Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 10
Gael
Salí temprano de la finca.
Antes de subir a la camioneta llamé a Thiago.
—¿Dónde estás?
—A unos veinte minutos. Ya voy en camino.
—Bien. Cuida a Valentina.
Escuché su risa al otro lado.
—Sí, señor.
—Y que se quede dentro de la casa. Es más fácil cuidar a la princesa de papá si no anda recorriendo toda la finca.
—No exageres.
—Solo cuídala.
—Sí, hombre.
Colgamos.
Guardé el teléfono en el bolsillo y subí al vehículo.
Conocía a mi hermano demasiado bien. Thiago podía ser impulsivo, bromista y bastante irresponsable cuando se lo proponía, pero también era bueno haciendo su trabajo.
Y si alguien podía pasar desapercibido sin levantar sospechas, era él.
Conduje hasta el lugar donde habían desaparecido los dos vehículos que nos siguieron el día anterior.
Había algo en esa zona que no me gustaba.
No era únicamente que los autos hubieran desaparecido.
Era la forma en que lo habían hecho.
Dos vehículos podían perderse en una ciudad grande. Eso podía ocurrir.
Pero que sucediera dos veces en el mismo sector ya no parecía una casualidad.
Estacioné unas calles más adelante y comencé a caminar.
No llevaba ningún distintivo ni nada que pudiera relacionarme con Valentina. Tampoco tenía autorización para hacer aquella investigación.
En realidad, nadie me había pedido que lo hiciera.
Lo hacía porque quería.
Por ella.
Y eso era algo que no pensaba admitirle a nadie.
Mucho menos a Augusto Montenegro.
Pasé por varios talleres mecánicos cuyos dueños conocía desde hacía años.
—¿Has visto este vehículo? —pregunté en uno de ellos, mostrando una fotografía.
El hombre revisó la imagen.
—No me suena.
—¿Y este?
—Tampoco.
En otro lugar obtuve la misma respuesta.
Nada.
Ni una placa.
Ni un vehículo.
Ni un conductor.
Ni siquiera una cámara que hubiera captado algo útil.
Era como si los autos se hubieran evaporado.
Seguí preguntando sin presionar demasiado.
Dejé la información en manos de algunas personas de confianza y les pedí que estuvieran atentos.
—Si aparece alguno de estos vehículos, me avisan.
—¿Problemas?
—Tal vez.
No necesitaban saber más.
Para no levantar sospechas, hice algunas compras en diferentes lugares. Incluso adquirí repuestos que realmente no necesitaba.
Si alguien me estaba observando, quería que pareciera que tenía una razón completamente normal para estar allí.
Aun así, durante todo el recorrido tuve la sensación de que alguien me miraba.
Cada vez que giraba, encontraba únicamente peatones, vehículos y comerciantes.
Nada fuera de lo común.
Pero mantuve la alerta.
No había aprendido a sobrevivir ignorando esas sensaciones.
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Por la tarde fui a ver a Augusto.
Su oficina estaba igual de impecable que siempre.
Él levantó la mirada cuando entré.
—Gael.
—Señor Montenegro.
—¿Cómo está mi hija?
—Bien.
—¿La estás cuidando?
—Sí.
Asintió satisfecho.
—Me alegra.
Tomé asiento frente a su escritorio.
—Hay algo que quería comentarle.
—Dime.
—Valentina está preocupada por su carrera.
La expresión de Augusto cambió ligeramente.
—Lo imaginaba.
—Creo que también me preocupa su salud mental. Ha pasado por demasiado en muy poco tiempo.
Augusto suspiró.
—Mi princesa es muy fuerte.
Sonrió con cierta nostalgia.
—Siempre lo ha sido. Pero tienes razón. Necesita mantenerse ocupada.
Hizo una pausa.
—Aunque, entre nosotros, hay algo de su profesión que nunca me ha gustado.
Lo miré.
—¿Su profesión?
—Ser modelo.
Se recostó en su silla.
—Verla en esas revistas, con esas ropas... o con poca ropa, para ser sincero, me genera mucha incomodidad.
