Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 3
Maximilian Brandt
El contrato estaba firmado.
Deslicé la pluma sobre el papel con la misma precisión con la que tomaba cada decisión importante de mi vida. La compra de la empresa de análisis financiero no era solo una adquisición más; era la puerta de entrada al mercado americano. Nueva York. El centro de todo. Capital, poder, oportunidades infinitas… y enemigos potenciales.
Mi empresa se especializaba en estrategias financieras de alto nivel para diversos sectores económicos: tecnología, energía, infraestructura, recursos estratégicos. Comprar esa firma me permitía posicionarme con ventaja en América, y no pensaba desaprovecharla.
—Tendré que mudarme cuanto antes —dije, cerrando la carpeta y mirándolo fijamente.
Mi socio asintió con tranquilidad.
—Alemania queda en mis manos. Tú concéntrate en conquistar Estados Unidos.
Así funcionábamos. Sin sentimentalismos. Sin dramas. Negocios claros.
Esa noche decidimos celebrar. No suelo hacerlo, pero incluso yo reconozco cuándo una victoria merece algo más que una copa de whisky en silencio.
Paul Kalkbrenner tocaba en Berlín.
Un rave suyo no era una simple fiesta. Era una experiencia completa: entre seis y ocho horas de música continua, capas de sonido que te absorbían lentamente hasta hacerte olvidar quién eras antes de entrar. Perfecto para liberar tensión. Perfecto para no pensar.
La antigua fábrica estaba llena. Demasiado ruido, demasiada gente, demasiadas emociones ajenas… justo lo que normalmente evitaba. Estábamos en la parte superior, una zona elevada desde donde se podía observar todo sin ser parte de nada. Control. Distancia.
Una mujer alemana intentaba llamar mi atención. Bonita, rubia, predecible. Me hablaba al oído, sonreía, se pegaba a mi cuerpo. Yo respondía lo justo. No buscaba nada esa noche… o eso creía.
Entonces la vi.
Bailaba abajo, entre la multitud.
No como los demás.
No gritaba, no exageraba, no buscaba miradas. Se movía con libertad, con una seguridad que no necesitaba aprobación. Era extranjera, eso lo supe de inmediato. Su energía no pertenecía a Berlín. Había algo en ella… algo roto y al mismo tiempo peligrosamente entero.
Dejé de escuchar a la alemana.
—Ahora vuelvo —le dije sin mirarla.
Bajé las escaleras sin pensarlo demasiado. No era propio de mí actuar por impulso, pero esa noche no estaba dispuesto a analizarlo todo. La música envolvía el ambiente; Paul llevaba más de dos horas tocando y la energía seguía subiendo, como una ola que no pensaba romper pronto.
Me acerqué a ella.
La observé un segundo más.
Y la tomé por la cintura.
No fue brusco. Fue firme. Seguro.
Ella se giró.
Hermosa.
Cabello oscuro, ojos intensos, labios que parecían guardar demasiadas palabras no dichas. No sonrió de inmediato. Me evaluó. Eso me gustó.
No pregunté su nombre.
Ella no preguntó el mío.
Nos miramos apenas unos segundos antes de besarnos, como si ambos supiéramos que no había tiempo para cortesías. El beso fue directo, profundo, cargado de una electricidad que me recorrió el cuerpo entero.
No era una mujer desesperada.
No era una mujer ingenua.
Era una mujer que había decidido perder el control esa noche… igual que yo.
—¿Quieres salir de aquí? —le pregunté cerca del oído, alzando un poco la voz para vencer la música.
Ella me miró con una sonrisa lenta, peligrosa.
—¿Siempre haces propuestas tan directas?
—Solo cuando estoy seguro.
No respondió con palabras. Me tomó de la mano.
Salimos del lugar cuando el set llevaba casi cinco horas. La noche seguía viva, pero yo no tenía ya interés en quedarme. Berlín era fría afuera, el contraste perfecto con el calor que aún nos recorría la piel.
En el trayecto a mi casa no hablamos demasiado. No necesitábamos hacerlo. Pero la observé con atención. No estaba nerviosa. No fingía. Tenía esa calma peligrosa de quien no teme equivocarse.
—No suelo llevar desconocidas a casa —dije, más como advertencia que como confesión.
—Yo no suelo seguir a desconocidos —respondió, mirándome de lado—. Supongo que hoy estamos rompiendo reglas.
Sonreí.
Definitivamente no era como las demás.
Al llegar, cerré la puerta tras nosotros. El silencio fue tan intenso como la música que habíamos dejado atrás. La observé. Sus ojos brillaban con deseo, sí, pero también con algo más profundo: determinación.
Eso fue lo que terminó de atraparme.
No era una noche cualquiera.
No era una mujer cualquiera.
Y aunque no sabía su nombre, ni su historia, ni el desastre que probablemente cargaba encima… La hice mía esa noche.
Maximilian Brandt, 36 años