Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 19 Huele increíble
Lucrecia arrastró a Fabiana a la cocina, que parecía el puente de mando de una nave espacial.
—Ok, cuñada. Momento de verdad —susurró, abriendo un refrigerador del tamaño de un auto pequeño.
—¿Qué le gusta comer a tu "esposo" cuando no está haciendo pucheros por fiebre o jugando al caballero andante? ¿Alguna alergia? ¿Algo que odie?
Fabiana abrió la boca y la cerró. Lo pensó. Un mes en el hospital, y solo sabía que toleraba bien la papilla y la sopa. De sus gustos reales, de su vida antes del accidente, no sabía nada. La verdad era tan obvia y vergonzosa que Lucrecia la leyó en su rostro.
—Dios mío —murmuró Lucrecia, más divertida que escandalizada.
—No tienes ni idea. Bueno, hoy improvisamos. Algo clásico, elegante, difícil de odiar. Y mañana… mañana empiezas a investigar. Revisa sus facturas de tarjeta de crédito (online, obvio), fíjate en los restos de comida que pida, ¡pregúntale! En su mundo, lleváis años casados. Es normal que le preguntes si quiere pasta o pescado.
Era un juego dentro del juego. Un curso acelerado para fingir intimidad doméstica. Fabiana asintió, sintiéndose como una espía incompetente en misión encubierta. Mientras ayudaba (o estorbaba) a Marta en la cocina, su mente no podía evitar volar hacia Lucian. ¿Dónde estaría? ¿Qué estaría haciendo? ¿Y si Miguel…? Un escalofrío de temor, mezclado con esa peligrosa chispa de gratitud y algo más, la recorrió.
El nido era acogedor, sí. Pero el pájaro que lo habitaba, temporalmente, tenía garras. Y había salido a cazar.
Lucrecia arrastró a Fabiana a la cocina, que parecía el puente de mando de una nave espacial.
—Ok, cuñada. Momento de verdad —susurró, abriendo un refrigerador del tamaño de un auto pequeño.
—¿Qué le gusta comer a tu "esposo" cuando no está haciendo pucheros por fiebre o jugando al caballero andante? ¿Alguna alergia? ¿Algo que odie?
Fabiana abrió la boca, pero esta vez, en lugar de un vacío absoluto, su mente de asistente ejecutiva de dos años se puso en marcha. Los archivos mentales se abrieron.
—Tiene alergia a los mariscos —dijo, con la seguridad de quien ha cancelado reservas en restaurantes de marisquería y ha reescrito menús para eventos.
—Específicamente, a los crustáceos. Los moluscos los tolera, pero no le gustan. —Hizo una pausa, buscando en su memoria.
—No le gusta el cilantro. Lo llama 'el jabón de la comida'. Y el café… lo toma negro, sin azúcar, pero solo una taza por la mañana. Después del mediodía, prefiere té verde. En cuanto a gustos… —Frunció el ceño, tratando de separar los datos del jefe de los del "esposo".
—Le gusta la carne a punto, los sabores ahumados, el whisky single malt… y, por extraño que parezca, el pan de plátano. Una vez, en una maratón de trabajo, pedí uno entero y desapareció en una hora.
Lucrecia la miró con los ojos como platos, y luego una sonrisa lenta y admirada se extendió por su rostro.
—Vaya. No estás tan perdida como pareces —dijo, impresionada.
—Tienes el manual de usuario básico. Eso es más de lo que Patricia sabía después de dos años de 'compromiso'.
La mención de Patricia hizo que Fabiana se estremeciese, pero se aferró a la información como a un salvavidas.
—Es mi trabajo… era mi trabajo saberlo —se corrigió.
—Pero no sé… qué le gusta en una cena tranquila en casa. O qué cocinaba para él. Esa parte de la ficha biográfica no me la dieron.
—Bueno, hoy toca crear la tradición —declaró Lucrecia, frotándose las manos.
—Con lo que sabemos, podemos hacer algo infalible. Un solomillo a punto, unas patatas asadas con romero (nada de cilantro, obvio), y de postre… —su mirada brilló con malicia—. ¿adivina qué vamos a intentar hacer, cuñada?
Fabiana la miró, y un atisbo de complicidad genuina asomó en sus ojos.
—¿Pan de plátano?
—¡Exacto! Vamos a conquistar el corazón (y el estómago) de mi primo a través de sus papilas gustativas amnésicas. Y si falla, siempre podemos decir que se lo inventó en su cabeza también.
El penthouse se transformó. El aire, antes cargado de silencio lujoso, ahora olía a romero, carne asada y pan de plátano recién horneado.
Marta, la cocinera, había resultado ser una genio siguiendo las instrucciones precisas de Fabiana ("solomillo a punto, sin cilantro, patatas con romero"). El resultado era un festín que hubiera impresionado en cualquier restaurante de cinco estrellas.
Lucrecia había puesto la mesa en el comedor con vista panorámica a la ciudad, usando la vajilla de porcelana fina y las copas de cristal que Fabiana solo había visto en fotos de revistas.
Ana y Lino, cambiados con la ropa más presentable que tenían en sus maletas, parecían a la vez intimidados y conmovidos por todo el despliegue.
El momento clave llegó cuando se oyó la puerta principal. Todos se quedaron quietos. Los pasos de Lucian resonaron en el mármol del recibidor, seguidos por los más firmes de Jasen.
Lucian apareció en el umbral del comedor. Se había quitado la chaqueta y llevaba los puños de la camisa remangados. No parecía herido, pero había una energía diferente en él: una fatiga satisfecha, la quietud de un depredador que ha resuelto un problema.
Su mirada barrió la escena: la mesa impoluta, sus "suegros" expectantes, Lucrecia con una sonrisa pícara, y Fabiana, de pie junto a su silla, con un delantal aún atado sobre su ropa casual.
Por un segundo, su expresión fue inescrutable. Luego, algo se suavizó en sus ojos. Era como si la escena doméstica, esta mentira materializada, encajara perfectamente en el hueco de su confusión, llenándolo de una calma profunda.
—Huele increíble —dijo, y su voz sonó normal, incluso cálida. Se dirigió directamente a Fabiana.
—Has estado ocupada, preciosa.
Esa palabra, "preciosa", dicha así, delante de sus padres, le encendió las mejillas a Fabiana.
—Es… Marta cocinó. Yo sólo… di indicaciones —balbuceó.
—Las indicaciones correctas, al parecer —comentó él, acercándose a la mesa y oliendo el solomillo con aprobación. Era el gesto de un hombre que sabe de buena comida, no de un delirante. Se sentó a la cabecera de la mesa, el rey regresando a su castillo.
—Por favor, siéntense todos.
La cena comenzó con una formalidad tensa. Lino intentó hacer conversación.
—El apartamento es… muy bonito, Lucian. Muy… amplio.
—Gracias, papá Lino. Es nuestro hogar —respondió Lucian, sirviéndose vino tinto con naturalidad.
—O al menos, uno de ellos. Cuando ustedes estén mejor, podemos buscar algo más acogedor para todos.
Ana casi se atraganta con un sorbo de agua. Fabiana le lanzó una mirada de advertencia.