Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 22: La carta que llegó en la noche
La mañana siguiente a la boda de Mateo y Rosseta, Lucía despertó con una sensación extraña en el pecho. Algo no estaba bien. Se levantó lentamente, sintiendo el peso de su vientre, y caminó hacia la cocina. Sebastián ya estaba allí, preparando el desayuno, pero su rostro estaba pálido y sus manos temblaban ligeramente.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía, alarmada.
Sebastián no respondió. En su mano sostenía una hoja de papel, arrugada por la presión de sus dedos. Lucía se acercó y tomó la carta. La letra elegante y fría de Victoria Montenegro la golpeó como un puñetazo en el estómago.
"Querido hijo:
Me he enterado de la boda de Mateo. Felicidades a los novios. Sin embargo, debo informarte que he tomado una decisión importante. He contratado a los mejores abogados de la ciudad para iniciar un proceso legal por la custodia de mi nieto. No permitiré que crezca en un entorno rural, lejos de la educación y las oportunidades que merece.
Tienes dos opciones: o regresas a la ciudad con tu esposa y el bebé, y aceptas mi ayuda para criar a mi nieto como se debe; o te enfrentarás a un juicio que probablemente perderás. No tengo intención de hacerles daño, solo quiero lo mejor para mi nieto.
Te espero en la ciudad. No tardes en responder.
Con cariño (aunque sé que no me creerás),
Victoria Montenegro."
Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El miedo, que había estado latente durante meses, ahora explotaba con toda su fuerza.
—No puede hacer esto —susurró, con la voz quebrada—. No puede quitarnos a nuestro hijo.
Sebastián la abrazó con fuerza, pero Lucía sintió que sus brazos también temblaban.
—No lo permitiré —dijo él, con una determinación que no ocultaba su angustia—. Iremos a la ciudad. Hablaremos con mi padre. Él nos ayudará.
—¿Y si no puede? —preguntó Lucía, con lágrimas en los ojos—. ¿Y si tu madre es más poderosa que él?
—No lo sé —admitió Sebastián—. Pero no me rendiré. Lucharé por ti y por nuestro hijo hasta el último aliento.
Don Justo, que había escuchado la conversación desde la puerta, entró en la cocina con el rostro severo.
—He oído suficiente —dijo—. Esa mujer no va a arrebatarle su hijo a mi hija. Vamos a luchar. Todos juntos.
Mateo y Rosseta, que también se habían enterado, llegaron corriendo a la casa.
—Hermano, no estás solo —dijo Mateo, poniendo una mano en el hombro de Sebastián—. Te apoyaremos en todo lo que necesites.
—Victoria no puede hacer esto —dijo Rosseta, con voz firme—. Yo conozco a sus abogados. Son buenos, pero no invencibles. Podemos contratar a alguien mejor.
—¿Con qué dinero? —preguntó Sebastián, con amargura—. No tengo nada.
—Tienes a tu familia —respondió don Justo—. Y tienes mi apoyo. He ahorrado algo durante todos estos años. No es una fortuna, pero puede ayudarnos a contratar un abogado decente.
Sebastián sintió que las lágrimas le brotaban. Nunca había tenido una familia así, dispuesta a sacrificarlo todo por él.
—Gracias —dijo, con voz emocionada—. No sé qué he hecho para merecerlos.
—Has amado a mi hija —respondió don Justo—. Y eso es suficiente.
Decidieron que Sebastián y Lucía viajarían a la ciudad para hablar con don Rodrigo y buscar un abogado. Mateo y Rosseta se quedarían en el campo para cuidar de don Justo y de la casa.
El viaje fue tenso y silencioso. Lucía no podía dejar de pensar en la posibilidad de perder a su hijo. Sebastián, por su parte, repasaba mentalmente todas las opciones, buscando una salida.
Cuando llegaron a la mansión Montenegro, don Rodrigo los recibió con los brazos abiertos.
—Ya sé lo de Victoria —dijo, con una expresión grave—. He hablado con ella, pero no hay manera de hacerla entrar en razón. Está obsesionada con la idea de controlar la vida de su nieto.
—¿Qué vamos a hacer, papá? —preguntó Sebastián, con desesperación.
—He contactado a un abogado —respondió don Rodrigo—. Es el mejor de la ciudad, y es amigo mío. Me ha asegurado que Victoria no tiene fundamentos legales para pedir la custodia. El niño tiene padres vivos y capaces, y vive en un entorno seguro. Pero el proceso puede ser largo y costoso.
—No importa el costo —dijo Sebastián—. Haré lo que sea necesario.
Don Rodrigo asintió y los llevó al estudio, donde los esperaba el abogado. Era un hombre mayor, de aspecto serio y mirada inteligente.
—Señor Sebastián, señora Lucía —dijo, estrechando sus manos—. He revisado el caso. La señora Montenegro está usando su poder económico para intimidarlos, pero la ley está de su lado. No pueden quitarle un hijo a sus padres sin una razón válida. Y el hecho de que vivan en el campo no es una razón válida.
—¿Entonces podemos ganar? —preguntó Lucía, con esperanza.
—Podemos ganar —respondió el abogado—. Pero tendremos que estar preparados para un juicio largo. Y tendremos que demostrar que ustedes son padres responsables y amorosos.
—Lo somos —dijo Sebastián, con firmeza—. Lo demostraremos.
El abogado sonrió.
—Entonces empecemos.
Pero esa noche, mientras Lucía y Sebastián se preparaban para regresar al campo, Victoria apareció en la mansión. Su rostro estaba pálido de ira.
—¿Creen que pueden vencerme? —dijo, con voz fría—. Tengo más recursos de los que imaginan. Este juicio los va a destruir.
—No nos destruirá —respondió Lucía, con una valentía que sorprendió a todos—. Porque tenemos algo que tú nunca tuviste: amor.
Victoria dio un paso atrás, como si esas palabras la hubieran golpeado físicamente.
—El amor no gana juicios —dijo, pero su voz ya no era tan firme.
—Tal vez no —respondió Sebastián—. Pero nos da la fuerza para luchar. Y vamos a luchar hasta el final.
Victoria los miró con odio, pero no dijo nada más. Se dio media vuelta y se fue, dejando tras de sí un silencio cargado de tensión.
—No se rindan —dijo don Rodrigo, abrazando a su hijo—. Victoria puede tener dinero, pero ustedes tienen la verdad. Y la verdad siempre gana.
De regreso al campo, Lucía y Sebastián se sintieron más unidos que nunca. Sabían que la batalla sería dura, pero también sabían que no estaban solos.
—Vamos a ganar —dijo Lucía, mientras el coche se alejaba de la ciudad.
—Vamos a ganar —repitió Sebastián, tomando su mano—. Por nuestro hijo.
Y en el campo, don Justo, Mateo y Rosseta los esperaban con los brazos abiertos, listos para enfrentar juntos lo que viniera.
La familia estaba unida. Y el amor era su mayor fortaleza.