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Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.

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Capítulo 1: La llegada a la mansión

El cielo sobre Londres parecía un lienzo de acuarelas grises y plomizas que amenazaba con derramar una llovizna helada en cualquier momento. Al salir de la terminal del aeropuerto de Heathrow, Mei se detuvo un instante y respiró hondo. El aire frío y húmedo le llenó los pulmones, un contraste absoluto con el clima cálido y el bullicio denso de su natal Guangzhou. Ajustó la correa de su mochila de lona beige, que contrastaba de manera casi cómica con la enorme y pesada maleta rígida que arrastraba con la otra mano.

A simple vista, Mei parecía una estudiante de bachillerato que se había perdido de camino a una excursión escolar. Vestía unos vaqueros sencillos, unas zapatillas blancas impecables y un jersey de punto color crema que le quedaba ligeramente holgado, haciéndola lucir aún más menuda de lo que ya era. Su cabello negro, lacio y brillante como el azabache, caía libremente sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones suaves, piel de porcelana y unos ojos oscuros que brillaban con una mezcla de curiosidad e inteligencia despierta. En su rostro se dibujaba una expresión de dulce ingenuidad, la misma que solía hacer que los desconocidos bajaran la guardia ante ella.

Lo que nadie sospechaba al verla era la firmeza de su postura, la precisión casi imperceptible en la distribución de su peso corporal y la agudeza con la que sus ojos analizaban cada rincón del vestíbulo. Detrás de esa apariencia de muñeca de cristal se escondía la herencia de la familia Zhang: años de disciplina espartana, madrugadas de entrenamiento de artes marciales bajo la estricta tutela de su abuelo y una mente analítica capaz de resolver ecuaciones complejas en cuestión de segundos.

—¡Mei! ¡Por aquí!

Una voz familiar y enérgica cortó el rumor de la multitud. Mei giró la cabeza y una sonrisa radiante iluminó su rostro al ver a Sofia corriendo hacia ella, esquivando a los viajeros con total desparpajo. Sofia vestía un abrigo de diseñador abierto, botas de cuero de tacón alto y llevaba su cabello castaño ondulado ondeando al viento. Sin importarle el protocolo ni las miradas ajenas, se abalanzó sobre Mei, atrapándola en un abrazo de oso que casi las hace perder el equilibrio a ambas.

—¡No puedo creer que ya estés aquí! —chilló Sofia, retrocediendo un paso para sostener a Mei por los hombros y mirarla de arriba abajo—. Mírate, estás idéntica. Bueno, quizás un poco más delgada. ¿Te han alimentado bien en el avión? Dios, han pasado casi dos años desde que regresé de China. Te extrañé muchísimo.

—Yo también te extrañé, Sofia —respondió Mei, con una voz suave y melódica, arrastrando las palabras con una delicadeza natural—. El viaje fue largo, pero estoy muy feliz de estar aquí. Gracias por recibirme.

—¡Por favor! Es lo mínimo que podía hacer por mi mejor amiga. Además, convencer a mi hermano de que te quedaras en la mansión no fue tan difícil… bueno, en realidad fue una tortura porque es un ogro testarudo, pero finalmente cedió. Ven, el chofer está esperando fuera. Vamos a casa antes de que empiece a llover en serio.

Sofia enganchó su brazo con el de Mei y comenzó a guiarla hacia la salida del aeropuerto. Mientras caminaban, Mei escuchaba con atención la cháchara ininterrumpida de su amiga. Sofia hablaba sobre la universidad, las clases de historia del arte que compartirían, la enorme biblioteca de la casa y los rígidos horarios de su hermano mayor.

—Tienes que prepararte mentalmente para Adrian —advirtió Sofia, haciendo una mueca mientras cruzaban las puertas automáticas hacia el estacionamiento techado—. Sé que te hablé de él, pero vivir bajo el mismo techo es otra cosa. Es el director general de su propia firma de seguridad e inteligencia privada, así que se comporta como si estuviera liderando una misión militar las veinticuatro horas del día. Es arrogante, desconfiado y tiene la calidez de un cubito de hielo en el Ártico. Pero no le hagas caso, ignora sus comentarios antipáticos. Conmigo es igual de insoportable.

Mei sonrió ligeramente, asintiendo.

—No te preocupes, Sofia. Estoy acostumbrada a los hombres de carácter fuerte. Mi abuelo no era precisamente un trozo de pan cuando se trataba de disciplina.

—Créeme, tu abuelo es un monje budista comparado con Adrian —suspiró Sofia, deteniéndose frente a un imponente sedán negro de vidrios polarizados.

