Greicy y Luis se odian desde el primer día. Ella es fuego, debate y no se deja. Él es calma fría, sarcasmo y siempre tiene la última palabra. En el salón son rivales. Fuera de él, son el chiste de sus amigos. Hasta que Luis, harto de discutir, la besa para callarla. Ese beso rompe todo. Desde entonces, descubre que es la única forma de desarmarla, y ella descubre que para desarmarlo tiene que ir más allá del beso. Pero una mentira de su ex los separa justo en graduación. Años después, ella sobrevive a una pandemia que le arrebata todo, él se vuelve cantante y le escribe su mayor éxito. Se reencuentran en Sinaloa, y Luis no está dispuesto a dejarla ir de nuevo.
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la boda que si valio
El camión de la producción salió de Monterrey a las 4 de la mañana. Greicy no había dormido. Llevaba el vestido blanco de la sesión en una funda, colgado detrás del asiento, como si fuera un fantasma.
Luis iba a su lado, con el traje en las piernas, con ojeras, tomando su mano por debajo de una cobija para que nadie viera. Iker iba adelante, con audífonos, revisando su plan.
La playa era en Altata, Sinaloa. Una playa privada que el papá de Iker había rentado. Había un arco de flores blancas, sillas blancas, un juez de verdad con libro en mano, y un letrero que decía "Boda Luis & Greicy - Video Oficial".
Greicy bajó del camión y sintió el calor pegajoso y el olor a mar. Se sintió pequeña.
"¿Por qué hay un juez real?", le susurró a Luis.
Luis también lo vio y se le tensó la quijada. "No sé. Dijeron que era actor."
Iker bajó y aplaudió. "¡Llegamos! ¡Bienvenidos a su boda! Chicos, les presento al Juez López. Él va a hacer la ceremonia para que se vea súper real en cámara. Es un juez de verdad, pero no se preocupen, es solo actuación. Guiño, guiño."
El juez los saludó, serio, con traje gris. "¿Traen sus INE?"
Greicy y Luis se miraron. Eso ya no sonaba a actuación.
"¿Para qué necesita nuestras INE si es falso?", preguntó Luis.
"Para el video. Para que se vea que firman algo. Es utilería. Pura escenografía", dijo Iker rápido, pero su sonrisa ya no era sonrisa, era amenaza.
Una maquillista se llevó a Greicy a una carpa. Le puso el vestido blanco de verdad, el bueno, no el de prueba. El que tenía cola. Le puso flores en el pelo. Le temblaban las manos.
"Mariana, algo no me gusta", le mandó un audio a su amiga. "Hay un juez de verdad. Dice Iker que es actuación, pero me pide mi INE. ¿Qué hago?"
Mariana le contestó al segundo: "No firmes nada legal, Greicy. Solo firma si dice 'utilería' o 'sin validez'. Si no, salte de ahí."
Greicy respiró. Se miró al espejo. Se veía hermosa. Se veía como una novia. Y por un segundo, olvidó el miedo y pensó: ¿y si fuera real con Luis? ¿No sería tan malo? Estaba enamorada de él. Desde el primer beso para callarla, lo estaba.
Afuera, Luis se estaba cambiando. Le mandó mensaje a su mamá: "Mamá, estoy en Sinaloa. Me van a casar de mentiras para un video. Si algo sale mal, ¿me ayudas?"
Su mamá: "Mijo, si te casas, que sea porque quieres, no porque te obligan. Pregunta bien qué estás firmando."
A las 6 de la tarde, con el atardecer naranja más bonito que habían visto, empezó todo.
Había drones grabando. Había dos cámaras. Había 10 personas de staff que aplaudían cuando les decían.
Greicy caminó por un pasillo de arena. No había nadie entregándola, así que caminó sola, descalza, con el vestido arrastrando. Luis la esperaba en el arco, de traje negro, sin corbata, con el pelo despeinado por el viento. Cuando la vio, se le olvidó que había cámaras.
Porque tenía que ser ella. Caminando hacia él en una playa, de blanco. Su Greicy. La niña que había conocido en una mesa equivocada. La que odiaba y amaba con la misma intensidad.
Llegó frente a él. Le tomó las manos. Estaban frías otra vez.
"¿Estás bien?", susurró él.
"No. ¿Tú?"
"Tampoco. Pero te ves... Greicy, te ves..."
"No digas nada o voy a llorar."
El juez empezó a hablar. Al principio, todo sonaba a guion: "Estamos aquí reunidos para celebrar el amor..."
Greicy y Luis se miraban, intentando seguir el juego. Hasta que el juez dijo: "Por favor, entreguen sus identificaciones y firmen aquí donde dice contrayentes."
