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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
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MIL ALMAS EN UN SOLO CORAZÓN CAPÍTULO 2
El eco metálico, grave y profundo de las grandes puertas de bronce forjado cerrándose a sus espaldas marcó con un golpe seco y resonante el instante exacto en que su vida anterior quedó sepultada para siempre. El sonido viajó por los corredores abovedados, rebotó en las altas cúpulas y volvió a ella multiplicado, como si el propio palacio le susurrara al oído: ya no hay regreso. Aquí dentro, o aprendes las reglas antes de que te las enseñen con dolor, o desapareces sin que nadie recuerde que exististe.
Elif respiró hondo, muy lento, llenando los pulmones de aire que olía a incienso, sándalo, agua de rosas y polvo de siglos. Acomodó con dedos que fingían temblar sin control el dobladillo áspero de su vestido de lana gris y clavó la mirada con devoción absoluta en las vetas grises y doradas del suelo de mármol pulido. Por fuera, para cualquiera que la mirara, no era más que una muchacha de pueblo arrebatada de su hogar: pálida como cera virgen, cabello largo, suelto y abundante, blanco como nieve recién caída en la cima de la montaña más alta, con puntas naturales que brillaban bañadas en un dorado suave y cálido, como si el sol mismo hubiera descendido un instante para dejar allí un pedacito de su propia luz. Tenía los ojos grandes, almendrados, de un morado tan profundo, intenso y oscuro que parecía sacado de las telas más caras y prohibidas del imperio, cruzados por finas vetas negras que corrían por el iris dándoles una antigüedad y una sabiduría que en absoluto pertenecían a una niña de solo dieciséis años criada entre gallinas y sembradíos. Y en su rostro, había dibujada con maestría absoluta una expresión de susto manso, candoroso, casi idiota, que gritaba al mundo entero: no entiendo nada. No sé dónde estoy. Por favor no me hagan daño. Soy buena, soy inofensiva, soy absolutamente nada.
Pero por dentro, muy por debajo de la piel, la carne y los huesos, donde solo ella podía llegar, su mente funcionaba con la precisión fría, matemática e inquebrantable de los mejores relojes de sol y de agua que ella misma había diseñado, tallado y construido hacía siglos, en otra vida, en otro cuerpo, en otro tiempo que nadie más recordaba. Contaba cada paso que daban los guardias a ambos lados del pasillo, medía mentalmente la altura exacta de cada muro, el grosor de cada piedra, el peso y resistencia de las vigas de madera de cedro que cruzaban lo alto sosteniendo techos inmensos, calculaba ángulos, distancias, salidas, puntos ciegos. Memorizaba cada desvío, cada puerta secundaria, cada rendija por donde se filtraba una corriente de aire fresco que delataba sin lugar a dudas la existencia de pasadizos secretos, túneles y cámaras ocultas detrás de los gruesos tapices de seda bordada que colgaban por todas partes. Era la ingeniera, la estratega, la maestra espadachín, la médica que salvó más de mil vidas, la corredora que cruzó desiertos y montañas, la dama que sobrevivió cincuenta años en la corte más peligrosa que jamás hubo, la superviviente que había muerto mil veces de mil maneras distintas y volvía a nacer una y otra vez sin descanso… y nadie, absolutamente nadie en todo aquel imperio de millones de almas, podía llegar a sospecharlo siquiera.
Había tomado su decisión en el mismo instante en que la agarraron de los brazos frente a la puerta de su casita de barro: esta vez, su mejor arma no sería el acero afilado, ni la sabiduría deslumbrante que siempre la terminó delatando y matando, ni la fuerza bruta que aprendió sobre el ring o en los campos de batalla. Esta vez, su supervivencia dependería de una sola cosa: la invisibilidad absoluta, disfrazada de inocencia, de timidez enfermiza, de torpeza crónica y de una aparente falta total de inteligencia, tan bien actuada que con el tiempo terminaría por parecerle incluso real a ella misma. Nadie le teme a quien juzga tonto. Nadie vigila de cerca a quien considera inofensivo. Nadie pierde el tiempo planeando la muerte de quien cree vacía por dentro.
—¡TODAS EN FILA PERFECTA, ESPALDAS ERGUIDAS PERO MIRADAS CLAVADAS AL SUELO, Y NI UNA SOLA PALABRA, NI UN SOLO SUSURRO, NI UN SOLO GOLPE DE TOS FUERA DE LUGAR! ¡QUIEN HABLE, SE LLEVA EL LATIGO EN LA ESPALDA ANTES DE QUE EL SOL TOQUE LA CÚSPIDE DEL PRIMER MINARETE!
La voz ronca, cortante, áspera y autoritaria de la Kahya Kadın hizo saltar en el sitio y temblar de pies a cabeza a casi las veinte jóvenes que caminaban amontonadas delante y detrás de ella. Era la mujer mayor, de más de sesenta años, encargada desde hacía nada menos que cuatro décadas del orden, la disciplina, la educación, la limpieza y la clasificación de absolutamente todas las nuevas llegadas al harén imperial. Vestía una túnica larga de azul oscuro profundo bordada en hilos finos de plata, caminaba derecha, tiesa e inmóvil como una columna de mármol tallada a mano, y tenía unos ojos pequeños, hundidos y afilados como agujas de acero, capaces de ver el pliegue de tela peor puesto o el movimiento de dedo más mínimo a veinte pasos de distancia, incluso de espaldas. Recorrió la fila entera muy despacio, paso a paso, juzgando con la mirada fría cada rostro, cada estatura, cada curva, cada gesto, cada respiración. Hasta que, sin aviso previo, se detuvo en seco justo frente a Elif.
Un silencio pesado, denso y frío cayó de golpe sobre todo aquel tramo del pasillo. Las demás contuvieron el aliento. La Kahya Kadın levantó la barbilla de la muchacha con un solo dedo largo, huesudo y amarillento por la edad, y la recorrió con la mirada de la punta de los pies hasta el último cabello, frunciendo el ceño cada segundo que pasaba, como si estuviera mirando algo que no debería existir en la naturaleza. En sus cuarenta años de servicio había visto bellezas llegadas de cada rincón conocido y desconocido del mundo: cabellos rubios brillantes como el trigo maduro bajo el sol, negros profundos como la noche sin luna, castaños rojizos como la tierra caliente, cobrizos, dorados, de todos los tonos posibles. Pero nunca, jamás en toda su vida, había visto cabello blanco puro, blanco como la nieve virgen e intacta, con puntas que cambiaban de tono y brillaban doradas intensas bajo la luz de las antorchas y los tragaluces, como si el astro rey hubiera bajado personalmente para depositar allí un pedazo pequeño de su propio resplandor eterno. Y aquellos ojos… grandes, almendrados, de un morado tan hondo, rico y misterioso que parecía teñido con la sangre de mil púrpuras antiguas, cruzados por finas líneas negras que corrían por dentro del iris dándoles una profundidad, una calma y una antigüedad que de ninguna manera podían pertenecer a una chica de dieciséis años sacada de un pueblo perdido entre montañas.
—Jamás, en cuatro décadas largas de entrar y salir por estas puertas, he visto algo remotamente parecido —murmuró muy bajito, más para sí misma que para el resto, con la voz llena de desconfianza y curiosidad a la vez—. O eres una bendición directa enviada por los cielos para iluminar este lugar… o eres la señal más clara de mal agüero que jamás haya cruzado estos umbrales.
Elif reaccionó en una fracción de segundo. Bajó la mirada de inmediato con tanta fuerza que casi se golpea la barbilla contra el pecho, se sonrojó hasta la mismísima raíz del cabello blanco, juntó las manos delante de su vientre con una torpeza absoluta, moviendo los dedos sin saber dónde ponerlos, y musitó una voz tan bajita, tan fina y tan temblorosa que casi ni el aire se movió al salir de sus labios:
—P‑Perdóneme, mi señora… perdóneme de verdad… nací así… la verdad… es que soy muy lenta para todo… muy despistada… no entiendo casi nada de lo que pasa a mi alrededor… dicen en mi pueblo que Dios me dio la cara prestada un ratito… pero se le olvidó por completo dejarme dentro ni un poquito de seso ni de juicio…
La Kahya Kadın soltó un bufido seco, fuerte y cargado de desdén, le soltó la barbilla de un golpe seco con el dorso de la mano y siguió caminando delante de la fila como si nada hubiera pasado.
—Belleza sin inteligencia, sin juicio y sin malicia es la peor desgracia que una mujer puede traer consigo a este palacio —dijo en voz muy alta, cortante y clara para que absolutamente todas la escucharan y la grabaran a fuego en la memoria—. Y por lo que mis ojos ven, a esta le sobra en cantidades industriales lo primero, y le falta por completo todo lo demás. ¡ÁNDENSE, ÁNDENSE, QUE EL TIEMPO AQUÍ DENTRO ES ORO, Y EL ORO NO SE PIERDE!
Varias de las jóvenes soltaron risitas ahogadas detrás de las manos, otras la miraban con lástima, otras con desprecio, otras ya la marcaban como el blanco perfecto para humillar cuando quisieran. Elif se encogió de hombros hasta hacerse más pequeña todavía, bajó aún más la cabeza y sonrió solo por dentro, en lo más hondo de su alma, donde nadie llegaba: perfecto. Esa era exactamente la idea. Esa era la marca que quería grabar a fuego en la mente de cada ser humano que viviera entre aquellas murallas: soy bonita, sí, mucho. Pero soy vacía. Soy miedosa. Soy torpe. No tengo malas intenciones porque no tengo capacidad ni para tenerlas. No soy amenaza para nadie. Pueden mirarme, pueden admirarme o burlarse, pero nunca van a perder el tiempo planeando cómo destruirme, porque para ellas ya estoy destruida de fábrica.
Comenzó entonces el recorrido oficial de iniciación, largo, cansado, frío y metódico, diseñado para borrar de raíz todo rastro de la vida que traían de fuera. Primero pasaron por la gran sala de registros, altísima, llena de estantes de madera oscura que subían hasta tocar el techo abovedado, donde escribieron con tinta negra y pluma de ganso sobre pergaminos gruesos atados con cintas de cuero marrón cada nombre, cada edad, cada lugar de origen, cada señal particular en el cuerpo. Después las condujeron por corredores cada vez más cálidos y húmedos, hasta llegar a los inmensos baños de vapor y aguas termales del ala reservada en exclusiva para las novatas. Allí, bajo cúpulas de azulejo azul y blanco que parecían el cielo estrellado, tuvieron que despojarse hasta la última prenda, hasta el último recuerdo, hasta el último amuleto, la última carta, el último pedacito de tela que las atara al mundo que habían dejado allá afuera. Lo tiraron todo a grandes cestas de mimbre que luego se llevaron sin miramientos para ser quemado o regalado. Se lavaron el cuerpo entero tres veces seguidas: primero con agua caliente y jabón negro de oliva, después con aguas perfumadas maceradas meses enteras con pétalos de rosa roja, jazmín blanco, flores de naranjo y sándalo, y por tercera vez con agua fría de manantial traída desde las montañas, para cerrar los poros y dejar la piel suave, tersa y brillante como seda. Le cortaron solo las puntas secas y dañadas del cabello con tijeras de plata pura, lo peinaron cien veces con peines de marfil, y al final a cada una le entregaron exactamente el mismo atuendo: dos túnicas largas de lino blanco fino, sin bordados, sin adornos, sin colores, sin nada que las diferenciara unas de otras. Eran veinte almas distintas, veinte historias, veinte dolores y veinte sueños… y de golpe, por orden del poder, pasaron a ser todas idénticas, intercambiables, invisibles en masa.
Mientras las demás lloraban en silencio contra el mármol frío, o se quejaban en voz baja de que el agua quemaba o que el perfume era muy fuerte, o se medían unas a otras con la mirada llena de envidia y ambición, midiendo quién tenía la piel más suave, la cintura más estrecha o la figura más esbelta para ver quién tendría más posibilidades de llamar la atención del soberano, Elif aprovechaba cada segundo, cada respiración, cada movimiento a su alrededor para seguir dibujando con trazos invisibles y perfectos dentro de su cabeza el plano arquitectónico completo, palmo a palmo, de todo el palacio y todo lo que había debajo. Sabía por dónde corrían por dentro las gruesas tuberías de barro cocido que traían el agua caliente desde las calderas de piedra enormes que ardían día y noche alimentadas por leña de cedro. Sabía exactamente cómo funcionaba el sistema de ventilación, dónde estaban las salidas de emergencia que nadie usaba desde hacía dos siglos, cuántos cerrojos tenía cada puerta, de qué lado abrían, cuánto peso aguantaba cada viga, qué tan profundo corrían los túneles. Eran detalles que solo una mente formada, entrenada y templada durante generaciones enteras como ingeniera maestra era capaz de registrar, medir y archivar para siempre con una sola mirada rápida y disimulada.