No pude evitar entenderlo.
—Lo imagino.
—Cuando tengas hijos lo entenderás.
—Supongo.
Augusto sonrió.
—Gael, quería agradecerte.
—No tiene que hacerlo.
—Sí tengo que hacerlo.
Su tono se volvió más serio.
—Cuidaste a mi hija cuando esos hombres intentaron atacarlos. Si te hubiera pasado algo...
No terminó la frase.
—Hice mi trabajo.
—No.
Me miró directamente.
—Hiciste más que eso.
No respondí.
Augusto permaneció unos segundos en silencio.
Después dijo algo que no esperaba.
—Quiero pedirte una cosa.
—¿Qué cosa?
—No te enamores de mi hija.
Parpadeé.
—¿Disculpe?
—Lo que oíste.
Su expresión seguía siendo tranquila.
—Ustedes están compartiendo mucho tiempo juntos. Eso puede pasar.
Me quedé mirándolo.
No sabía si aquello era una advertencia, una amenaza o simplemente la preocupación de un padre.
Probablemente lo último.
—No pasará nada —respondí.
—Eso espero.
Asentí.
—Siempre he mantenido el profesionalismo.
—Lo sé.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
—Pero Valentina es diferente. Es impulsiva. Se encariña con facilidad cuando confía en alguien.
No sabía si estar de acuerdo con eso.
—Tendré cuidado.
—Díselo también a tu hermano.
Lo miré.
—¿A Thiago?
—Sí. Él es más impulsivo que tú.
Casi sonreí.
—Claro.
Mientras salía de la oficina pensé en aquella última frase.
Díselo también a tu hermano.
No pude evitar recordar cómo Thiago había manejado las cosas que nos habían llevado hasta aquella situación.
Por sus impulsos habíamos terminado con una deuda que casi le cuesta la vida.
Y yo había pagado las consecuencias.
Mi hermano era mi familia.
No lo abandonaría.
Pero tampoco iba a olvidar que parte de todo esto había comenzado por sus decisiones.
---
Cuando salí del edificio, revisé el teléfono.
Tenía un mensaje.
Era de uno de los mecánicos a los que había dejado información.
Abrí la conversación.
“Santoro, apareció algo.”
Me detuve.
Respondí inmediatamente.
“¿Qué?”
La respuesta llegó pocos segundos después.
“Uno de los hombres estuvo preguntando por ti.”
Sentí que mi cuerpo se tensaba.
Escribí:
“¿Quién?”
El teléfono vibró.
“No sé el nombre. Hombre de unos cuarenta. Acento ruso. Preguntó específicamente por Gael Santoro.”
Miré alrededor.
La calle seguía llena de gente.
Demasiada gente.
Guardé el teléfono lentamente.
Hasta ese momento creía que estábamos buscando a quienes habían seguido a Valentina.
Ahora empezaba a preguntarme algo diferente.
¿Por qué estaban preguntando por mí?
Y, sobre todo...
¿desde cuándo?
Subí a la camioneta y cerré las puertas.
No arranqué inmediatamente.
Miré por el espejo retrovisor.
Un vehículo oscuro estaba estacionado al otro lado de la calle.
No podía asegurar que fuera el mismo que había visto antes.
Pero tampoco podía ignorarlo.
Esperé.
El vehículo permaneció quieto.
Entonces encendí el motor.
No sabía si me estaban siguiendo.
Pero si lo hacían, no pensaba llevarlos directamente hasta Valentina.
Tomé una ruta distinta a la habitual.
Mientras conducía, mi teléfono volvió a vibrar.
Era Thiago.
“Ya llegué a la finca. La princesa está bien.”
Respondí:
“No le quites los ojos de encima.”
Guardé el teléfono.
Por primera vez desde que comenzó todo aquello, tuve una certeza.
El peligro no estaba únicamente alrededor de Valentina.
También estaba acercándose a mí.
Y si alguien había empezado a buscar mi nombre, tendría que descubrir rápidamente por qué.