Un chofer de mediana edad y uniforme impecable se apresuró a abrir la puerta trasera, saludando a Mei con una reverencia respetuosa antes de encargarse de su equipaje. Las dos jóvenes se deslizaron en el lujoso interior de cuero del coche, que olía a madera de sándalo y tecnología nueva.

A medida que el coche avanzaba por las autopistas periféricas y se adentraba en las zonas residenciales más exclusivas de los alrededores de Londres, Mei observaba el paisaje a través de la ventanilla. La arquitectura gótica, las colinas verdes que empezaban a difuminarse por la niebla y la elegancia sobria de las construcciones le recordaban que estaba muy lejos de su hogar. Sentía una mezcla de emoción y cautela. Este viaje representaba su libertad, su oportunidad de estudiar en una de las mejores universidades del mundo y expandir sus horizontes, pero también sabía que debía adaptarse a un entorno completamente diferente.

Finalmente, el coche disminuyó la velocidad al acercarse a una imponente verja de hierro forjado negro. Detrás de los arbustos perfectamente podados y un sendero de piedra flanqueado por faroles clásicos, se alzaba la mansión de la familia Vance. Era una propiedad de estilo victoriano tardío, construida en piedra grisácea, con grandes ventanales y chimeneas de ladrillo que le daban un aire de fortaleza elegante y aristocrática.

El vehículo se detuvo suavemente frente a la gran entrada de doble puerta de madera oscura. El chofer abrió la puerta del coche y Mei bajó, sintiendo el viento frío golpear sus mejillas.

—Bienvenida a mi humilde hogar —dijo Sofia con ironía, señalando la fachada—. Vamos adentro antes de que nos congelemos.

Mei tomó su mochila y siguió a Sofia por los escalones de piedra. Las puertas principales se abrieron antes de que pudieran tocar el timbre, revelando un amplio vestíbulo de suelos de mármol pulido que reflejaban la luz de una majestuosa araña de cristal que colgaba del techo abovedado. Una gran escalera doble de madera tallada subía hacia el segundo piso, dándole al espacio un aire solemne y señorial.

—¡Dejaremos tus cosas aquí y luego el servicio las subirá a tu habitación! —indicó Sofia, deshaciéndose de su abrigo y entregándoselo a una de las amas de llaves que se acercó con presteza—. ¿Adrian ya está en casa? —le preguntó a la mujer.

—Sí, señorita Sofia. El señor Vance se encuentra en la biblioteca. Indicó que quería verlas en cuanto llegaran —respondió la mujer con tono formal.

Sofia rodó los ojos y miró a Mei.

—¿Ves? Ya empieza con sus audiencias reales. Vamos a verlo antes de que mande a su servicio secreto a buscarnos.

Mei asintió, manteniendo su expresión serena y una postura perfectamente erguida. Ambas caminaron por un pasillo lateral decorado con retratos antiguos y alfombras persas que amortiguaban el sonido de sus pasos. Al final del pasillo, se encontraban unas imponentes puertas dobles de roble. Sofia dio dos golpes firmes y, sin esperar respuesta, empujó las puertas para entrar.

La biblioteca era un espacio imponente. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de piso a techo, repletas de miles de libros encuadernados en cuero. El olor a papel viejo, madera noble y un sutil toque de tabaco y colonia de alta gama impregnaba el ambiente. Al fondo de la habitación, detrás de un enorme escritorio de caoba maciza cubierto de carpetas, pantallas y una tablet de última generación, se encontraba él.

Adrian Vance.

En cuanto las puertas se abrieron, el hombre levantó la vista de los documentos que estaba analizando. Mei sintió, de inmediato, la fuerza de su presencia. Adrian era un hombre alto, de hombros anchos y una estructura física imponente que denotaba que no solo pasaba horas en una oficina, sino que mantenía una estricta preparación física. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes caían sobre su frente. Tenía facciones angulosas, una mandíbula fuerte y una barba de pocos días que le daba un aspecto rudo y maduro. Pero lo más llamativo de su rostro eran sus ojos: de un gris acero, fríos, calculadores y extremadamente agudos.

Adrian vestía un traje sastre gris oscuro a la medida, sin corbata y con los primeros botones de la camisa blanca desabrochados, lo que le daba un aire de autoridad relajada pero peligrosa. Al ver entrar a las dos jóvenes, dejó el bolígrafo estilográfico sobre el escritorio y se reclinó en su silla de cuero, cruzando las manos.

Su mirada se desvió inmediatamente de su hermana para fijarse en Mei. Fue una evaluación rápida, fría y despiadada. Sus ojos grises la recorrieron desde las zapatillas blancas hasta su rostro juvenil, deteniéndose un segundo de más en su expresión dulce e inocente. Mei pudo sentir el peso de ese escrutinio. Era una mirada llena de prejuicios, una que la clasificaba al instante en la categoría de "molestia", "niña consentida" y "distracción".

