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Tuve Trillizos del Alfa que Me Odia

Tuve Trillizos del Alfa que Me Odia

Status: Terminada
Genre:Fantasía / Aventura de una noche / Hombre lobo / Reencuentro / Brujas / Completas
Popularitas:9
Nilai: 5
nombre de autor: Rosana Lyra

Ellowen Volkov creció siendo la vergüenza de su linaje.

Pelirroja en una familia de brujas que veneraba la oscuridad. Poseedora de una magia de invierno que todos temían y nadie respetaba. La prima a la que las demás humillaban sin piedad.

Cuando su abuela anuncia que la primera heredera en quedar embarazada heredará el título de Suprema, una fortuna multimillonaria y el poder absoluto sobre el clan, Ellowen sabe que no tiene opciones convencionales. Sin pareja, sin pretendientes, sin tiempo, toma la decisión más desesperada de su vida: contratar a un desconocido.

El plan era simple. Una noche. Un hombre. Un hijo.

Pero la habitación equivocada lo cambió todo.

Porque detrás de esa puerta no esperaba un humano cualquiera. Esperaba un Alfa Lycan de dos metros, pelirrojo como ella, virgen y en pleno celo, una criatura que la reconoció como su compañera destinada antes de que ella pudiera dar un paso atrás.

Cinco días de fuego y hielo. Una marca ancestral grabada en su piel. Un vínculo entre almas que ninguno de los dos eligió.

Y después, Ellowen huyó.

Seis años más tarde, es la Suprema más poderosa que el linaje ha conocido. Sus trillizos, dos niños y una niña con ojos de tormenta y poderes que desafían toda ley mágica, son su razón de vivir y su secreto más peligroso.

Porque si la Convención de Brujas descubre que la Suprema se entregó al enemigo, la maldición caerá sobre todo el clan.

Y porque el Alfa que ella abandonó nunca dejó de buscarla.

Ahora Dagon Drakhar está en su puerta. Con los mil dólares que ella dejó en la almohada. Con seis años de furia, obsesión y un amor que ni el odio pudo extinguir.

Y esta vez, no piensa irse sin lo que es suyo.

NovelToon tiene autorización de Rosana Lyra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Ellowen Volkov

Desperté con calor en la espalda y frío en el frente.

Tardé algunos segundos en entender por qué.

El frío era mío. Siempre lo fue. Mi magia escapándose mientras dormía, cristalizando el aire alrededor sin que yo lo ordenara, esa cosa que ocurría desde los dieciséis años y que había aprendido a ignorar.

El calor era él.

Dagon estaba despierto. Bastaron apenas segundos de mi lectura mágica para saber que era un Alfa Lycan.

Lo supe antes de abrir los ojos porque sentía el peso de su brazo sobre mi cintura, pesado y caliente como tronco de árbol, y su respiración en mi nuca, demasiado lenta para ser sueño. Me quedé inmóvil un momento intentando armar el mundo en mi cabeza.

Hotel. Cuarto equivocado. Hombre equivocado.

Dos metros cinco de Lycan que había pasado la noche enseñándome lo que mi cuerpo era capaz de sentir.

Abrí los ojos despacio.

El cuarto estaba en la penumbra grisácea de la madrugada avanzada, esa hora en que la oscuridad empieza a ceder pero la luz todavía no llega de verdad. Había cristales de hielo minúsculos en la sábana frente a mí, rastro de mi propia magia, y los miré intentando recordar cuándo había perdido el control así por completo.

No logré identificar el momento exacto.

Había sido la noche entera.

El brazo sobre mi cintura se movió.

No para soltarme. Para atraerme más cerca, un movimiento lento y deliberado que presionó mi espalda contra su pecho y me hizo percibir cuánto espacio ocupaba, cuánto más grande que yo era en todos los sentidos posibles.

El calor irradiaba de su piel en oleadas densas, penetrando mi magia fría, haciendo que cada punto de contacto hormigueara con un contraste delicioso que despertaba mi cuerpo entero, mis senos sensibles rozando contra su antebrazo, un calor pulsante acumulándose entre mis piernas.

—Ellowen.

Su voz era ronca de sueño y de otras cosas, lo bastante baja para vibrar en mi esternón, y la forma en que dijo mi nombre tenía un peso que no sabía explicar. Como si la palabra le perteneciera ahora. Como si la hubiera guardado durante la noche y estuviera devolviéndola marcada.

Me giré despacio.

Me estaba mirando.

Esos ojos gris claro que brillaban en la oscuridad estaban fijos en mí con una intensidad que debería asustarme más de lo que me asustaba. Había algo en ellos que había notado la noche anterior en algunos momentos de lucidez, una contradicción que no lograba resolver, como si estuviera furioso por algo y deseando otra cosa al mismo tiempo y ninguno de los dos sentimientos ganara por completo.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí. —Mi voz salió ronca. —¿Tú no?

—Poco.

Se quedó mirándome mientras lo decía, como si dormir fuera algo que no le había pasado por la cabeza mientras yo estaba ahí. El brazo seguía sobre mi cintura, pesado y firme, y me di cuenta de que no había intentado apartarme.

Debería intentarlo.

Sabía que debería.

El problema era que mi cuerpo tenía una opinión completamente diferente al respecto.

Movió la mano despacio, subiendo por mi costado hasta el hombro, y se detuvo cuando llegó a la marca.

La mordida.

La había olvidado por algunos segundos. La marca en la unión entre mi cuello y hombro que él había dejado en la madrugada, que había dolido con una intensidad que me hizo gritar y después latido con un calor extraño que no era dolor, que era otra cosa para la que no tenía nombre.

Sus dedos tocaron el borde de la marca con una delicadeza absurda comparada con el resto de la noche. Los callos ásperos rozaban la piel sensible, enviando descargas calientes que bajaban directo a mi vientre, haciendo que mis pezones se endurecieran y un calor húmedo se extendiera entre mis muslos.

Después se inclinó.

Y puso la boca ahí.

No fue beso. Fue veneración.

Sus labios recorrieron la marca despacio, calientes y suaves, la lengua tocando el centro con una gentileza que me hizo cerrar los ojos sin decidirlo, que me hizo contener la respiración y soltarla temblorosa.

Lamió despacio, como si estuviera curando algo, como si ese lugar fuera lo más importante que había tocado en su vida, y un sonido bajo y satisfecho salió de su pecho y vibró contra mi piel.

Cada pasada de la lengua caliente enviaba oleadas profundas de placer que se irradiaban por mi cuello, pecho y bajaban hasta el centro pulsante entre mis piernas, haciendo que mis caderas se movieran involuntariamente contra él.

—Dagon. —Su nombre salió sin que lo planeara.

Levantó el rostro y me miró de cerca.

—Soy yo —dijo, como si confirmar su propia existencia fuera necesario. —Estoy aquí.

No tenía sentido que eso me calmara.

Me calmó.

Y eso me confundió más que cualquier otra cosa de la noche entera.

Volvió a la marca. Besó de nuevo, despacio, bajando levemente por el cuello y subiendo de vuelta, repitiendo el trayecto con una paciencia que contrastaba con todo lo que había pasado antes, con la intensidad del celo que yo había sentido en él, con las garras y el gruñido y la fuerza que no era crueldad pero era arrolladora de todos modos. Sus labios succionaban suavemente, la lengua trazando patrones que hacían que mi piel se erizara y mi cuerpo se arqueara contra el suyo, buscando más contacto.

Este Lycan era diferente.

Este era casi gentil.

Y por algún motivo este era más peligroso.

—Eres una bruja —dijo contra mi piel.

No era pregunta.

Me paralicé.

—Sí.

Silencio de algunos segundos. Sentí la tensión entrar en su cuerpo, los músculos poniéndose rígidos bajo mi mano que se había posado en su pecho en algún momento sin que yo lo notara.

—Lo sé —dijo. La voz había cambiado, se había vuelto más baja, más áspera, cargada de algo que era rabia pero también era otra cosa debajo de la rabia. —Lo sé desde el principio.

—Entonces por qué…

—Porque no puedo evitarlo —cortó.

Me miró.

Y había tantas cosas en esos ojos grises que me quedé callada. Rabia. Deseo. Algo que parecía casi desesperación. Una batalla que estaba ocurriendo dentro de él y de la que yo solo veía el resultado sin entender las causas por completo.

—Odio a las brujas —dijo. Directo, sin suavizar. —Tengo motivos para eso.

—Sé quién eres.

Y lo sabía. Pero lo dije de todos modos porque el dolor que había detrás de esas palabras era real y lo reconocí aun sin conocer la historia.

Se quedó mirándome por un momento largo.

Después su mano volvió a la marca en mi hombro y el pulgar trazó el contorno despacio.

—Eres mi compañera —dijo. Como quien anuncia sentencia. Como quien nombra algo inevitable que preferiría que no fuera verdad y lo es de todos modos. —No elegí esto. No quería esto. Pero es lo que es y no hay forma de deshacerlo.

Debería disentir.

Debería decir que no era compañera de nadie, que había entrado en ese cuarto por error, que cuando saliera el sol me iría y toda esa conversación no habría existido.

Mi boca no formó ninguna de esas palabras.

—Mía —gruñó bajito, y el sonido bajó por mi columna de una forma que no era miedo. —Cada parte de ti me pertenece. ¿Entiendes eso?

No lo entendía.

No tenía sentido entenderlo. Yo no conocía a ese hombre. Llevaba menos de veinticuatro horas dentro de ese cuarto y menos que eso de lucidez real desde que había entrado. El afrodisíaco todavía estaba en mi sistema, lo sabía, lo sentía en el calor constante debajo de la piel, y no podía confiar completamente en lo que mi cuerpo estaba respondiendo.

Pero cuando dijo eso, cuando esa palabra salió con ese peso específico, algo dentro de mí respondió antes de que pudiera interceptarlo.

Como reconocimiento.

Como si una parte de mí que no sabía que existía dijera sí antes de que el resto estuviera de acuerdo.

—No tiene sentido —dije en voz alta.

—No lo tiene —concordó. Y había algo casi como alivio en su voz porque yo hubiera dicho eso, como si la irracionalidad confirmada fuera más honesta que cualquier otra cosa. —Pero está pasando de todos modos.

Nos quedamos mirándonos por un momento que no sé medir.

Después se inclinó de nuevo hacia la marca y esta vez no fue gentil.

Fue hambre.

Su boca en la marca hizo que mi visión se nublara en los bordes y mi mano agarró su hombro sin decidirlo, los dedos buscando anclaje en algo sólido porque el resto de mí había decidido derretirse por completo.

Succionó la piel marcada con fuerza, la lengua presionando y girando, los dientes rozando de forma posesiva mientras una de sus manos grandes bajaba por mi cintura, apretando mi nalga y jalando mi cadera contra su erección dura y caliente que pulsaba contra mí.

Sus dedos se deslizaron entre mis muslos, encontrándome mojada y resbaladiza, tocando con precisión el punto hinchado que me hacía gemir alto, circulando y presionando en ritmos que hacían que mi cuerpo temblara de placer intenso, la magia fría y el calor Lycan chocando en sensaciones arrolladoras.

Gruñó contra mi piel.

—Di mi nombre.

—Dagon.

—Otra vez.

—Dagon.

El sonido que hizo cuando lo dije vibró contra la marca y bajó por mi cuerpo entero como corriente, y entendí en ese segundo que no iba a ir a ningún lado.

No todavía.

Mi cuerpo había tomado esa decisión completamente sin mi permiso, y la parte más confusa de todo era que no lograba encontrar dentro de mí la voluntad de disentir.

El cuarto se enfrió tres grados más.

Mi magia respondiendo a lo que sentía.

Él lo notó. Lo sentí en la forma en que se detuvo por un segundo, aspiró el aire, y después hizo ese sonido bajo y satisfecho que me había enloquecido la noche entera.

—Mi Invierno —susurró contra mi hombro como si fuera un apodo. Como si el don que mi familia usaba para humillarme fuera en sus manos otra cosa por completo.

Cerré los ojos.

Y dejé de intentar entender.

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