Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 22
El trayecto en la camioneta blindada hacia las afueras de la ciudad fue un calvario de silencio. Fuera, la madrugada avanzaba gris y fría; dentro, la tensión entre Ethan y Julia seguía siendo un cable de alta tensión a punto de romperse. Mia, profundamente dormida en su asiento de seguridad, era el único motivo por el cual ninguno de los dos había vuelto a estallar.
Cuando el vehículo cruzó las enormes rejas de hierro de una imponente propiedad de estilo clásico y máxima seguridad, Ethan rompió el silencio. Su voz había recuperado esa elocuencia implacable, calculadora y gélida con la que solía devorarse a sus competidores en Wall Street.
—No te estoy pidiendo que me entregues tu vida por romanticismo, Julia —dijo Ethan, sin mirarla, con la vista fija en el camino—. Te lo estoy pidiendo como el negocio más importante de nuestras vidas. La mafia no entiende de moral, entiende de vacíos legales. Si mañana se presentan con un juez comprado, no podré detenerlos solo con guardias armados. Necesito un documento civil que diga que eres mi esposa y que Mia es nuestra hija legítima. Un matrimonio consolidado destruye cualquier intento de impugnación de paternidad antes de que empiece.
Julia se frotó las sienes, sintiendo el cansancio acumulado en los huesos. La adrenalina del tiroteo se había evaporado, dejando espacio para la sensatez. Miró de reojo el perfil aristocrático y duro de Ethan, y exhaló un suspiro largo.
—Perdón —susurró Julia, tragándose el orgullo—. Perdón por cómo reaccioné en el pasillo. Sé que nos salvaste la vida y que actúas bajo presión, pero... no puedo pensar solo en mí ahora, Ethan. Tienes que entender mi posición.
Ethan giró la cabeza lentamente, sorprendido por el cambio de tono.
—¿A qué te refieres?
—Tengo tres hermanos mayores —le dijo ella, con una mueca de genuino pánico en el rostro—. Para ellos, yo sigo siendo la pequeña de la familia, la niña que tienen que proteger de todo. Una boda apresurada, de la noche a la mañana, con un multimillonario al que ni siquiera les he presentado... ¿Qué demonios van a decir? Van a pensar que me estás obligando, o peor, que me metí en un lío turbio. Van a querer matarte, Ethan. Mis hermanos se van a aparecer en tu oficina a destrozarte la cara antes de que podamos explicarles nada. Mi familia me va a matar a mí del susto.
Ethan no parpadeó. Sustrajo una tableta electrónica y un documento impreso de su portafolio de piel, deslizándolos sobre el asiento hacia ella.
—Tus hermanos no tendrán motivos para pelear cuando vean que estás perfectamente protegida. Mis abogados de confianza redactaron esto a toda prisa mientras veníamos hacia acá —explicó él, adoptando su faceta más fría de CEO—. Es un contrato prenupcial de máxima cobertura. Especifica que será un matrimonio falso, de conveniencia estricta, con una duración fija de un año. Durante ese tiempo, tendrás protección total de mi equipo de seguridad las veinticuatro horas. Se abrirá una cuenta bancaria impenetrable a tu nombre con una asignación mensual que resolvería la vida de tus hermanos y la tuya por completo. Y lo más importante: Mia estará legalmente blindada. Cumplido el año, nos divorciaremos bajo términos de mutuo acuerdo y mantendrás una pensión vitalicia. Es un trato limpio.
Julia tomó los papeles entre sus manos temblorosas. Al leer las cláusulas redactadas con esa terminología legal tan fría, sintió un aguijonazo doloroso en el pecho. Le dolió profundamente la frialdad del trato. Después de la intimidad que habían compartido la noche anterior en la cocina, de las miradas, del calor de sus manos entrelazadas y de ese beso desesperado antes del tiroteo, ver que él reducía todo a un frío acuerdo comercial con fecha de caducidad la hacía sentir utilizada.
Sin embargo, Julia bajó la mirada hacia el moisés donde Mia dormía plácidamente. Vio las facciones inocentes de la bebé y comprendió, con una dolorosa claridad, que no había otra opción. El peligro real estaba afuera y la ley era su única salvación.
Dejó los papeles sobre sus piernas y clavó sus ojos oscuros en los de Ethan con una fijeza inquebrantable. La niñera asustada había desaparecido; en su lugar, la mujer fuerte y decidida tomaba el control.