Iker, desde atrás, hizo una seña a las cámaras: "¡Más cerca! ¡Más cerca!"
Luis tomó el acta. La leyó. Arriba decía "Acta de Matrimonio - Registro Civil de Navolato, Sinaloa". No decía "utilería". No decía "sin validez". Decía "Acta de Matrimonio" con sellos oficiales. Con folios reales.
Se le heló la sangre. Miró a Greicy. Ella también lo estaba leyendo por encima de su hombro. Sus ojos se abrieron enormes.
"Esto es real", susurró ella, pálida.
"Es un acta real", dijo Luis en voz alta, volteando hacia Iker. "¡Esto no es parte del video! ¡Esto es un acta de verdad!"
El juez se incomodó. "Joven, si no quieren casarse, no firmen. Yo solo estoy aquí porque me contrataron para una ceremonia. Me dijeron que ambos estaban de acuerdo."
Iker se acercó, con voz baja pero filosa: "Firmen. Es parte del contrato. Punto 7.2. Si no firman, incumplen y pagan 500 mil. Y además, se acaba tu carrera, Luis. Yo tengo el video. Si no firman, subo que te negaste a cumplir y te quemo en la industria. Firman, hacen la escena, y luego lo anulamos. Es fácil anularlo. Solo firmen para la toma."
Era mentira. Anular un matrimonio en México no es fácil. Pero ellos tenían 19 años, estaban a 800 kilómetros de casa, con un vestido de novia y un traje, con gente mirando.
Greicy miró a Luis, con lágrimas ya cayendo por su maquillaje. "¿Qué hacemos?"
Luis miró el acta. Miró a Greicy de blanco. Miró a Iker. Y en un segundo de locura, de amor, de miedo y de coraje, pensó: si tengo que estar atado a alguien por papeles, que sea a ella. No por contrato, sino porque quiero.
"¿Te quieres casar conmigo de verdad?", le preguntó a Greicy, en voz baja, solo para ella, ignorando las cámaras.
"¿Qué?"
"¿Te quieres casar conmigo? No por Iker, no por el contrato. Por nosotros. Porque tenías que ser tú. Si de todas formas tenemos que firmar, firmemos porque queremos. Yo sí quiero. Yo sí me casaría contigo hoy, aquí, aunque no hubiera cámaras."
Greicy lloró de verdad. No de actriz. De mujer.
"Sí", dijo, temblando. "Sí quiero. Pero tengo miedo."
"Yo también. Pero contigo me da menos miedo."
Y firmaron. Los dos. Con su nombre real, con su firma real, con sus INE reales. El juez los declaró marido y mujer ante la ley del estado de Sinaloa. Les puso los anillos, ahora sí reales, de oro blanco que había llevado Iker.
"Puede besar a la novia", dijo el juez.
Luis no necesitó que se lo dijeran dos veces. La besó. No como en la cafetería, no como en el debate. La besó como un esposo besa a su esposa por primera vez. La levantó del suelo, con vestido y arena y todo, y ella le rodeó la cintura con las piernas, llorando y riendo.
Las cámaras grabaron todo. Iker gritó: "¡Corte! ¡Perfecto! ¡Tenemos el video!"
Pero lo que no sabía Iker era que, para Luis y Greicy, no había sido un corte. Había sido real.
Esa noche, se quedaron en una cabaña frente al mar que la producción había rentado para ellos como "luna de miel falsa". Estaban legalmente casados. Tenían 19 años. Estaban en Sinaloa, sin dinero para regresar, con un acta que decía que eran esposos.
Se sentaron en la cama, aún vestidos de novios, mirando el acta.
"¿Qué acabamos de hacer, Salinas?", preguntó Greicy, con voz chiquita.
"Casarnos", dijo Luis, y se rió nervioso. "Nos acabamos de casar, Reyes. Ahora sí eres mi esposa."
"¿Y ahora qué?"
Luis la miró, le quitó las flores del pelo, le besó la frente, las mejillas, la boca, suave.
"Ahora nos toca pasar la noche de bodas como se debe. Pero a nuestro ritmo. Sin cámaras. Solo tú y yo. Porque ahora sí, legalmente, eres mía. Y yo soy tuyo."
Greicy se sonrojó. "Luis..."
"Tranquila. Solo vamos a dormir abrazados. Y mañana vemos cómo le explicamos a Mariana y a mi mamá que nos casamos en Sinaloa por un contrato trampa."
Se acostaron, aún con el vestido y el traje, abrazados, viendo el mar por la ventana. Por primera vez no tenían que fingir que eran pareja. Lo eran. En papel y en corazón.
Y afuera, Iker revisaba el video, sonriendo, creyendo que tenía el control. Sin saber que acababa de unirlos para siempre.
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