—Adrian, ella es Mei. Mi mejor amiga de la universidad de Guangzhou —anunció Sofia, rompiendo el silencio y colocándose al lado de Mei con orgullo.

Adrian no se levantó de su asiento de inmediato. Se tomó un par de segundos, manteniendo la tensión en el aire, antes de ponerse de pie con una elegancia felina que denotaba poder. Caminó rodeando el escritorio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y se detuvo a un par de metros de ellas. Su altura obligó a Mei a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.

—Así que tú eres la famosa Mei —dijo Adrian. Su voz era profunda, un barítono áspero que resonó en el silencio de la biblioteca con una autoridad incuestionable—. Sofia ha estado hablando de tu llegada durante semanas.

—Es un placer conocerlo, señor Vance —respondió Mei en un inglés impecable, con un acento suave pero perfectamente modulado. Hizo una sutil inclinación de cabeza, un gesto de cortesía tradicional que denotaba respeto pero no sumisión.

Adrian arqueó una ceja, visiblemente escéptico.

—Espero que el viaje haya sido cómodo —dijo, aunque su tono carecía de cualquier rastro de genuina hospitalidad—. Debo ser honesto desde el primer momento. Esta no es una casa de vacaciones, señorita Zhang. Mi hermana tiene la tendencia de olvidar que el año académico requiere disciplina y enfoque. Acepté que te hospedaras aquí bajo la condición de que no te convirtieras en una distracción para sus estudios. Tengo una empresa que dirigir y muy poca paciencia para los dramas juveniles y las salidas nocturnas que Sofia suele organizar.

Sofia resopló, visiblemente molesta por la frialdad de su hermano.

—¡Adrian! Acaba de llegar de un vuelo de quince horas y lo primero que haces es darle un sermón sobre disciplina. Mei es la estudiante más brillante de su promoción, no necesita que tú le digas cómo estudiar.

Adrian ignoró por completo la queja de su hermana, manteniendo sus ojos grises clavados en Mei. Esperaba ver una reacción de timidez, miedo o indignación en el rostro de la joven china. Estaba acostumbrado a que las personas se encogieran o tartamudearan bajo su mirada severa. Sin embargo, para su sorpresa, los ojos oscuros de Mei permanecieron tranquilos, como un lago en una mañana sin viento. No había rastro de nerviosismo en ella.

—Entiendo perfectamente sus preocupaciones, señor Vance —respondió Mei, manteniendo una sonrisa educada y serena—. Mi prioridad aquí es mi educación y aprender de la cultura europea. Le aseguro que no seré una carga ni una distracción para Sofia, ni mucho menos para usted. De hecho, valoro mucho la disciplina. Estoy segura de que no tendremos ningún inconveniente durante mi estancia.

Adrian entornó los ojos ligeramente. Esa respuesta, tan madura, medida y desprovista de cualquier actitud defensiva, lo tomó por sorpresa. Por un breve instante, sintió que detrás de esa fachada de porcelana e ingenuidad había algo más, una capa oculta que no lograba descifrar del todo. Pero rápidamente descartó el pensamiento. Para él, Mei seguía siendo una joven frágil y desprotegida, ajena al mundo real y complicado en el que él se movía.

—Eso espero —sentenció Adrian con frialdad—. En esta casa hay reglas. El desayuno se sirve a las siete en punto. La seguridad de la mansión está estrictamente monitoreada, por lo que cualquier invitado o salida fuera de los horarios habituales debe ser notificada a mi equipo de antemano. No tolero los imprevistos.

—Entendido —asintió Mei, sin perder la calma.

—Bien. Sofia, llévala a su habitación para que se instale. Tengo trabajo que terminar —concluyó Adrian, dándoles la espalda para regresar a su escritorio, dando por terminada la audiencia de manera abrupta y arrogante.

Sofia soltó un suspiro exasperado, tomó a Mei de la muñeca y la arrastró fuera de la biblioteca, cerrando las puertas con un golpe ligeramente más fuerte de lo necesario.

Una vez en el pasillo, Sofia se llevó una mano a la frente.

—Lo siento tanto, Mei. De verdad. Te advertí que era un idiota, pero hoy se ha superado a sí mismo. ¿"No tolero los imprevistos"? ¡Por favor! Se comporta como si estuviéramos en un cuartel militar. Si por él fuera, viviríamos en un búnker subterráneo.

Mei dejó escapar una suave risita que alivió de inmediato la tensión de su amiga.

—Tranquila, Sofia. No me molesta. Tu hermano solo está tratando de protegerte y mantener el orden en su hogar. Es normal que sea desconfiado con una extraña que viene del otro lado del mundo.