—Acepto el trato, señor Vance —sentenció Julia, y ver que volvía a usar el apellido formal hizo que a Ethan se le tensara un músculo de la mandíbula—. Pero voy a imponer mis propias condiciones, y más te vale que tus abogados las agreguen ahora mismo.
—Te escucho —dijo Ethan, entrecerrando los ojos.
—No voy a ser un adorno en tu casa ni un peón que escondas en un sótano mientras juegas al héroe —le espetó Julia, apuntándolo con el dedo—. Si firmo esto, seré tu esposa ante el mundo y tu mano derecha aquí adentro. No me vas a dejar atrás. Pase lo que pase con la investigación del *Black Falcon* o con los Novak, tengo que saberlo todo. No me puedes esconder nada, ni una sola pista, ni una sola amenaza. Si vamos a entrar al infierno, entramos juntos y bajo mis términos de respeto y libertad absoluta. ¿Tenemos un trato o no?
Ethan la observó en silencio por unos segundos. La valentía salvaje de Julia, esa negativa rotunda a dejarse pisotear por sus millones, volvió a encender en su pecho una mezcla incontrolable de admiración y deseo.
—Tenemos un trato —respondió Ethan con voz ronca—. Nadie te va a dejar atrás, Julia.
...
La camioneta se detuvo frente a la escalinata de la majestuosa mansión de Elena Vance, la madre de Ethan. Al bajarse, Marcus y sus hombres se desplegaron de inmediato por el jardín, estableciendo el nuevo perímetro de seguridad.
La puerta principal se abrió y una mujer de elegancia madura, cabello oscuro recogido con distinción y una mirada tan penetrante como la de su hijo, salió a recibirlos. Elena Vance no era una mujer fácil de impresionar, pero cuando vio a Ethan bajarse del auto sosteniendo un moisés de bebé, se llevó una mano a la boca, perdiendo la postura por completo.
—¡Ethan Gabriel Vance! —exclamó la madre, bajando los escalones a toda prisa—. ¿Qué significa esto? ¿Qué es este despliegue militar en mi casa a estas horas de la madrugada?
Ethan no titubeó. Caminó hacia ella y dejó el moisés sobre la mesa de la entrada principal, permitiendo que la luz del porche iluminara el rostro de la pequeña Mia, que acababa de abrir sus enormes ojos oscuros.
Elena se inclinó sobre la bebé. Se quedó sin aliento al examinar las facciones de la niña: el arco de las cejas, la forma de la frente, la barbilla decidida...
—Dios mío... —susurró la madre, con los ojos llenos de una mezcla de asombro y reproche, mirando a su hijo—. Es igual a ti... Es una copia exacta tuya, pero en versión mujer. Ethan, por todos los cielos, ¿cómo te atreviste a ocultarme esto? ¡Tengo una nieta y me entero porque traes a un ejército a mi jardín! ¿Quién es la madre? ¿Qué desastre cometiste en tu agenda de sociedad?
Ethan carraspeó, sintiéndose extrañamente incómodo bajo el regaño de su madre. Dio un paso hacia un lado y tomó a Julia de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que pretendía dar una imagen de absoluta solidez, aunque el contacto envió una descarga eléctrica directo a su sistema.
—Madre, ella es Julia —la presentó Ethan, manteniendo la voz firme y la barbilla en alto—. Y no hay ningún desastre que ocultar. De hecho, venimos a decirte algo importante.
Elena Vance alzó una ceja, evaluando a Julia de arriba abajo. Notó la ropa cómoda, el cansancio en sus ojos y la dignidad con la que sostenía la mirada a pesar del imponente entorno.
—Mucho gusto, Julia. Aunque sigo sin entender la urgencia de esta visita —dijo la madre, cruzándose de brazos.
Ethan miró a Julia de reojo, apretando suavemente su mano para indicarle que el teatro público acababa de comenzar, y luego soltó la bomba sin anestesia, directo al rostro de su madre.
—Nos vamos a casar, mamá. La boda civil será esta misma semana.
Elena Vance se quedó completamente estupefacta, con la boca abierta y las palabras congeladas en la garganta, mirando la mano de su hijo aferrada a la de la misteriosa chica en medio de la madrugada. El juego del matrimonio por contrato acababa de iniciar su primera y más peligrosa función familiar.