¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Pasarelas Y Circuitos
A menudo, Gonzalo me acompañaba a mis sesiones de fotos. Se sentaba en un rincón del estudio con su computadora portátil, trabajando en los presupuestos de sus clientes mientras me observaba posar frente a las cámaras. Su presencia me daba una seguridad increíble. Ya no me importaba si mi pose no era perfecta o si un mechón de cabello se salía de su lugar; sabía que, al final del día, para el hombre que me esperaba en el rincón, yo era perfecta tal y como era.
—Eres una artista, Yadira —me dijo una tarde mientras caminábamos de regreso del estudio fotográfico—. La forma en que manejas las luces y tu cuerpo es increíble. Es como calibrar un circuito de alta precisión, pero con emociones.
—Gracias, mi amor —respondí, entrelazando mis dedos con los suyos—. Aunque creo que tu trabajo tiene mucho más mérito. Tú devuelves a la vida cosas que la gente ya daba por perdidas.
—Es solo cuestión de paciencia y de saber buscar dónde está la falla —sonrió él, deteniéndose frente a la vitrina de una tienda de electrodomésticos antiguos—. Mira esa radio de los años cincuenta. Apuesto a que solo necesita un par de condensadores nuevos y volverá a sonar como el primer día.
Me quedé mirándolo, admirando su pasión. Gonzalo no solo reparaba aparatos electrónicos; tenía una capacidad innata para ver el valor y la belleza en las cosas que otros descartaban. Entendí que eso era exactamente lo que había hecho conmigo. Cuando yo estaba rota por dentro, cargando con el peso de un amor silencioso que me asfixiaba, Gonzalo no intentó forzarme a cambiar. Simplemente se quedó a mi lado, ofreciéndome su paciencia y su cariño hasta que estuve lista para volver a sonar con fuerza.
Esa noche, decidimos quedarnos en mi apartamento. Gonzalo me ayudó a preparar la cena y luego nos sentamos en el sofá a ver una película. A mitad de la filmación, me di cuenta de que no estaba prestando atención a la pantalla. Estaba absorta mirando el perfil de Gonzalo, la línea de su mandíbula, sus pestañas oscuras y la calma que transmitía su respiración.
—¿Qué pasa? ¿Tengo salsa en la cara? —preguntó él, girándose para mirarme con una ceja levantada.
—No —sonreí, acariciando su mejilla—. Solo estaba pensando en lo afortunada que soy de tenerte. Lamento haber tardado tanto en darme cuenta de lo que tenía justo frente a mí.
Gonzalo tomó mi mano y la besó con suavidad.
—El tiempo de Dios es perfecto, Yadira —susurró, usando una frase que su abuela solía decirle—. No importa cuánto tardamos en llegar aquí. Lo único que importa es que estamos juntos ahora, y que no tengo ninguna intención de dejarte ir.
Me acurruqué en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, sintiendo que por fin había encontrado el circuito perfecto donde mi energía y la suya fluían en una sintonía inquebrantable.
A pesar de la inmensa felicidad que compartía con Gonzalo, había un pequeño fantasma del pasado que a veces rondaba mi mente. No era un sentimiento de amor hacia Jester, sino la culpa del silencio. Gonzalo y Jester eran como hermanos; compartían una historia de vida que iba mucho más allá de nuestra llegada al grupo. A veces, cuando los veía reír juntos, sentía una punzada de incomodidad al pensar que le había ocultado a mi novio el hecho de haber estado enamorada de su mejor amigo durante años.