Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 9
La mujer que quiere a los gemelos
—El auto que los interceptó pertenece a una empresa registrada a nombre de un testaferro —informó Don Simón, dos días después, con una carpeta nueva bajo el brazo, mientras yo todavía sentía punzadas en la espalda cada vez que me movía mal—. Rastreamos el dinero a través de tres cuentas puente. Lleva a Silvia Quintanar.
Dante apretó la mandíbula, un músculo saltando en su mejilla.
—Mi propia junta directiva. Debí sospecharlo antes.
—Ella ya había intentado algo parecido antes, señor, cuando el secuestro fallido del año pasado, aunque en ese momento no logramos probar su implicación directa. Ahora que la señorita Ximena se ha vuelto parte de la familia, imagino que la ve como un obstáculo nuevo que hay que quitar del camino.
¿Parte de la familia? La frase me tomó por sorpresa, aunque nadie más pareció notar lo extraño que sonaba viniendo de un mayordomo tan formal, tan medido en sus palabras. Me quedé un instante junto a la puerta del despacho, con una bandeja de té que no había alcanzado a entregar, sin saber si aclarar el malentendido o simplemente dejarlo pasar.
—Vamos a su fiesta de cumpleaños la próxima semana —decidió Dante, con una calma helada que sonaba más peligrosa que cualquier grito—. Le voy a dar un "regalo" que no va a olvidar en mucho tiempo.
—Señor, si me permite, sería prudente no tensar más la relación con la junta antes de tener pruebas irrefutables. —Don Simón hablaba con el respeto de quien lleva décadas templando el carácter de su patrón—. Una acusación pública sin sustento podría volverse en su contra, y darle a ella tiempo de cubrir sus huellas.
—No voy a acusarla de nada, todavía. —Dante se levantó, caminando hacia la ventana con las manos en los bolsillos—. Solo voy a dejarle claro que sé quién es, y que la estoy vigilando. A veces eso basta para que alguien se descuide y cometa un error.
Este hombre piensa como quien ha peleado guerras silenciosas toda la vida, pensé, observándolo desde la puerta del despacho, donde me había quedado a medio entrar sin que se dieran cuenta. Había algo casi hermoso en esa frialdad calculada, algo que contrastaba, extrañamente, con la ternura torpe que le había visto usar con Leo esa misma tarde, cuando el niño se negó a comer verduras y él terminó, sin darse cuenta, haciendo aviones con el tenedor solo para convencerlo.
—◆—
Mientras tanto, la vida en la hacienda empezaba a asentarse en una rutina que, para mi propia sorpresa, se sentía casi natural, casi cómoda, como un vestido que con los días deja de apretar. Aprendí que a Leo le gustaban los huevos revueltos sin cebolla, que apartaba con el tenedor con una precisión quirúrgica, y que Luna no tocaba nada verde a menos que se lo sirviera con una carita dibujada en salsa, negociando cada bocado como si fuera una embajadora en misión diplomática. Aprendí que Dante tomaba su café exactamente a las siete con quince, sin azúcar, en una taza específica de color azul marino que nadie más tenía permiso de usar, y que si se la servía tres minutos tarde fruncía el ceño sin decir nada, solo mirando el reloj con una paciencia que se le agotaba en silencio.
—Le puse un guardaespaldas a cada uno —anunció Dante una mañana, mientras los niños devoraban su desayuno sin prestar atención—. Nadie los toca sin que alguien de mi gente lo vea primero. Van a acompañarlos hasta al baño del colegio si hace falta.
—¿Y a mí? —pregunté, medio en broma, untando mermelada en un pan tostado.
Él no respondió, pero esa tarde, cuando fui a recoger a los niños del colegio, noté un auto discreto siguiéndome a distancia prudente todo el camino, sin acercarse demasiado, sin perderme de vista ni un segundo, doblando exactamente donde yo doblaba, deteniéndose cuando yo me detenía.
No dijo nada. Solo lo hizo. Y esa forma callada de cuidarme, sin anuncios ni discursos, se me quedó pegada en el pecho durante todo el trayecto, más de lo que cualquier palabra hubiera logrado.