Pero lo hacía todo, absolutamente todo, mientras actuaba sin parar ni un instante: fingía que no sabía ni cómo subir bien los escalones bajos de mármol pulido, que se resbalaba en cada baldosa mojada como si caminara sobre hielo, que se le enredaba el cabello largo y blanco en cada manija, cada cuerda de cortina, cada esquina que pasaba. Una y otra vez casi se caía, se agarraba con desesperación de lo que tuviera más cerca, murmurando disculpas entrecortadas y sonrojándose hasta las orejas.
—¡Ay, ay, ay, santos cielos, otra vez! —exclamó de golpe con la voz aguda, temblorosa y agridulce, moviendo los brazos en círculos desordenados como un pajarito pequeño que intenta alzar vuelo sin haber aprendido todavía, perdiendo el equilibrio por completo y yendo directa a caer de espaldas duramente contra el suelo—. ¡Qué suelo tan traicionero, qué mala suerte tengo la mía… de verdad que nací con los dos pies puestos al revés y medio cerebro dormido desde que salí del vientre de mi madre!
—¡Tranquila, muchacha, que no te vas a desarmar en pedacitos de cristal! —Una mano grande, fuerte, áspera y calurosa la agarró con fuerza del brazo izquierdo en el último segundo, frenando la caída en seco y levantándola de nuevo sobre sus pies con una facilidad asombrosa—. ¡Dios mío, pesas menos que una pluma de ganso!
Era Zeynep. Tenía diecisiete años cumplidos, cabello castaño oscuro rizado en bucles apretados y abundantes que le caían por los hombros y la espalda, pecas doradas esparcidas por todo el puente de la nariz y las mejillas redondas, y una risa sonora, abierta, limpia y cálida que rompía de golpe toda la tensión pesada y fría del lugar como un rayo de sol fuerte atravesando nubes negras y gruesas. Venía de los pueblos pesqueros del sur, del borde del mar grande y azul infinito, donde desde que tenía uso de razón ayudaba a su padre a sacar redes cargadas de peces del agua helada y salada, y se notaba en cada centímetro de su cuerpo: hombros anchos y fuertes, brazos con músculos marcados por el trabajo, manos grandes y callosas, piernas firmes que no temblaban ante nada ni nadie.
—Me llamo Zeynep —le dijo riendo a carcajadas, mientras le sacudía el polvo imaginario de la túnica blanca con mucho cuidado—. Y te juro por todo lo sagrado que en el rato que llevo caminando detrás de ti, ya te vi tropezar, resbalar o casi morir unas diecisiete veces seguidas. Pareces hecha de vidrio soplado muy fino. Si te dejo sola dos minutos completos, vas a terminar enterrada viva debajo de una columna o algo así.
—S‑Soy… soy Elif —respondió ella escondiendo media cara detrás de su propia cabellera blanca y hablando casi en un susurro que el viento casi se lleva—. Tienes toda la razón del mundo, Zeynep. En mi pueblo todo el mundo dice lo mismo: que el Señor allá arriba me prestó la cara un ratito para que saliera bonita… pero cuando se acordó de repartir inteligencia, coordinación y sentido común… yo me había quedado dormida debajo de un árbol y ya no me tocó nada de nada. Soy un desastre andante sobre dos piernas.
Zeynep se dobló en dos de la risa, le dio unas palmaditas tan fuertes y cariñosas en la espalda que casi la hacen toser y perder el aire, y desde ese instante exacto, sin decirlo ni pactarlo, quedaron ligadas la una a la otra como hermanas de sangre. Poco a poco, sin buscarlo, sin planearlo, el destino fue acercando a las otras dos que completarían el círculo, su refugio, su escudo y su familia elegida dentro de aquellas paredes de oro y sombras. Estaba Lila, la más pequeña de todas, con apenas quince años recién cumplidos, delgada y frágil como un junco de río que el viento puede romper con solo soplar fuerte, cabello negro azabache, lacio, brillante y larguísimo que le llegaba casi hasta los talones, venida de las montañas altas, heladas y cubiertas de nieve perpetua del norte, que casi no pronunciaba palabra completa y temblaba sin parar las veinticuatro horas del día como si siempre tuviera frío en los huesos. Y estaba también Gül, la mayor del grupo, con dieciocho años ya cumplidos, la más alta de todas, la más seria, la de modales perfectos, postura impecable y mirada oscura, profunda y conocedora, de quien se notaba a leguas que ya sabía demasiado bien desde muy pequeña cómo funcionan de verdad los lugares donde el poder, el oro y la mentira son los únicos dioses que se adoran. Al principio las miraba a todas con cierto desdén silencioso, mantenía distancia, no hablaba más de lo estrictamente indispensable… hasta que el calor denso, pesado y húmedo del lugar, sumado a ocho días larguísimos de viaje encerrada en un carruaje oscuro comiendo solo pan duro como piedra y bebiendo agua sucia y turbia, terminaron por vencer su cuerpo y su reserva, y el destino se encargó de atarlas para siempre con un hilo que nada ni nadie podría cortar jamás.
Sucedió a media tarde, en la sala de espera grande de columnas de mármol blanco y suelos fríos, cuando el aire se volvió tan espeso que costaba trabajo llenar los pulmones. Lila dio un paso atrás muy despacio, su rostro que ya era pálido de nacimiento se volvió blanco transparente como la cera, sus grandes ojos oscuros se pusieron completamente blancos por dentro, sus rodillas flaquearon de golpe y cayó de espaldas contra el suelo con un golpe sordo, apagado y triste, sin respirar, sin pestañear, sin mover ni un solo dedo de todo el cuerpo.
El pánico estalló al instante y de forma descontrolada. Unas gritaban a todo pulmón que había muerto en el acto, otras que espíritus malignos la habían poseído y traería mala suerte y muerte a todo el harén entero, otras corrían de un lado a otro sin rumbo fijo chocando unas contra otras, incluso la propia Kahya Kadın, que todo lo había visto y todo lo sabía, se quedó paralizada en el sitio con las manos a medias levantadas y la mente completamente en blanco sin saber qué hacer ni por dónde empezar. Solo Elif supo, en la milésima parte de un segundo, con la claridad fría, impasible y absoluta de la médica que dedicó ochenta años enteros de una existencia solo a curar, aliviar y salvar: deshidratación severa que ya rozaba lo peligroso, desequilibrio grave de sales y minerales en la sangre, más una dosis bajita pero constante de una hierba sedante suave que alguien había echado en el agua de bebida de todas las nuevas llegadas durante el camino, con la única intención de mantenerlas dóciles, calladas, asustadas y fáciles de manejar. Lo había visto, diagnosticado, tratado y curado literalmente miles de veces a lo largo de los siglos. Conocía cada maniobra, cada punto de presión en la piel, cada mezcla, cada tiempo, cada movimiento al dedillo.
Pero había un problema enorme, de vida o muerte: no podía correr. No podía dar órdenes. No podía mostrarse rápida, segura, experta, decidida ni hábil. Si lo hacía, el juego se terminaba ahí mismo. La llamarían bruja, la acusarían de cosas terribles, la matarían lenta y dolorosamente antes de que el sol volviera a salir.
Así que lo hizo siempre a su manera, la única que ahora le quedaba para seguir con vida. Dio un pasito chiquitito hacia adelante, tropezó con su propio pie izquierdo con toda la intención del mundo y cayó de rodillas fuerte y ruidosamente justo al lado del cuerpo inerte de la niña, como si hubiera llegado allí por pura casualidad, torpeza y mala suerte, y no por un cálculo perfecto y milimétrico hecho en una fracción de tiempo. Puso una mano que hizo temblar adrede sobre el pecho de Lila, luego muy despacio sobre el lado izquierdo de su cuello buscando el pulso, y musitó bajito, entrecortado, casi balbuceando como una niña pequeña:
—M‑Mi abuelita… allá en el pueblo, muy viejita ya… decía siempre que cuando alguien se pone así… todo tieso, blanco y sin respirar… hay que echarle agua muy fresquita, casi heladita, poquito a poquito en la frente y detrás de las orejas… hay que aflojarle bien fuerte todo lo que le apriete el cuello, las mangas, la cintura… y soplar muy suavecito, muy de puntitas, justo aquí… —levantó un dedo flaco, pálido y tembloroso y señaló con total exactitud el punto vital debajo del tabique nasal, un punto de presión maestro que solo quienes dominan la medicina profunda, ancestral y prohibida conocen y ubican a la primera sin dudar—. N‑No sé si sirva de verdad… yo soy muy tonta, la verdad… solo lo vi hacer una vez de muy lejos, cuando era muy pequeña y me dormí en el regazo de ella…
Mientras hablaba con la voz rota, quebrada y llena de miedo, moviendo las manos por todos lados como si no supiera bien dónde las estaba poniendo ni qué estaba haciendo, ejecutaba cada maniobra, cada presión, cada movimiento, cada cambio de posición con una precisión, una suavidad y una exactitud absolutas, de quien lo ha repetido hasta el cansancio durante siglos enteros. Mojó el paño de lino en la temperatura ideal, lo colocó en los sitios exactos el tiempo justo, aflojó cada nudo, cada costura, cada pliegue que apretara, presionó los puntos correctos la cantidad de segundos precisa, masajeó muñecas, brazos y manos en el sentido exacto que hace volver la circulación y la vida poco a poco. Pasaron apenas tres minutos cortos. Lila tosió muy suave, movió los párpados pesados y lentos, y abrió los ojos grandes y oscuros muy despacio, confundida, asustada… pero viva. Respirando. De vuelta.
Un silencio tan grande y absoluto llenó la sala entera que se podía oír perfectamente el latir del propio corazón. Luego estallaron de golpe los murmullos, las exclamaciones, las preguntas por todos lados al mismo tiempo. La Kahya Kadın se acercó caminando rápido casi corriendo, miró a la niña sentada ya recibiendo agua, y luego clavó la mirada directa, dura y penetrante en Elif.
—¿Cómo supiste hacer eso exactamente, muchacha? —le preguntó con la voz cortante y baja—. Llevas aquí unas horas. Nadie te ha enseñado nada. Ni siquiera las que llevan años saben lo que acabas de hacer.
Ella reaccionó al instante. Se puso roja como un tomate maduro al sol, se levantó de un salto desordenado y volvió a tropezar con el dobladillo largo de su propia falda blanca yendo directa al suelo por segunda vez, moviendo las manos en el aire desesperada como si quisiera borrar con ellas lo que acababa de ocurrir:
—¡N‑NO SÉ, LO JURO POR DIOS, POR LOS CIELOS, POR MIS PADRES Y POR TODO LO QUE HAY DE SAGRADO EN EL MUNDO! —gritó entre sollozos fingidos y nerviosismo a flor de piel—. ¡FUE PURA SUERTE, NADA MÁS, CASUALIDAD DEL CIELO! ¡SEGURO QUE DESPERTABA IGUAL DE TODAS FORMAS AUNQUE YO NO HUBIESE ESTADO NI CERCA! ¡YO NO ENTIENDO NADA, NADA DE NADA, DE VERDAD QUE NO! —y para rematar la actuación de forma definitiva, se agarró con todas sus fuerzas de la manga de la túnica de Zeynep y escondió toda la cara en su hombro temblando como una hoja seca llevada por la ventolera—. Tengo mucho miedo… por favor llévenme lejos de aquí, por favor…
Zeynep la abrazó fuerte por los hombros llena de un orgullo inmenso que no podía explicar, Gül sonrió por lo bajo muy suave negando con la cabeza, y Lila, todavía débil, todavía temblando, le tendió desde el suelo una mano pequeña, fría y delgada en silencio, diciendo sin pronunciar ni una sola sílaba: ya somos cuatro. Ya nadie camina sola.
Los días que siguieron transcurrieron entre lecciones interminables de protocolo, modales, historia, religión, música, danza, tareas pesadas desde antes de salir el sol hasta bien entrada la noche, risas escondidas detrás de columnas y tapices, y sobre todo, la actuación eterna, ininterrumpida y agotadora de Elif de ser la muchacha más tímida, más despistada, más torpe y más falta de juicio de cuantas habitaban en todo el recinto. Había momentos tan graciosos, tan bien hechos y tan divertidos que incluso los propios guardias de hierro, serios e inamovibles, terminaban sonriendo por lo bajo y disimulando con la mano frente a la boca: un día durante la primera lección oficial de reverencias y pasos ceremoniales, ella hacía la inclinación profunda completamente al revés, daba pasos grandes hacia atrás cuando debía avanzar cortitos y derechos, se pisaba la falda tantas veces seguidas que terminó sentada de golpe en pleno suelo frío con las piernas estiradas para adelante y la boca abierta como una tonta sin saber cómo llegó ahí. Otra ocasión, al bajar una escalera ancha de mármol cargando con mucho cuidado una bandeja de plata pesada con doce copas de cristal tallado llenas hasta el borde de agua, fingió perder el equilibrio por completo en el escalón central, giró todo el cuerpo en el aire con la agilidad silenciosa, ligera y perfecta del gran maestro espadachín que fue durante otra vida entera, y aterrizó suavemente de rodillas en el escalón inferior sin que se rompiera, se rajara ni siquiera se derramara una sola gota de líquido, explicando después entre risitas nerviosas y muy sonrojada que “fueron los ángeles los que me agarraron y me sostuvieron todo el tiempo, porque yo de por sí no sé ni cómo me quedé de pie, la verdad”.
Pero no todo eran juegos, risas ni momentos ligeros. También había sombras. Muchas. Gente que veía en aquella belleza extraña, blanca y dorada, una amenaza aunque estuvieran convencidos de que por dentro no había absolutamente nada. Gülşah Kadın, una de las damas de rango medio, joven todavía, hermosa, ambiciosa, venenosa y con muchos años ya dentro del sistema, la escogió desde el primer instante con el único objetivo de hacerle la vida lo más miserable, dolorosa y difícil que fuera humanamente posible, hasta que ella misma pidiera irse o desapareciera para siempre.
Y fue precisamente ella quien orquestó la prueba más cruel y pública, la que dio pie a la primera gran escena que marcaría aquel capítulo de su existencia para siempre.
La gran sala de los espejos era inmensa, cuadrada, con techos altísimos pintados al fresco con escenas de batallas, cacerías y banquetes de tiempos antiguos, y en cada una de las cuatro paredes completas, espejos de plata pulida y cristal veneciano que multiplicaban la luz, los rostros, los movimientos y el espacio hasta dar la sensación de que uno caminaba dentro de un mundo infinito que no tenía fin. La luz dorada y suave del mediodía entraba a raudales por los altos ventanales de vitral de colores, bañándolo todo de tonos azules, rojos, verdes y dorados. Allí, sobre una tarima larga de madera de cedro muy pulida y brillante, la Kahya Kadın enseñaba desde hacía horas la lección más difícil y temida de todas: caminar por todo el largo de la sala con una copa de cristal llena hasta el borde mismo de agua, perfectamente equilibrada sobre la coronilla de la cabeza, sin derramar ni una sola gotita al suelo, sin mover los hombros ni un milímetro, sin mirar jamás hacia abajo, con la columna vertebral derecha como una vara de hierro y los pasos cortos, parejos, suaves y silenciosos como si caminaran sobre nubes de algodón.
Todas iban pasando una por una: unas tropezaban al primer paso, otras reían nerviosas, otras derramaban la mitad antes de la mitad del camino, otras lo hacían medianamente bien pero nunca perfecto. Cuando ya casi habían terminado todas, Gülşah Kadın, que había venido hasta allí expresamente solo para verla fallar y humillarla delante de todo el mundo, levantó la voz con una dulzura empalagosa, cargada de veneno y malas intenciones, tan fuerte que retumbó en las cuatro esquinas:
—¡UN MOMENTO, TODAS QUIETAS! A la de cabello de luna, a la blanca y dorada que dicen que la suerte la acompaña siempre… a ella le vamos a poner una prueba de verdad. Si es tan especial como parece… que camine con TRES COPAS LLENAS HASTA EL BORDE: una perfectamente equilibrada encima de la cabeza, y una más en cada mano abierta, palmas hacia arriba. Y escuchen bien la condición: si derrama UNA SOLA GOTITA, por pequeña que sea, pasará SIETE DÍAS Y SIETE NOCHES SEGUIDAS encerrada en la celda fría de los calabozos bajos, limpiando con sus propias manos los establos y los baños de los caballos de guerra del Sultán. ¡Y nadie tendrá permiso de acercarse a ayudarla!
Un murmullo largo, bajo y cargado de susto corrió de punta a punta de la sala. Zeynep apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron hondo en la palma, Lila se tapó la boca con ambas manos y se le llenaron los ojos de lágrimas, Gül frunció el ceño con rabia contenida lista para intervenir. Elif, en cambio, reaccionó tal como siempre: bajó la mirada de golpe hasta el pecho, se sonrojó hasta las raíces del pelo, juntó las manos delante de sí con torpeza infinita y movió la cabeza muy despacio de un lado a otro, con los ojos ya llenos de agua a punto de derramarse:
—A‑Ay, por favor, mi señora, tenga piedad… yo soy muy torpe, muy despistada, me caigo hasta caminando sola por un camino llano y ancho… seguro que lo tiro todo, seguro que me caigo, seguro que hago todo mal… por favor no me haga eso…
—¡NADA DE QUEJAS! —le cortó seco Gülşah con una sonrisa fría y triunfal en los labios—. ¡COLOQUENSELAS Y EMPIECE YA MISMO!
Por fuera, dio el primer paso inseguro, tembló de la punta de los dedos a la punta de los pies, hizo muecas de miedo y desequilibrio tres o cuatro veces seguidas antes de siquiera empezar a avanzar, puso en el rostro toda la expresión del mundo de alguien que no tiene ni la menor idea de lo que está haciendo ni por dónde empezar. Pero por dentro, en silencio absoluto, activó de golpe y al mismo tiempo la memoria y la experiencia de dos vidas enteras distintas que dormían en su alma: por un lado, la dama de la corte imperial que fue durante cincuenta años largos, la que enseñó modales, elegancia, porte y caminar a princesas, reinas y futuras sultanas de tres generaciones distintas; y por el otro, el maestro espadachín de leyenda, capaz de permanecer quieto horas enteras sobre una sola pierna en la cima de un poste delgado sin mover una pestaña, controlando cada fibra, cada músculo, cada respiración con dominio absoluto. Alineó su columna vertebral con una precisión matemática, distribuyó el peso de todo su cuerpo exactamente sobre la planta de los pies en el ángulo perfecto, hizo su respiración tan cortita, suave y lenta que se volvió casi imperceptible, y comenzó a caminar muy despacio, paso a paso, muy parejo.
Lo que todo el mundo vio fue una muchacha pálida, asustada, que hace muecas todo el tiempo como si en cualquier segundo se viniera abajo todo. Lo que realmente ocurría era que no movía ni una milésima de grado más de lo estrictamente indispensable. Derramó solo tres o cuatro gotitas minúsculas, a propósito, calculadas al milímetro, justo la cantidad exacta para que pareciera suerte increíble, ayuda divina o casualidad del destino, pero nunca maestría, nunca conocimiento, nunca práctica. Cuando llegó sana y salva al otro extremo de la sala enorme y se detuvo por fin, todo el mundo se quedó en silencio absoluto, boquiabierto, incluso la Kahya Kadın tenía los ojos muy abiertos del todo sorprendida. Gülşah se puso pálida como la cal, la rabia le corría caliente por las venas y no podía creer lo que tenían delante sus propios ojos.
—¡ESTO ES IMPOSIBLE, FUE TRAMPA! —gritó descontrolada—. ¡NADIE LO HACE ASÍ A LA PRIMERA VEZ SIN SABER ANTES! DIME LA VERDAD: ¿CÓMO LO HICISTE?
Elif soltó las copas de golpe con mucho cuidado fingiendo que se le resbalaban de las manos, se agarró fuerte y desesperada del borde de la tarima temblando como una hoja llevada por la tormenta y soltó una risita nerviosa, aguda, boba y completamente vacía de malicia:
—¡N‑No sé, de verdad, se lo juro por mi vida! Iba caminando y para no ponerme nerviosa me puse a pensar nomás en el pan rico con miel… y de repente, sin darme cuenta ni cómo, ¡ya estaba aquí del todo! ¡Seguro que fueron los ángeles del cielo que me sostuvieron todo el camino porque saben perfectamente que yo soy demasiado tonta para lograr algo así yo solita! ¡Miren nomás, todavía me tiemblan las piernas horrores!
Y para cerrar la actuación con broche de oro absoluto, dio un paso atrás normalito, se pisó fuerte y a propósito el dobladillo largo de su falda blanca, perdió el equilibrio por completo y cayó sentada de golpe y ruidosamente en el suelo duro de mármol, con el cabello blanco y dorado desordenado cayéndole en mechones grandes sobre toda la cara y una expresión de idiota feliz y sin ninguna preocupación que hizo reír a casi todas las chicas y suspirar hondo de pura impotencia y frustración a las dos damas de alto rango.
Lo que absolutamente nadie supo, ni siquiera sus tres amigas, es que en el balcón alto cerrado y oculto detrás de una celosía calada de madera de ébano muy fina que daba directamente a toda la sala, Valide Dilara estaba sentada en su sillón antiguo tallado a mano, con las manos arrugadas por la edad juntas y tranquilas sobre el regazo y los ojos muy abiertos del todo sorprendidos. Era la tía‑abuela del propio Sultán Murad, mujer ya entrada en años, de cabello blanco como la nieve peinado siempre impecable y recogido con peines grandes de marfil azul, que había visto nacer, crecer, gobernar, morir y ser enterradas a generaciones enteras dentro de aquellas mismas murallas. Se había retirado voluntariamente de todo poder, de toda intriga, de todo ruido y de todo brillo hacía ya más de veinte años, viviendo sola en las alas más antiguas, olvidadas y silenciosas del palacio, hasta el punto de que la mayoría de la gente nueva que llegaba creía que hacía mucho tiempo ya había muerto. Pero ella sí había visto lo que nadie más captó: en el único segundo breve, corto e imperceptible en que absolutamente todas las miradas estaban en otro lado, la postura entera de esa muchacha de cabello lunar cambió por completo de golpe: se volvió derecha, antigua, majestuosa, serena, fuerte y digna, idéntica en todo a la de las grandes Sultanas soberanas de hacía trescientos o cuatrocientos años, de las que hoy en día solo quedan retratos viejos y descoloridos colgados en las salas de libros que nadie visita. Suspiró hondo y muy largo, se pasó la mano despacio por el collar largo de cuentas de lapislázuli azul que llevaba siempre puesto en el cuello y murmuró bajito solo para el silencio que la rodeaba:
—Actúas de maravilla, niña blanca. Eres mejor actriz que todas las que han pisado este escenario de oro y sangre. Pero hay algo que nadie te ha enseñado todavía y que es la verdad más grande de todas: los ojos, la mirada profunda… ESO NUNCA MIENTE. Tú has caminado así, te has parado así, has existido así, miles de veces antes de hoy. Y este palacio gigante, viejo y sabio… todavía no sabe ni se imagina con quién se ha topado realmente al dejarte entrar por sus puertas.
Pasaron los días, y Gülşah, furiosa por haber salido derrotada y humillada sin poder probar absolutamente nada, urdió una nueva prueba mucho más pesada, más cruel y más agotadora todavía. Una tarde la llamó aparte a solas en el pasillo, le sonrió con toda la dulzura falsa del mundo y le ordenó con voz de miel y hielo: lavar, cepillar, enjabonar, aclarar, secar al sol, sacudir, doblar perfecto y guardar ordenado en los estantes cincuenta alfombras grandes, inmensas, pesadísimas, de lana, seda y nudos hechos a mano, cada una pesaba más que ella misma entera. Y tenía que tenerlo TODO absolutamente terminado, impecable y en su lugar ANTES DE QUE EL SOL TOCARA CON SU BORDE INFERIOR LA CÚSPIDE MÁS ALTA DEL MINARETE MAYOR. Era una tarea física que ni siquiera cuatro mujeres fuertes y sanas juntas lograban terminar bien en toda una jornada completa de sol a sol.
—Si no está todo listo para esa hora —le susurró muy pegado al oído, fría y venenosa— te encierro tres noches seguidas en la celda más oscura, fría y llena de bichos que hay debajo de la tierra, sin un bocado de pan ni una gota de agua tibia. Y recuerda bien: aquí nadie vendrá por ti. Nadie te salvará.
Zeynep quiso gritar, quiso protestar, Gül ya tenía argumentos y palabras listas para defenderla, Lila apretó sus manos con fuerza y miedo. Pero Elif solo bajó la cabeza, asintió muy bajito y murmuró: —Sí, mi señora… haré todo lo que pueda… aunque soy muy lenta, muy débil y muy tonta para estas cosas…
En cuanto se quedaron completamente solas en el patio grande empedrado, la máscara se aflojó un segundo nada más. Miró rápido la inclinación natural del suelo, la dirección exacta en que soplaba el viento fuerte y constante, unos cuantos palos gruesos y secos tirados olvidados en una esquina, trozos de cuerda de cáñamo viejos y resistentes que nadie usaba hacía años. En otra vida, hacía siglos, diseñó puertos marítimos enteros, molinos de viento que funcionaron durante generaciones, sistemas de poleas, palancas y engranajes que multiplicaban la fuerza humana por diez, por veinte, por cien. Esto para ella era más sencillo y más fácil que aprender a sumar dos más dos. Con movimientos que aparentaban ser totalmente desordenados, juguetones, sin sentido ni rumbo, fue atando nudos exactos, apoyando palos en ángulos perfectos, levantando, tensando y colocando cada pieza hasta armar en muy poco tiempo un sistema mecánico sencillo, brillante y perfecto de poleas dobles, tensores y secado dirigido al viento que hacía el trabajo pesado casi solo. Mientras movía cada pieza canturreaba en voz muy alta canciones infantiles sin sentido del pueblo, se golpeaba la frente con la palma de la mano diciendo “uy, qué tontería hago, seguro que no sirve de nada”, y para sorpresa de todos, terminó TODO, absolutamente todo, limpio, extendido, seco, doblado y ordenado en los estantes, en UNA HORA Y CUARTO EXACTOS.
