Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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Los Celos
Abrieron la librería al día siguiente a las 8 am. O más bien, Elena abrió y Lorenzo se sentó en el sillón de cuero con su laptop de 3 mil dólares haciendo cosas de mafioso que Elena no quería saber, pero que incluían mucho "si no paga, le rompes la pierna, pero no la rodilla, la rodilla es para los que mienten" dicho en ruso bajito mientras tomaba café de la máquina nueva.
A las 10 am entró el primer cliente. No era un cliente. Era un repartidor de flores con 3 ramos más.
"¿Elena Moretti Volkov?", preguntó.
"Soy yo", dijo Elena, ya acostumbrada a que su nombre ahora tuviera dos apellidos y pesara más.
"De parte del señor Volkov."
Elena miró a Lorenzo, que no levantó la vista de su laptop.
"Lorenzo, ¿otra vez flores?"
"¿Otra vez? Yo solo mandé las de ayer", dijo sin mirarla, pero con una sonrisa escondida.
Elena abrió la tarjeta. No era de Lorenzo. Decía: "Bienvenida de vuelta, Elena. Me alegro que tu marido tenga buen gusto por fin. - Irina".
Elena se quedó helada. Flores de Irina Volkov. Eso era como recibir flores de una serpiente con diamantes.
"¿Tu madre me mandó flores?", preguntó.
Lorenzo por fin levantó la vista. Vio los ramos. Vio la tarjeta. Se tensó.
"¿Qué dice?"
Elena se la pasó. Él la leyó y la tiró a la basura sin tocar las flores.
"Tíralas."
"¿Qué? No, son bonitas y..."
"Tíralas. Mi madre no manda flores. Manda mensajes. Y su mensaje es 'te estoy vigilando'. No quiero sus flores en tu tienda."
Elena, testaruda, puso un ramo en el mostrador.
"Es mi tienda y si quiero flores de tu madre, tengo flores de tu madre. Regla número... ¿qué regla vamos? ¿Siete? Mi tienda, mis flores."
Lorenzo la miró, entre enojado y divertido.
"Regla número siete: no aceptas regalos de Volkovs sin preguntarme. Mi madre te puede regalar un anillo envenenado y sonreír mientras te lo pones."
"¿Tu madre mata gente con anillos envenenados?"
"No. Ella usa veneno en el vino. Lo del anillo lo hace mi tía."
Elena se rio y dejó las flores ahí. Lorenzo no dijo nada más, pero mandó un mensaje en ruso que hizo que 2 minutos después entrara Viktor y se llevara discretamente los otros dos ramos a la basura de atrás.
A las 11:30 entró Kevin.
Kevin, su ex. Alto, flaco, con gorra, con esa sonrisa que antes le parecía linda y ahora le parecía de niño que no ha crecido. Con un libro para devolver que había pedido prestado hace 2 años y nunca devolvió.
"Hola, El", dijo como si nada.
Elena se quedó fría.
Sara, que había vuelto para ayudar, miró a Lorenzo, miró a Kevin y se puso pálida. Conocía a Kevin. Y conocía esa cara de Lorenzo cuando alguien tocaba lo suyo.
"¿Qué haces aquí, Kevin?", preguntó Elena, seca.
"Vi en Insta que te casaste. Wow, El, te ves... diferente. Más... cara. Vine a devolverte esto y a... no sé, a felicitarte. ¿Es verdad que te casaste con un mafioso? Sara me dijo que..."
"No soy 'El'. Soy Elena. Y sí, me casé. Y no, no es tu asunto. Deja el libro y vete, por favor."
Kevin dejó el libro pero no se fue. Se apoyó en el mostrador, mirando el collar de diamantes.
"¿Así que ahora eres rica? ¿Y por eso no contestas mis mensajes? Te escribí hace un mes para..."
"¿Para qué? ¿Para pedirme 200 dólares otra vez?"
Lorenzo se levantó del sillón. Lentamente. Cerró la laptop. Se puso de pie. Con su 1.92, con su traje negro aunque eran las 11 am, con su cara de pocos amigos.