En la salida del colegio, un par de madres se acercaron a felicitarme por lo bien portados que estaban Leo y Luna esa semana, con esa sonrisa cómplice que se tejía entre mamás de la banqueta, entre bolsas de mandado y celulares sonando.
—Se nota que los quiere de verdad —me dijo una, con una sonrisa cálida, ajustándose el bolso al hombro—. No como la niñera anterior, que solo miraba el reloj y contaba los minutos que le faltaban.
Sonreí, halagada, sin saber muy bien qué contestar. Los quiero. Es verdad. No sé desde cuándo, pero es verdad, tan verdad como cualquier cosa que sepa de mí misma.
Esa misma mañana, antes de recogerlos, había pasado por la farmacia a comprar curitas de dinosaurio para el raspón que Leo se había hecho en la rodilla el día anterior, y me sorprendí a mí misma sonriendo sola en la fila, imaginando la cara de satisfacción que pondría al ver el estampado. Era un gesto tan pequeño, tan doméstico, que apenas unas semanas atrás me hubiera parecido ridículo perder tiempo pensando en algo así. Ahora, en cambio, se sentía como uno de los pocos momentos del día en que mi cabeza dejaba de darle vueltas a las deudas, a la memoria perdida, a los sueños con lluvia que seguían visitándome cada tantas noches, dejándome siempre con la cara mojada y sin explicación.
Esa tarde, de regreso de comprar despensa —Don Simón seguía de reposo por un esguince que se había hecho corriendo detrás de Leo—, un auto se me atravesó de golpe en el estacionamiento del supermercado, bloqueándome la salida con un chirrido de llantas. Antes de que pudiera reaccionar, dos hombres se bajaron y me flanquearon, uno a cada lado del auto, con la calma aceitada de quien ha ensayado esa maniobra muchas veces.
—Suba —dijo el más alto, señalando el vehículo que los había bloqueado—. Alguien quiere hablar con usted. No va a tardar mucho.
—No voy a subir a ningún…
—No es una petición.
La puerta trasera del otro auto se abrió sola, con un chasquido eléctrico. Adentro, envuelta en un abrigo de piel que no correspondía a la temporada calurosa, una mujer de rasgos afilados y sonrisa fría me observaba con la paciencia de quien está acostumbrada a que la obedezcan sin discusión, un cigarrillo electrónico girando entre sus dedos como si nada más en el mundo mereciera su atención.
—Sube, Ximena —dijo, con una voz suave que no ocultaba del todo el filo debajo, como terciopelo sobre un cuchillo—. O prefieres que hablemos aquí, delante de todo el estacionamiento, con las bolsas de la despensa cayéndose al piso.
—¿Quién es usted?
—Silvia Quintanar. —Sonrió, ladeando la cabeza con un gesto casi felino—. Y tú, querida, no eres más que una empleada, una recién llegada que ni siquiera recuerda su propio pasado. Es hora de que alguien te lo recuerde con claridad.
—Bajen las manos —les dije a los dos hombres, con una firmeza que no supe de dónde saqué—. Puedo caminar sola.
Silvia soltó una risa breve, casi complacida, dando una calada al cigarrillo sin dejar de mirarme.
—Tienes agallas. Eso lo reconozco. La mayoría de la gente que se sube a este auto llega temblando, suplicando antes de que yo diga una palabra.
—La mayoría de la gente no ha pasado los últimos seis meses peleando por su vida contra un cuerpo que no termina de reconocer como propio. —Subí al auto sin que nadie tuviera que empujarme, sentándome frente a ella con la espalda recta—. Créame, esto no me asusta tanto como usted cree.
Algo cruzó por los ojos de Silvia, una sombra de incertidumbre que desapareció tan rápido como llegó, reemplazada de nuevo por esa sonrisa fría y calculadora, aunque sus dedos se cerraron con un poco más de fuerza sobre el cigarrillo electrónico.
—Qué interesante. Casi te creo.