Cuando Gülşah regresó caminando despacio lista para regañarla, humillarla y castigarla con gran placer, se quedó muda, blanca como la pared, con la boca entreabierta y sin poder articular palabra alguna, incapaz de creer lo que veían sus ojos.
—¿QUIÉN TE AYUDÓ? —gritó descontrolada— ¡ES IMPOSIBLE QUE LO HAYAS HECHO TÚ SOLA!
—N‑Nadie, mi señora, nadie en absoluto —respondió Elif, que en ese preciso instante estaba subida en un bordillo bajito de piedra y se dejó caer a propósito sentada de golpe y suavemente sobre un montón grande de paja seca y suave, con el cabello blanco hecho un nido enorme y desastre y una sonrisa boba, grande y feliz de oreja a oreja—. Iba moviendo los palitos nomás porque me aburría muchísimo estando sola… y de repente, sin entender yo por qué ni cómo, todo se empezó a mover solito y salió rapidísimo. ¡Qué suerte la mía, verdad! Todo el mundo dice siempre que a los tontos y a los animales nos protege Dios todo el tiempo…
Gülşah se marchó caminando rápido refunfuñando llena de rabia, frustración y confusión, sin entender absolutamente nada. Y muy lejos, otra vez desde lo alto, detrás de las sombras y las celosías, Valide Dilara lo vio todo de principio a fin, moviendo la cabeza muy despacio con una sonrisa pequeña y triste en los labios.
Más avanzada ya la tarde, cuando el sol enorme y rojo empezó a bajar muy lento tiñendo todo el cielo, las nubes, los mármoles y las cúpulas de tonos naranjas quemados, rojos intensos, violetas profundos y azules oscuros, Elif salió sola un ratito a los jardines grandes, llenos de rosales de todos los colores, cipreses altísimos que parecían tocar las estrellas y fuentes de mármol blanco que cantaban sin parar el agua cayendo una y otra vez, solo para respirar aire que no oliera a jabón, a perfume ni a gente, para recuperar un poco de paz y orden dentro de su cabeza. Dobló cerca del estanque grande de agua cristalina donde vivían los peces dorados, y de golpe el aire cambió por completo: se volvió más pesado, más silencioso, más denso, cargado de autoridad, de mando y de un fuego contenido que quemaba sin llamas.
Alzó la mirada solo una fracción de segundo, y lo vio.
Caballo negro azabache, grande, fuerte y brillante como la noche misma. Armadura ligera de plata bruñida que relucía con el sol poniente. Capa larga de púrpura real ondeando suave al viento. Sobre él, un muchacho de solo diecisiete años, hombros anchos, poderosos y muy fuertes, piel clara y tersa, rostro de facciones perfectas, duras, nobles y ardientes, mirada oscura, profunda, penetrante, intensa y terriblemente cansada al mismo tiempo. Era Murad, el Sultán. Dueño, señor y amo de absolutamente todo lo que la luz del sol tocaba en aquel inmenso imperio. Iba acompañado solo por dos jenízaros de élite, los mejores de todos, cabalgando muy lento, perdido en sus propios pensamientos pesados.
Detuvo el caballo de golpe con las riendas en seco. Sus ojos cayeron directos, certeros e inmediatos sobre ella entre tanta vegetación, tanta sombra y tantos colores. No fue la belleza lo que lo hizo parar en seco y le aceleró el corazón dentro del pecho sin entender por qué. Fue la postura. Por un segundo, solo un segundo brevísimo antes de que ella bajara la cabeza de golpe hasta casi tocarse el pecho con la frente y se encogiera toda pequeña como una niña aterrada, él la vio derecha, quieta, erguida, con una dignidad antigua, grabada en los huesos desde hacía siglos, como si ella también hubiera nacido para gobernar, para comandar ejércitos, para estar de igual a igual con él y no arrodillada en el barro ni en la piedra. Vio aquel cabello blanco con puntas de oro brillando bajo la luz baja del atardecer como algo que no pertenecía a este mundo, y por un instante el tiempo se detuvo por completo para los dos.
Ella no levantó la vista ni un poquito más. Pero lo sintió en el alma. Sintió el fuego de su mirada clavada en ella, sintió el peso inmenso, insoportable y gigante del trono entero que llevaba puesto encima de los hombros tan jóvenes, sintió también la soledad enorme, fría y profunda que lo rodeaba por los cuatro costados más fuerte que cualquier guardia, más fuerte que cualquier muro. Él frunció el ceño, apretó los puños sobre las riendas, quiso acercarse, quiso preguntar quién era, qué hacía allí… pero en eso un mensajero llegó corriendo a toda prisa desde la entrada principal con un pergamino grande cerrado con el sello de lacre rojo urgente en la mano, y el momento mágico, silencioso y perfecto se rompió para siempre. Dio media vuelta con el caballo y se alejó al galope suave y elegante, sin volver la cabeza ni una sola vez. Elif siguió inmóvil, con la frente casi pegada al suelo frío, hasta que el último eco de los cascos sobre la piedra desapareció por completo en la distancia.
Llegó entonces la noche, negra, espesa, densa y silenciosa, cubriendo con su gran manto todas las cúpulas, torres, minaretes y murallas. En el dormitorio común enorme, largo y bajo, todas las demás chicas ya dormían profundamente rendidas por el cansancio acumulado de la jornada. Solo en el rincón más apartado, oscuro y protegido, pegadas unas contra otras bajo cuatro mantas gruesas juntas, Elif, Zeynep, Lila y Gül seguían despiertas, hablando en susurros tan bajitos, tan finos y tan suaves que ni siquiera el aire en movimiento parecía ser capaz de llevárselas.
—Yo extraño el mar —decía Zeynep pasando muy lento el dedo por la tela de la sábana—. El sonido que hace de noche, cuando está bravo… suena como si hablara.
—Yo extraño la nieve —murmuró Lila, casi dormida ya, agarrada fuerte del brazo de Elif—. Allá arriba en las montañas cae tan alta que tapa las casas enteras.
