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La Fugitiva Del Rey Lycan

La Fugitiva Del Rey Lycan

Status: En proceso
Genre:Arrogante / Hombre lobo / Posesivo
Popularitas:12.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia Hache

"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".

Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.

Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.

Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.

NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Al salir del patio, el aire frío de la mañana golpeó el rostro de Sofía, pero por fin pudo soltar el aire que contenía en los pulmones. El pecho le dolía. Toda esa farsa, el tener que morderse la lengua y esconderse bajo el nombre de Elena por un crimen que ella ni siquiera había cometido, se estaba transformando en una tortura psicológica insoportable. Ella no había matado a Gavin; solo había sido la víctima de una tragedia que le arrebató a su *mate* en la boda de su propia hermana Tania.

Greta la tomó firmemente de la mano, sacándola del adormecimiento de sus pensamientos, y la hizo caminar junto a ella por los pasillos laterales que conducían a los establos traseros del palacio.

—Tengo que ir al pueblo a buscar algunos suministros que necesitamos en la cocina del palacio. Y vendrás conmigo—dijo la anciana en voz baja, acomodándose una gruesa manta de lana sobre los hombros.

Sofía miró a su alrededor con los ojos abiertos por el pánico, deteniendo el paso en seco antes de llegar al portón de salida.

—Pero no puedo salir del palacio, Greta —dijo ella, con la voz rota por el susto, asegurándose de que ningún guardia estuviera lo suficientemente cerca para escucharla—. Si alguien me ve afuera... si mis captores...

—Escucha —la interrumpió la mujer, tomándola de las mejillas con suavidad pero con firmeza—. Las personas que te estaban persiguiendo esa noche no saben que estás aquí. Seguro piensan que moriste en la tormenta o que huiste hacia otra manada. Además, no te puedo dejar sola en el castillo por unas horas; con la guardia tan alterada por los informes de la frontera, si te ven deambulando sin mí, Kaelen empezará a hacer preguntas que no podremos responder. Tienes que venir conmigo.

Sofía apretó los labios con fuerza, sintiendo el nudo de la impotencia en la garganta. Miró hacia el imponente sendero de piedra que bajaba de la montaña hacia el pueblo civil y luego hacia la seguridad relativa del subsuelo del palacio. Greta tenía razón: quedarse sola en el castillo con la inspección tan reciente era igual de peligroso. No le quedó más remedio que aceptar.

Se cubrió la cabeza con la capucha de una capa gris y tosca que Greta le entregó, ocultando sus facciones castañas bajo la tela áspera, y se subió a la pequeña carreta de suministro que ya estaba lista en el portón. Mientras el vehículo avanzaba y las enormes puertas de hierro del Reino Lycan se cerraban a sus espaldas, Sofía sintió que dejaba atrás su único refugio seguro, entregándose de nuevo a la incertidumbre del mundo exterior.

El trayecto hacia el pueblo de las Tierras Bajas fue un viaje sumergido en el crujido de las ruedas de madera contra la tierra húmeda y el gélido viento de la montaña. Sofía se mantuvo encogida en el rincón de la carreta, aferrando los bordes de su capa gris con los dedos rígidos. Cada sombra entre los densos árboles del camino le parecía la silueta de un rastreador de su padre; cada crujido de las ramas, el anuncio de que Borís Ivanov o los guardias de su hermana Tania venían a cobrar su cabeza por una muerte de la que solo era testigo y víctima.

Cuando la carreta finalmente entró en el poblado, el bullicio de los comerciantes y lugareños inundó sus oídos. Era un asentamiento rústico pero próspero, un lugar donde los humanos comunes de las Tierras Bajas y los licántropos de menor rango convivían bajo la estricta y distante protección del Rey César. El olor a pan recién horneado, cuero curtido y leña quemada llenaba el aire, distrayendo por un momento el constante aroma a menta y alcanfor que envolvía a Sofía.

Greta detuvo el vehículo cerca de la plaza del mercado y bajó con la agilidad que le daban sus años de experiencia.

—Mantén la capucha puesta y no te alejes de mí —le indicó la anciana en un murmullo rápido, ofreciéndole un brazo para que se apoyara—. Si alguien te habla, recuerda el papel: solo asiente y mírame a mí. Seremos rápidas.

Sofía asintió, tragándose el nudo de ansiedad que se le formaba en la garganta. Bajó de la carreta con cuidado y se pegó al costado de Greta, convirtiéndose de nuevo en esa sombra silenciosa y asustadiza. Caminaron entre los puestos de verduras, sacos de grano y telas ásperas. Para los lugareños, solo eran la vieja cocinera del palacio y su ayudante de confianza haciendo los recados habituales.

Sin embargo, la tensa calma del mercado se rompió cuando llegaron a la zona de la estafeta de correos y suministros principales del pueblo.

Frente al tablón de anuncios de madera del ayuntamiento local, un grupo de hombres de la comarca discutía en voz baja, rodeando un pergamino recién clavado que llevaba el sello oficial de una manada extranjera. Sofía sintió que el corazón se le detenía por completo cuando, al pasar junto a ellos, sus ojos captaron el encabezado del papel escrito con letras gruesas y tinta negra.

*«RECOMPENSA. Se busca a la paria de la manada Ivanov por traición y sospecha de homicidio...»*

Debajo del texto, aunque rústico, había un dibujo de sus facciones y una descripción detallada de sus rasgos.

A Sofía se le cortó la respiración y sus piernas amenazaron con ceder en medio de la calle adoquinada. La mano de su padre había llegado legalmente hasta las colonias civiles del Reino Lycan. Borís no había enviado guerreros a invadir, pero estaba usando la burocracia y el oro para inundar cada rincón con su rostro, asegurándose de que si "la defectuosa sin lobo" intentaba refugiarse en los pueblos humanos, cualquiera la entregara por un puñado de monedas.

Greta, que en ese momento estaba revisando unos sacos de sal con el mercader, no notó el desvío de la joven. Pero la loba oculta de Sofía, alertada por el peligro inminente y la mirada fija de un par de pueblerinos que empezaban a comparar el cartel con las pocas personas que pasaban por la calle, lanzó una sutil pero desesperada alerta en su pecho.

Sofía tiró suavemente de la manga de la capa de Greta, con los dedos temblando de forma incontrolable. Cuando la anciana se giró y vio el rostro desencajado de la chica, oculto en las sombras de la capucha, y la dirección en la que apuntaban sus ojos aterrorizados, comprendió de inmediato que debían largarse de allí antes de que el menor de los descuidos las delatara.

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Florinda Morales
Excelente. Todo. El tema, la redacción, la ortografía, los personajes, la trama, el desarrollo, la expectativa que genera cada capítulo. De los mejores que he leído en esta plataforma. Lo recomiendo ampliamente sobre todo a quienes le gustan este género
Dalia Hache: Muchas gracias 🥰
total 1 replies
María del Carmen Hernandez
excelente novela 👍 👏
Milagros Sanabria
me encantó tu novela. esta muy buena, cada párrafo te va atrapando cada ves mas muchas felicitaciones 👏🥰
Miriam Lenny Miranda
Espero con ansias el próximo capítulo
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