Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 10
El regreso a la ciudad fue un contraste violento entre la paz del viñedo y el rugido de la selva de cristal que era la sede de Alarcón & Co. Laura se miró en el espejo del ascensor de la torre, el mismo donde días atrás se sentía como un elefante en una cristalería. Hoy, sin embargo, algo había cambiado. Llevaba un traje de chaqueta azul cobalto que abrazaba sus curvas con una autoridad que no conocía, y en su bolso, la carpeta de Don Tacho pesaba más que su propia inseguridad.
Marco estaba a su lado, impecable en un traje gris oscuro que gritaba dueño del mundo. Pero bajo la tela costosa, Laura sabía que latía el corazón de un hombre que había dormido en una cama de los años cincuenta y que la había besado como si ella fuera el aire que le faltaba.
—¿Lista para el asalto al fuerte, Durán?
murmuró Marco, inclinándose lo justo para que su aliento rozara la oreja de Laura.
—Tienes esa mirada de voy a destruir a alguien, y debo decir que es increíblemente sexy.
—Tengo esa mirada porque no he desayunado más que un café aguado y mi faja ha decidido iniciar una huelga de hambre por su cuenta
replicó ella con un susurro mordaz.
— Pero sí, estoy lista para que Montes se trague sus palabras. Y sus acciones. Y posiblemente su corbata de seda.
Las puertas se abrieron en el piso 40. El ambiente se podía cortar con un bisturí. Montes estaba sentado en la sala de juntas principal, rodeado de tres abogados que parecían tiburones con maletines de piel de cocodrilo. Cuando vio entrar a Marco y a Laura, soltó una risa seca que no llegó a sus ojos de serpiente.
—Vaya, los exploradores han vuelto de su excursión por el barro
dijo Montes, consultando su reloj de oro
— Marco, los inversores están pidiendo sangre. El error en los títulos de propiedad de La Herencia ha congelado las cuentas del proyecto. Firma aquí la ratificación de la cesión de derechos a mi familia y podremos seguir adelante antes de que la bolsa abra.
Marco no se sentó. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, proyectando una calma que Laura sabía que era el preludio de una tormenta.
—Sabes, Montes, siempre pensé que eras un tipo ambicioso, pero no sabía que eras un nostálgico del crimen organizado de los noventa
dijo Marco con voz aterciopelada.
—Hemos estado en el pueblo. Hemos hablado con Don Tacho. ¿Te suena el nombre?
Montes palideció un milímetro, pero recuperó la compostura rápidamente.
—¿Un viejo cartero borracho, Esa es tu fuente, Marco? Por favor, seamos profesionales. Ese viñedo es de mi familia por ley.
—En realidad
intervino Laura, dando un paso al frente y dejando caer la carpeta sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar los vasos de agua.
—ese viñedo es mío. Por ley, por sangre y por justicia.
Los abogados de Montes se miraron entre sí. El inversor soltó una carcajada estridente.
—¿Tuyo, La asistente junior, Qué pasa, Marco, le has dado un título de propiedad como regalo de despedida después de su fin de semana romántico? No me hagas reír, Durán. Eres una empleada con sobrepeso y sueños de grandeza. Vuelve a tu cubículo a diseñar servilletas.
Laura sintió el aguijón del insulto, pero esta vez no hubo ganas de llorar. Hubo ganas de pelea.
—Mi nombre es Laura Durán
dijo ella, apoyando las manos en la mesa y mirando a Montes directamente a los ojos
— Mi madre era Ligia Durán. La mujer a la que tu padre y el de Marco chantajearon la noche en que yo nací. Aquí tengo los registros originales de la propiedad, la carta de renuncia firmada bajo coacción que nunca fue ratificada por un notario legítimo, y el testimonio jurado de los testigos de la época. Si quieres ir a juicio, iremos. Pero mientras tanto, como propietaria legítima de La Herencia, revoco cualquier permiso de construcción y exijo una auditoría forense de los fondos que tu familia ha desviado de Alarcón & Co. en los últimos diez años.
El silencio en la sala fue absoluto. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado. Marco reprimió una sonrisa de orgullo absoluto. Su asistente acababa de decapitar a un gigante con la precisión de un cirujano.
—Esto es ridículo
balbuceó Montes, mirando a sus abogados, que ya estaban revisando los papeles de la carpeta con caras de funeral
— ¡Marco, haz algo! Tu empresa también se hundirá si esto sale a la luz.
—Mi empresa sobrevivirá, Montes. Lo que no sobrevivirá es nuestra sociedad
sentenció Marco.
—Estás fuera. Y si intentas tocar un solo pelo de Laura o difamar su nombre, me encargaré personalmente de que no encuentres trabajo ni gestionando un puesto de limonada en el desierto.
Montes se levantó, rojo de furia, y señaló a Laura con un dedo tembloroso.
—¡Disfruta tus quince minutos de gloria, gorda! No eres más que un error en el sistema.
—Un error que acaba de costarte un imperio
respondió Laura con una sonrisa gélida.
—Seguridad lo acompañará a la salida. Y por favor, llévese sus abogados, huelen a desesperación.
Cuando la sala quedó vacía, Laura se dejó caer en una de las sillas de cuero, sintiendo que le temblaban las piernas. La adrenalina estaba bajando y el cansancio la golpeaba como una ola.
—Eso... fue... increíble
dijo Marco, acercándose a ella y poniéndole las manos en los hombros
—Has estado magnífica, Laura. Ni en mis mejores sueños imaginé que alguien le cerraría la boca a Montes de esa manera.
—Creo que voy a desmayarme
admitió ella, cerrando los ojos.
—O a vomitar. O ambas cosas. Marco, tengo un hambre que no es normal. Siento que podría comerme un buey entero y pedir postre.
Marco se rió, rodeándola con sus brazos.
—Te llevaré a comer lo que quieras. Te lo has ganado. Has recuperado tu legado, has salvado la integridad de la empresa y has hecho que me sienta como el hombre más afortunado del mundo por tenerte a mi lado.
Salieron del lugar con la mente clara de lo que harían de ahora en adelante y era por ellos.