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EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

Status: Terminada
Genre:Romance / Apocalipsis / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA ANTESALA DEL OXÍGENO Y LA SANGRE

​El crujido del hueso parietal al ceder bajo la masa de bronce resonó en la sala del Penthouse como una copa de cristal quebrándose bajo una bota.

​El impacto no mató de inmediato a la criatura. El cuerpo del infectado se convulsionó violentamente sobre el pecho de Sofía; una ráfaga de sangre espesa, negra y caliente le brotó de la sien, salpicándole el cuello y la barbilla. Las mandíbulas del monstruo continuaban abriéndose y cerrándose en un chasquido mecánico e inútil, a milímetros de los ojos de ella. Sofía, con las extremidades entumecidas por la subida brutal de adrenalina, apoyó la planta de sus pies contra la base del piano de cola y empujó el cadáver sangrante con una fuerza sobrehumana que no sabía que poseía.

​El cuerpo cayó a un lado con un golpe seco sobre la alfombra.

​Sin tiempo para recobrar el aliento, Sofía rodó sobre sobre el suelo de madera. A menos de dos metros, la anciana infectada ya se arrastraba hacia ella. La anciana no emitía sonidos vocales; sólo un gorgoteo húmedo y constante salía de su tráquea, producto de la sangre acumulada en sus pulmones. Sus manos, deformadas por la artritis y ahora manchadas con la materia visceral de su antigua compañía, se estiraban buscando los tobillos de Sofía.

​Sofía se puso de pie torpemente. El aire en sus pulmones quemaba como ácido. Su respiración se aceleró a un ritmo descontrolado, la visión periférica comenzó a estrecharse en un túnel oscuro y las yemas de sus dedos perdieron la sensibilidad: los síntomas inequívocos del inicio de uno de sus ataques de parálisis por hiperventilación.

​—No ahora... por favor, ahora no —se suplicó a sí misma en un pensamiento fragmentado.

​Cerró los ojos un segundo, clavándose las uñas de la mano derecha en la palma herida. El dolor punzante y fresco del corte le sirvió como un ancla cognitiva para frenar la espiral de pánico. Contó hasta tres mientras retenía el aire, tal como su terapeuta le había enseñado para evitar el colapso del sistema nervioso. Cuando volvió a abrir los ojos, la anciana estaba a centímetros de tocar su zapatilla.

​Sofía dio un paso atrás, esquivando el manotazo, y agarró una de las sillas de comedor de caoba maciza. Levanto la silla como un escudo improvisado y embistió a la anciana, empujándola contra la puerta entreabierta de un trastero contiguo. El cuerpo debilitado de la anciana cayó dentro. Sofía cerró la puerta de madera pesada de un golpe y pasó el pasador de bronce superior. Los golpes secos de la anciana contra la madera comenzaron a retumbar desde el interior, pero la barrera resistiría.

​Apoyada contra la puerta del trastero, Sofía finalmente se permitió llorar en silencio durante diez segundos. Secó la sangre ajena de su rostro con la manga de su chaqueta. El apartamento olía a podrido, a hierro y a un aroma sutil pero inconfundible de gas medicinal.

​Al mirar detenidamente alrededor del amplio Penthouse del piso 2, notó que no era una vivienda convencional. Un arco de durlock dividía la zona social de una sección de consultorios privados. Este nivel servía como conexión administrativa entre el edificio de apartamentos y el Bloque B del Hospital San José. En la pared del fondo, al lado de unos estantes de madera repletos de historias clínicas empastadas, había una puerta metálica pesada de color gris, marcada con una placa de acrílico azul: «SISTEMA CENTRAL DE MANTENIMIENTO VÍAS DE GASES MEDICINALES — ACCESO RESTRINGIDO».

​Esa puerta era su única ruta de escape. Volver a las escaleras principales era imposible: abajo estaba la horda del vestíbulo, y el tramo hacia el piso 3 estaba pulverizado.

​Sofía se acercó a la puerta metálica. La cerradura era de manilla electrónica con teclado numérico, pero debido al corte parcial de energía del sector, la pequeña pantalla LCD parpadeaba en un color ámbar de falla. Al presionar la palanca, esta cedió con un chasquido magnético.

​Del otro lado no había un pasillo residencial, sino una galería técnica estrecha y sofocante. Gigantescas tuberías de cobre pulido —marcadas con cintas de colores: amarillo para vacío, verde para oxígeno y azul para óxido nitroso— corrían a lo largo del techo como las venas al descubierto de un titán de concreto. El calor dentro del conducto era sofocante, al menos a 35 grados centígrados, fruto del trabajo de los compresores de succión del hospital que aún continuaban encendidos en algún lugar subterráneo.

​Sofía se adentró en la galería técnica, cerrando la puerta a sus espaldas para dejar atrás los golpes de la anciana en el trastero. La penumbra era casi absoluta, interrumpida únicamente por las luces de emergencia rojas que parpadeaban cada cinco segundos a lo largo del pasadizo.

​Caminó lentamente, agachándose para no golpear su cabeza con los soportes de acero de los tubos. El aire traía un silbido constante: una fuga de baja presión en alguna de las uniones de la red de oxígeno.

​A mitad de la galería, el piso de rejilla metálica crujió. Al mirar hacia abajo a través de la traba de hierro, Sofía pudo ver el abismo técnico que conectaba directamente con el hueco del ascensor y los niveles subterráneos.

​Allí, a unos seis metros por debajo de ella, envuelto en una bruma de polvo y penumbra, escuchó un sonido metálico ritmo a ritmo:

​¡CLANG! ... ¡CLANG!

​Alguien estaba escalando el foso del ascensor.

​—¿Mateo? —susurró Sofía con el aliento contenido en la garganta, temiendo que el sonido de su propia voz pudiera atraer a las criaturas o ser solo una ilusión de su mente aterrorizada.

​Se arrodilló sobre la rejilla, pegando el rostro al hierro frío para intentar ver en la penumbra del vacío subterráneo.

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