Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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VEN A MI CASA. ALLÍ NADIE TE HARÁ DAÑO
Marcela me miró con ternura, secándose lentamente las últimas lágrimas que aún humedecían sus mejillas, y me tomó de la mano con una suavidad que me recorrió entero, como si fuera algo que hacía mil veces, como si mi mano encajara en la suya de un modo natural, conocido, antiguo.
—Ven —me dijo con una sonrisa suave, cálida, que hizo que el mundo pareciera un lugar menos hostil por un instante—. Tienes que comer. Estuviste inconsciente todo este tiempo y no has probado nada. Tu cuerpo necesita fuerzas. Vamos a la cafetería de la esquina, la que siempre nos gusta. Te invito. Desayunamos algo rico, tranquilo… y después hablamos. Lo que necesites. Todo el tiempo del mundo.
Me llevó fuera del hospital, caminando a mi lado por la acera, y yo la seguí en silencio, dejando que me guiara. Sentía en cada paso, en cada gesto, en la forma en que de vez en cuando me miraba de reojo para asegurarse de que estaba bien, que esto no era nuevo para ellos. Ella había sido su refugio durante años. La única constante en su vida. Cuando llegamos a la pequeña cafetería, con el olor a pan recién horneado y café caliente, me sentó frente a ella, pidió dos cafés con leche y dos bollos dulces, y entonces, apoyando las manos sobre la mesa, me habló con voz tranquila pero firme, con la valentía de quien dice la verdad aunque duela:
—Escúchame bien, Cástor. Tienes que saber algo que siempre he sabido, pero que nunca me atreví a decirte tan claro. Tus padres… y tu hermano Damián… no son buenos contigo. Sabes que no lo son. Nadie debería tratarte así. Nadie debería hacerte sentir que no vales nada, que sobras, que no tienes derecho a quejarte. Y yo no quiero que vuelvas ahí. No mientras sigan lastimándote. No mientras esa casa sea un lugar donde nunca puedes estar tranquilo.
Me tomó las manos entre las suyas, mirándome a los ojos con sinceridad absoluta, sin juicio, sin lástima, solo con un cariño inmenso y desinteresado.
—Ve a mi casa. Quédate con nosotros. Para siempre si quieres. Mis papás te quieren de verdad. Te ven como a un hijo, te lo han dicho mil veces. Siempre te dicen que eres bienvenido, que faltas cuando no vienes. Y mi hermanito, el pequeño… él te quiere más que a mí, creo. Siempre te guarda la mejor parte de todo, corre a abrirte la puerta antes de que toques, te sigue por toda la casa como si fueras su héroe. Allí tendrás un techo de verdad. Una cama cómoda, tuya, solo tuya. Comida caliente. Nadie te va a gritar. Nadie te va a empujar. Nadie te va a mirar como si fueras una carga. Eres bienvenido siempre. Para siempre. Sin condiciones.
Me quedé mirándola, con el corazón apretado en el pecho, sintiendo que algo se me rompía y se curaba al mismo tiempo. Esas palabras… esas palabras eran lo que mi hermano había necesitado escuchar toda su vida. Y ella se las había dicho. Le había ofrecido lo que su propia sangre le negó desde que nació: un hogar. Pertenencia. Amor sin precio.
—¿De verdad? —pregunté, y mi voz sonó pequeña, insegura, como la voz de él, como si este cuerpo supiera reconocer la bondad cuando la escuchaba.
—Claro que sí —sonrió ella, iluminándosele el rostro—. Mi mamá ya lo sabe. Lo hablamos ayer, cuando supimos lo que pasó. Te estamos esperando. La habitación de invitados ya está lista. No tienes que volver a ese infierno jamás.
Asentí, y por primera vez en mucho tiempo, algo suave y cálido se abrió paso en mi pecho, disipando un poco la furia que había cargado desde que bajé del Olimpo. No era mi casa. No era mi mundo. Pero era bondad pura. Y por él… yo aceptaría cualquier cosa que lo hiciera feliz.
—Está bien —dije, apretando suavemente sus manos—. Vamos.