Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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Capitulo 7:La desición está tomada
El teléfono de Elisa vibró sobre la mesa de la cocina con un sonido que la hizo saltar: sabía que era él, porque tenía el tono reservado solo para sus llamadas. Respiró hondo, miró hacia las escaleras para asegurarse de que Luis no bajaba todavía, y contestó en voz baja, casi un susurro:
—¿Sí?
—Por fin estás sola —dijo Marco al otro lado, con esa voz profunda y cargada de emoción que la ponía la piel de gallina—. Sabía que en cuanto él subiera a arreglar sus cosas tendrías un minuto para mí. ¿Te has enterado ya? ¿Te ha contado la gran noticia?
—Sí… acaba de decírmelo —respondió ella, apretando los ojos para no llorar.
—¡Claro que sí! —exclamó él, y se notaba en su tono la inmensa satisfacción, esa emoción varonil que no podía ni quería ocultar—. Fui yo, Elisa. Todo lo organicé yo. Hablé personalmente con los directivos, revisé cada detalle, pedí que fuera él el elegido. Sabía que esto nos abriría las puertas que antes estaban cerradas. Ahora no tendremos que escondernos en hoteles ni esperar a que se vaya de la oficina. Allí nadie nos conoce, nadie nos vigila. Podremos vernos cuando queramos, estar juntos sin miedo, sin tener que fingir. Será como debe ser: tú y yo, libres.
Hablaba con una pasión desbordada, seguro de que ella compartiría su alegría, convencido de que este era el comienzo de la vida que ambos merecían. Pero Elisa tuvo que cortarle las palabras, con la voz temblorosa pero firme:
—Marco… yo me voy con él.
Hubo un silencio total al otro lado de la línea. Un silencio que duró varios segundos, que parecieron una eternidad. Cuando él volvió a hablar, su tono ya no era el mismo: se había roto esa seguridad absoluta, sonaba desconcertado, como si no hubiera entendido bien lo que acababa de oír.
—¿Qué dices? —preguntó despacio—. ¿Cómo que te vas con él? ¿Acaso no me has oído? He dicho que ahora podremos estar juntos. He conseguido todo esto para ti. Para nosotros.
—Lo sé —dijo ella, y se le quebró la voz—. Sé lo que hiciste, y te agradezco todo lo que has hecho por mí. Pero he pensado mucho… y mi decisión está tomada. Me voy con Luis.
—No… no puede ser —replicó él, y por primera vez Elisa notó desesperación en su forma de hablar—. No puedes decirme eso ahora. ¿Todo lo que hemos vivido no significa nada? ¿Todo lo que te he dado, todo lo que siento por ti, no vale más que esta vida que te espera con él? Yo te quiero, Elisa. Te quiero de verdad, no como él que te tiene en una jaula de respeto y miedo. Yo te deseo, te admiro, daría cualquier cosa por tenerte a mi lado siempre.
—Lo sé, Marco. Pero él es mi esposo. Tengo un compromiso con él, y no puedo romperlo así como así. Me voy mañana por la mañana. No nos veremos más. Adiós.
—¡No, espera! —gritó él, y su voz se alzó con una urgencia que nunca antes había mostrado—. ¡No cuelgues todavía! Por favor, escúchame. No te vayas. Te lo ruego. Haré lo que sea, lo que tú quieras. Si no te gusta la ciudad nueva, hacemos que se quede aquí con el mismo puesto, o mejor. Si te preocupa algo, dímelo y lo arreglo. No te vayas con él, por favor. No puedo perderte. No puedo volver a verte solo en mi mente.
—No hay nada que arreglar —respondió ella, con lágrimas ya corriendo por sus mejillas—. Ya lo he decidido. No busques más formas de convencerme. No servirá de nada.
—¿Acaso no te hago sentir bien? —preguntó él, y ahora su tono era casi una súplica, un hombre fuerte y orgulloso rogando sin vergüenza—. ¿No te he dado todo lo que he podido? ¿No te he demostrado que eres la única mujer que me importa? Dime qué te falta, Elisa. Dime qué debo hacer para que te quedes. Me humillaré todo lo que haga falta, lo que tú pidas, pero no te vayas. No me dejes solo con este vacío que se me queda en el pecho solo de pensarlo.
—Me voy —repitió ella, con un hilo de voz—. Gracias por todo. Adiós, Marco.
—¡Elisa, por favor! ¡No hagas esto! —alcanzó a gritar él, desesperado, pero ella ya había apretado el botón para colgar.
Se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono mudo de la línea, mientras el eco de sus súplicas todavía le resonaba en los oídos. Arriba, Luis seguía moviendo cajas y abriendo cajones, sin saber que abajo su esposa acababa de despedirse del hombre que había movido el mundo por ella.