Gül guardó silencio un buen rato, y luego dijo muy quedito, como si le costara mucho admitirlo en voz alta:
—Yo extraño sentirme segura. Aquí… aquí todo es sonrisa por fuera y puñal por dentro. Uno nunca sabe de quién fiarse.
Elif las escuchaba con el corazón apretado en el pecho. En todas sus vidas pasadas —cientos, miles—, siempre había estado sola. Siempre dio todo, siempre ayudó, siempre luchó… y siempre terminó abandonada, traicionada o muerta sin que nadie llorara realmente por ella. Por primera vez en toda su existencia eterna, tenía a tres personas que no querían nada de ella: ni poder, ni favores, ni belleza, solo su compañía. Se le llenaron los ojos de lágrimas calientes y, sin pensar, sin medir las consecuencias, habló desde el alma, con una voz que de repente sonó mucho más vieja, mucho más cansada y mucho más sabia de lo que debía:
—Sé lo que dicen… dicen que este palacio fue construido sobre tres fuentes antiguas, una de agua dulce, una de agua salada y una que corre bajo tierra por debajo de la gran mezquita, y que por eso sus cimientos nunca se caerán… Dicen también que las primeras murallas se levantaron usando cal mezclada con agua de rosas y leche de camella, para que el olor a pureza ahuyentara siempre la maldad… Yo… yo lo he oído decir muchas veces…
Se calló de golpe. Se heló la sangre entera de los pies a la cabeza. Eso no estaba escrito en ningún libro que existiera hoy. Eso nadie lo sabía. Solo quienes estuvieron ALLÍ, el mismo día en que pusieron la primera piedra hacía más de cuatrocientos años, lo sabían. Ella lo sabía porque ELLA MISMA ESTUVO AHÍ, en otra vida, cargando cestos de barro, ayudando a los albañiles, contando esas mismas historias a los niños que pasaban.
Las tres la miraron fijamente en la penumbra, los ojos muy abiertos.
—¿Cómo… cómo sabes tú eso? —preguntó Gül muy lenta, seria, con la voz llena de curiosidad y desconfianza a la vez—. Eso no lo enseñan aquí. Ni siquiera los historiadores del Sultán lo escriben en los pergaminos grandes. Es una leyenda que solo se cuenta en voz muy baja entre las familias más antiguas de la capital.
El corazón le latía tan fuerte que temía que lo oyeran todas. Sudó frío por todo el cuerpo. Había hablado de más. Casi la descubren. Reaccionó en una fracción de segundo, volvió a ponerse la máscara al instante: se encogió toda pequeña entre las mantas, se sonrojó muchísimo, se tapó media cara con una mano y rió bajito, nerviosa y tonta como siempre:
—¡A‑ay, no me miréis así! Seguro que se lo oí una vez a mi abuela cuando era muy pequeña y dormía… o… ¡o me lo soñé! ¡Seguro que me lo inventó la cabeza porque soy tan boba que me creo hasta mis propios sueños! ¡No hagan caso, de verdad que no entiendo nada de esas cosas! —y para cambiar de tema de golpe, se puso a fingir que le daba mucho sueño, bostezando exageradamente y cerrando los ojos con fuerza—. Qué sueño… me duelen hasta los ojos… mañana nos van a hacer caminar otras mil veces con copas…
Las tres sonrieron suavemente, le creyeron, o al menos quisieron creerle, y se acomodaron de nuevo para dormir. Pero Elif no durmió. Quedó despierta, con la respiración muy controlada, alerta como cuando fue guardia nocturna y espía, consciente de que un error así, un descuido solo, puede ser suficiente para que la acusen de brujería y la maten.
Pasó así más de una hora. Hasta que, en el silencio absoluto, se oyó el roce mínimo, imperceptible para cualquiera menos para quien había aprendido a escuchar en la oscuridad durante siglos. Alguien pasó por fuera de la cortina de su catre, se detuvo tres segundos, y siguió andando hasta desaparecer.
Cuando estuvo segura de que ya no estaba, movió la mano muy despacio sobre la almohada. Allí estaba. La flor diminuta, de pétalos muy finos, completamente desecada, de un azul oscuro que casi parecía negro. Cualquier otra persona habría creído que era una simple hierba del campo. Pero Elif la conocía mejor que a su propia sombra. La había estudiado, cultivado y usado durante toda una vida entera dedicada solo a las plantas y sus secretos. Se llamaba Flor de las Sombras. No crecía en ninguna parte del imperio. Era venenosa en dosis altas, y en el lenguaje oculto de hierbas prohibidas que muy pocos en el mundo sabían leer, significaba una cosa y solo una: **Cuida lo que dices. Cuida lo que haces. Aquí hasta las paredes tienen oídos.**
Un escalofrío helado le recorrió la espalda entera de pies a cabeza. Alguien había entrado sin hacer ruido. Alguien la había observado lo suficiente para saber dónde dormía. Alguien sabía que ella entendería el mensaje. Alguien sabía que ella no era la muchacha tonta, tímida y despistada que fingía ser delante de todos.
Esta vez no la guardó sola. Despertó a las tres muy suavemente, se las enseñó en la penumbra y les explicó bajito, con toda la verdad que podía decir sin contar aún su mayor secreto:
—Esta flor… significa que alguien nos vigila. Que nada de lo que hablamos, nada de lo que hacemos, está a salvo. Que aquí las paredes oyen. No sé si vino para hacernos daño… o para avisarnos. Pero sí sé una cosa:
Apretó las tres manos juntas sobre la flor, su pelo blanco cayendo sobre ellas y sus ojos morados brillando con una fuerza que ya no intentó ocultar del todo, solo por un instante.
—A partir de hoy, **lo que sea que venga, venimos las cuatro juntas**. Nadie nos separa. Nadie nos lastima. Lo prometo.
Y en ese momento, mientras el viento soplaba fuerte allá afuera moviendo las cúpulas doradas, las cuatro entendieron al mismo tiempo: ya no eran cuatro chicas solas atrapadas en un palacio gigante. Ahora eran un escudo. Y eso, más que cualquier poder o cualquier título, era lo que nadie en todo el imperio podría romper jamás.
Allí, en la oscuridad más profunda, con la flor prohibida aún caliente entre sus dedos y el eco de mil vidas latiendo fuerte en su pecho, Elif supo con total claridad: el juego había empezado de verdad. Y a partir de esa noche, ya no habría ni un solo instante de calma.
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FIN DEL CAPÍTULO 2
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