El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo VI Un poco de normalidad
Punto de vista de Amelia
Elena me llevó hasta su casa, la cual no se parecía en nada a la imponente fortaleza del Alfa. Era una vivienda acogedora de madera y piedra, rodeada de plantas silvestres y con una luz cálida que emanaba de las ventanas.
Apenas cruzamos el umbral de la puerta, un olor exquisito inundó mis fosas nasales: el aroma a carne guisada, especias y pan recién horneado. Mis entrañas se retorcieron al instante, emitiendo un sonido sofocado que me hizo recordar que no había probado un solo bocado en casi un día entero.
—¡Elena! ¿Qué es ese olor que trajiste? —un joven salió de la cocina secándose las manos con un paño. Tenía unos veintiséis años, el cabello castaño desordenado y unos ojos expresivos que se detuvieron en seco apenas fijaron su atención en mí.
—Camilo, ella es Amelia, la nueva doctora de la clínica —Elena me presentó de inmediato, hablando rápido como si intentara evitar que su hermano dijera algo fuera de lugar.
El muchacho me observó de arriba abajo con evidente confusión.
—Así que ella es la humana de la que todos en el pueblo están hablando... —comentó arquando una ceja.
—Así es, y esta noche se quedará a dormir con nosotros. Espero que no te moleste —añadió Elena mirando a su hermano con súplica.
Camilo relajó la mirada casi al instante y una sonrisa genuina y amable se dibujó en sus labios, haciéndolo lucir bastante simpático.
—Claro que no me molesta. Por favor, lávense las manos y pasen al comedor antes de que la cena se enfríe —nos invitó haciendo un gesto hacia la mesa.
Me lavé las manos en el pequeño baño del pasillo y me acomodé en la mesa de madera. La comida no solo olía increíble, sino que sabía espectacular.
Engullí los primeros tres bocados con una rapidez que me avergonzó un poco.
—Veo que los doctores de la ciudad tampoco comen muy bien —bromeó Camilo sirviéndome un vaso de agua fresca.
—Tenía horas sin probar alimento —admití, sonriendo de lado por primera vez en todo el día—. Y debo decir que cocinas increíble, Camilo. Si la medicina falla, definitivamente puedes abrir tu propio restaurante.
Camilo se echó a reír, apoyando los codos sobre la mesa. Tenía una energía ligera y desenfadada, completamente opuesta a la tensión aplastante que proyectaban Alexander o Marcus.
—Gracias, doctora. En una manada llena de guerreros que solo piensan en cazar y entrenar, alguien tiene que saber combinar las especias —guiñó un ojo—. Además, al ser un omega, mis tareas en la manada son más tranquilas. Ayudo en las logísticas y en el abastecimiento.
—Es injusto cómo los encasillan a ustedes por esa estructura de rangos —comenté con sinceridad, mirando a ambos hermanos—. Tienen talento, son amables y están educados. No deberían ser vistos como inferiores solo por no ser alfas o betas.
Elena y Camilo se cruzaron una mirada de asombro ante mis palabras.
—Aquí las cosas han sido así durante siglos, Amelia —explicó Camilo con tono suave—. Los más fuertes protegen al resto, pero también imponen las reglas. Por eso nos extrañó a todos que el Alfa te trajera a ti. Un humano normalmente no sobreviviría ni un día en nuestro territorio sin la protección directa de la cumbre.
—No necesito que nadie me proteja —rebatí con terquedad, tomando un trozo de pan—. Sé cuidarme sola. En la sala de urgencias de la ciudad he tratado con delincuentes y situaciones de peligro sin necesidad de garras.
—Eres obstinada, me agrada eso —se rio Camilo—. Pero ten cuidado. No todos en la manada ven tu presencia con buenos ojos. Para muchos, una mortal cerca del Alfa es un presagio de debilidad.
Hablamos durante un par de horas más. Por primera vez desde que fui secuestrada, me sentí en un ambiente seguro y normal, riendo con personas de mi misma edad.
Sin embargo, al dar las diez de la noche y apagar las luces del salón principal, me acerqué a la ventana de la habitación que Elena me había preparado en la planta alta.
Al entreabrir las cortinas y mirar hacia la linde del bosque, a pocos metros de la casa, divisé una figura imponente apoyada contra el tronco de un enorme roble. Era Alexander. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos dorados brillaban en medio de la oscuridad de la noche, fijos en mi ventana.
No había enviado a sus guardias. El Alfa en persona estaba velando mi sueño desde la penumbra, incapaz de mantenerse alejado.
Apreté el marco de la ventana, sintiendo una mezcla extraña entre rabia por su posesividad y un vuelco involuntario en el corazón.
Me encanta esta historia💕
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto