundo merece esta falta de respeto. Han borrado su existencia como si fuera basura. ¿Esto es lo que querías? ¿Destruirnos por completo?
Sebastian se detuvo, con la mano extendida en el aire. Su expresión era una mezcla de furia hacia Matilda y Stephanie, y algo más profundo al ver el estado de Elena. El dolor en sus ojos verdes lo golpeó con más fuerza de lo que esperaba.
—Elena… —empezó, pero ella negó con la cabeza.
—No. Solo… déjame sola un momento.
Sebastian respetó su espacio, pero no se fue. Se quedó en la puerta, observándola mientras ella intentaba recuperar la compostura entre sollozos. La mansión, una vez símbolo de poder, se había convertido en un campo de batalla donde las heridas emocionales sangraban sin control.
Fuera de la habitación, Matilda y Stephanie murmuraban con resentimiento. El conflicto entre las dos familias —y dentro de la propia relación de Sebastian y Elena— estaba lejos de terminar. Al contrario, parecía que apenas comenzaba a escalar hacia algo mucho más explosivo.
Sebastian, desde la puerta, miró a Elena con una intensidad que ni él mismo comprendía del todo. La línea entre el contrato, el odio y algo mucho más profundo se estaba desdibujando peligrosamente.