—Eres demasiado buena, Mei. Ese es tu problema. Tienes alma de ángel —dijo Sofia, suspirando mientras la guiaba hacia la gran escalera—. Ven, vamos a tu habitación. Te va a encantar, me encargué personalmente de la decoración.

Mientras subían los escalones de madera, Mei miró de reojo hacia el pasillo que conducía a la biblioteca. La arrogancia de Adrian Vance era evidente, casi palpable. Era un hombre acostumbrado a controlar cada detalle de su entorno y a mirar a los demás desde una posición de superioridad. Le divertía un poco pensar en lo que pasaría si Adrian descubriera que la "niña mimada" que acababa de juzgar con tanta ligereza era capaz de desarmar a un hombre el doble de su tamaño en menos de tres segundos.

"La arrogancia suele ser el escudo de los que temen ser sorprendidos", pensó Mei, recordando una de las tantas enseñanzas de su abuelo.

La habitación asignada a Mei era espaciosa, luminosa y sumamente acogedora. Tenía un gran ventanal que daba a los jardines traseros de la propiedad, una cama tamaño queen con sábanas de seda blanca, un elegante escritorio de madera clara y una estantería vacía esperando por sus libros. En una esquina, su maleta ya había sido colocada por el personal de la casa.

—¡Tachán! —exclamó Sofia, abriendo los brazos—. ¿Qué te parece? Traté de que tuviera mucha luz natural porque sé que te gusta leer por las mañanas.

—Es hermosa, Sofia. Muchas gracias. Es perfecta —dijo Mei, acercándose al ventanal para observar el jardín.

A lo lejos, pudo ver una estructura acristalada que parecía un invernadero y, más allá, una zona despejada de césped rodeada por altos muros de piedra. Un lugar perfecto para sus entrenamientos matutinos, pensó con satisfacción. No podía permitirse descuidar su condición física ni un solo día; la disciplina era lo que mantenía su mente clara y su cuerpo ágil.

—Te dejaré sola para que despaques y descanses un poco —dijo Sofia, dándole un rápido abrazo—. Cenamos a las ocho. Y no te preocupes, Adrian rara vez cena con nosotras debido a sus reuniones de negocios. Tendremos una velada tranquila.

—Gracias, Sofia. Nos vemos en un rato.

Una vez que se quedó sola, Mei cerró la puerta de la habitación y dejó salir un largo suspiro. Se acercó a su maleta, la abrió y comenzó a organizar sus pertenencias con una precisión casi militar. Cada prenda de ropa fue doblada con exactitud y colocada en el armario. En el escritorio, acomodó sus cuadernos de notas, sus bolígrafos y un pequeño marco de fotos de madera donde aparecía ella junto a su abuelo, ambos vistiendo trajes tradicionales de entrenamiento y sonriendo frente al templo de su familia.

A un lado de la cama, en un compartimiento oculto de su mochila de viaje, Mei extrajo un par de vendas de algodón para las manos y un estuche de cuero que contenía unas agujas de acupuntura chinas, herencia de la medicina tradicional que su madre le había enseñado. Colocó el estuche en el cajón de la mesa de noche, asegurándose de que estuviera al alcance de su mano.

Cuando terminó de acomodar todo, Mei se acercó al ventanal. La llovizna finalmente había comenzado a caer, empañando el cristal y cubriendo el jardín de un velo misterioso.

En la planta baja, en la biblioteca, Adrian Vance se encontraba de pie frente al gran ventanal de su oficina, observando las gotas de lluvia resbalar por el vidrio. Sostenía un vaso de whisky de cristal tallado en la mano, pero no había bebido ni un sorbo.

La imagen de Mei seguía dando vueltas en su mente, algo que le irritaba profundamente. Había algo en su postura, en la firmeza de sus ojos oscuros, que no encajaba con la descripción de "estudiante universitaria ingenua y dulce". Adrian se ganaba la vida leyendo a las personas, detectando amenazas y analizando el lenguaje corporal de sus clientes y adversarios. Su instinto, entrenado en los escenarios más peligrosos del mundo, rara vez se equivocaba. Y su instinto le estaba diciendo que la amiga china de su hermana era un enigma que no podía descifrar a simple vista.

—Una distracción —susurró Adrian para sí mismo, dando un sorbo a su copa—. Eso es lo que es. Solo una niña que Sofia ha traído para jugar a las muñecas. No tengo tiempo para esto.

Dejó el vaso sobre el escritorio de un golpe seco y volvió a sentarse frente a sus pantallas de seguridad, intentando concentrarse en los informes de su empresa. Pero, por primera vez en mucho tiempo, la fría lógica que gobernaba su vida se sentía extrañamente perturbada por la llegada de una presencia que, sin que él lo supiera, cambiaría su mundo para siempre.

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