Caminó hasta el mostrador y se puso detrás de Elena, con una mano en su cintura. Posesivo. Marcando territorio.
"Hola", dijo, con una sonrisa que no era sonrisa. "Soy Lorenzo Volkov. El esposo. El mafioso. ¿Tú eres...?"
"Kevin. El ex. Bueno, no ex, casi algo. Salimos 8 meses."
"8 meses, 2 semanas y 4 días", dijo Lorenzo, sin dejar de sonreír. "Y le pediste 200 dólares 3 veces, le rompiste el corazón el día del aniversario de su madre muerta porque tenías un partido, y nunca le devolviste El Alquimista que ahora estás devolviendo con la portada rota. ¿Ese Kevin?"
Kevin se puso blanco.
"¿Cómo sabes...?"
"Sé todo de mi esposa. Incluso cuántos idiotas tuvo que besar antes de besar a un hombre de verdad. Ahora, Kevin, vas a hacer algo por mí. Vas a salir de la tienda de mi esposa, vas a borrar su número, vas a bloquearla de todo, y vas a agradecer que hoy estoy de buen humor porque mi esposa me dio un beso esta mañana y no quiero ensuciarme las manos con sangre de estúpido en su tienda nueva. ¿Entendido?"
Kevin miró a Elena, buscando ayuda. Elena no dijo nada. Por primera vez en su vida, no defendió a Kevin.
"Vete, Kevin", dijo.
Kevin se fue casi corriendo, dejando el libro.
La puerta se cerró. La campanita sonó.
Silencio.
Sara dijo "¡A LA VERGA, QUÉ HOT!" y se fue a la trastienda para dejarlos solos.
Elena se giró hacia Lorenzo, furiosa y... excitada, aunque no quería admitirlo.
"¡No puedes hacer eso! ¡No puedes amenazar a la gente en mi tienda!"
"No lo amenacé. Le di un consejo de vida muy sabio. Gratis. Soy generoso."
"¡Le dijiste que le ibas a ensuciar las manos de sangre!"
"Dije que no quería ensuciarme. Es distinto. Es autocuidado."
"¡Lorenzo!"
"Elena", dijo él, tomándola por la cintura y levantándola para sentarla sobre el mostrador, quedando él entre sus piernas, a su altura. "Regla número ocho. Nadie que te hizo llorar entra a esta tienda. Nadie que te pidió dinero y no te devolvió un libro entra a esta tienda. Y ningún ex novio que te dejó el día del aniversario de tu madre muerta respira el mismo aire que tú sin mi permiso. ¿Entendido?"
"¿Y si no quiero entender?"
"Entonces tengo que besarte hasta que entiendas. Es la única forma que tengo de hacerte entender cuando te pones terca."
"¿Y eso funciona?"
"Vamos a probar."
Y la besó.
No fue un beso de mejilla como el de ella esa mañana. Fue el primer beso de verdad. Un beso hambriento, de 8 capítulos guardado, de hombre que ha esperado demasiado. Con una mano en su nuca, la otra en su cintura, pegándola a él, con el sabor a café y a él.
Elena se quedó quieta un segundo, sorprendida. Luego le devolvió el beso. Con rabia, con alivio, con todo lo que había guardado desde el día del contrato.
Se besaron en medio de la librería Moretti & Volkov, entre estanterías de roble nuevas, con el collar de diamantes brillando y con Sara grabando desde la trastienda con el teléfono en modo silencio.
Cuando se separaron, los dos respiraban agitado.
"¿Entendiste?", preguntó Lorenzo, con la frente contra la de ella.
"No", susurró Elena, con los labios hinchados. "Tienes que explicarme otra vez."
"Con gusto, esposa. Tengo todo el día para explicarte la regla número ocho."
Y la volvió a besar, esta vez más lento, más posesivo, como si quisiera que cada libro de esa librería supiera que su dueña ya no era solo Moretti. Ahora era Volkov. Y era suya.