Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Dante dijo que no lo subestimara como si yo acabara de insultar a todo su linaje.
Me dio risa.
—Está bien. No te subestimo.
Su oreja se puso apenas roja.
Poquito.
Casi nada.
Pero lo vi.
—Sal —dijo.
—¿Perdón?
—Yo cocino.
—Puedo quedarme y decirte qué hacer.
—Vas a estorbar.
Abrí la boca.
La cerré.
Qué carácter.
—Bueno. Si explota la cocina, yo no tuve nada que ver.
—No va a explotar.
Me fui a la mesa con el dedo vendado, el orgullo herido y el estómago haciendo ruido.
Mientras esperaba, no pude dejar de pensar en sus manos.
No en las de la oficina.
Bueno, sí.
También.
Pero ahora pensaba en cómo me había limpiado la herida. En la forma en que bajó la voz cuando dijo que si dolía, se lo dijera.
Dante podía ser frío como mármol.
Y luego hacer algo así.
Eso confundía.
Mucho.
No tardó.
En menos de diez minutos puso frente a mí un tazón humeante de sopa de fideo con res y jitomate. Olía a jitomate cocido, carne y caldo caliente.
Me dejó cubiertos.
—Come.
—¿Tú hiciste esto?
—No. Lo hizo un fantasma.
Me quedé con la cuchara en el aire.
—¿Acabas de hacer un chiste?
—Come, Ximena.
Probé.
Y maldita sea.
Estaba buenísima.
—Está rica.
Dante no cambió mucho la cara.
Pero le vi los ojos.
Le gustó.
—¿De verdad aprendiste a cocinar?
—Cuando estudié fuera. No me acostumbraba a la comida de allá. Aprendí lo básico.
—Pues tu básico está mejor que muchas comidas de restaurante.
—Exageras.
—No. Está rica.
Comí con ganas. Mucha.
El hambre me ganó cualquier intento de verme delicada.
Dante puso su tazón frente a él, pero no comió de inmediato.
—¿No vas a comer?
—No tengo tanta hambre.
Lo miré.
—Come algo. Dormir con hambre se siente horrible.
Él sostuvo mi mirada.
Después tomó la cuchara.
No sé por qué eso me dio gusto.
Me quedé mirándolo comer.
Grave error.
Dante comía igual que hacía todo: tranquilo, limpio, sin prisa. Hasta sostener una cuchara le salía elegante.
Qué coraje.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Aparté la vista.
—Nada.
Cuando terminamos, intenté levantar los platos.
Dante miró mi dedo.
—Ni se te ocurra.
—Sólo iba a...
—No.
—Dante.
—Te acabo de vendar. No vas a mojarte la herida por lavar platos.
Me senté otra vez.
—Hay lavavajillas —agregó.
—Está bien.
Él recogió todo.
Yo lo vi moverse por la cocina y tuve una idea peligrosa:
Dante Montalvo en traje, lavando la cena que él mismo preparó, era un problema.
Uno grande.
Subimos después.
Yo busqué una pijama y me fui al baño.
—No mojes el dedo —dijo desde la recámara.
—Sí, señor.
Lo dije en broma.
Pero al cerrar la puerta me ardió la cara.
Porque en su voz, esa preocupación tenía algo que me jalaba por dentro.
Para no mojarme el vendaje, llené la tina.
Me metí despacio.
El agua caliente me cubrió hasta los hombros y solté un suspiro largo.
—Qué rico.
Me hundí un poco más.
La tina era enorme.
Demasiado cómoda.
Y mi cabeza, que no sabía estar quieta, decidió imaginar algo que no debía.
Dante ahí.
Sin traje.
Sin camisa.
Sin nada.
En el mismo lugar donde yo estaba.
Abrí los ojos.
No.
No, Ximena.
Suficiente.
Me tardé más de la cuenta porque bañarse con un dedo vendado era una coreografía estúpida.
Cuando por fin salí, me puse un camisón naranja y abrí la puerta.
Dante estaba ahí.
Frente al baño.
Se había bañado en otro lado. Traía ropa de dormir oscura, el cabello todavía un poco húmedo y esa cara seria que no ayudaba en nada.
Su mirada bajó.
Yo sentí el cambio antes de entenderlo.
No me miró como en la mañana.
Me miró peor.
La piel me quedó sensible por el baño. El camisón se me pegaba un poco a los muslos. El vapor salía detrás de mí, y yo, brillante y caliente, debía verme como una idiota recién hervida.
Dante tragó saliva.
Lo vi en su garganta.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Me quedé dormida un ratito en la tina.
Sus ojos volvieron a mi cara.
—¿Te dormiste?
—Poquito.
—Ximena.
Ahí estaba.
El tono.
—No mojé el dedo —me defendí, levantando la mano vendada—. Mira. Seco.
Dante miró mi dedo.
Luego mi muñeca.
Luego mi hombro descubierto por el tirante.
Se obligó a volver a mis ojos.
—No vuelvas a dormirte en la tina. El agua se enfría. Te puedes enfermar.
Pensé: suena como papá.
No lo dije.
Me gustaba vivir.
—Está bien.
—Yo también estoy cansado —dijo—. A dormir.
—Sí.
Di un paso.
Él dio otro.
Y de pronto me cargó.
—¡Dante!
Mis brazos rodearon su cuello por reflejo. Su mano quedó bajo mis piernas, la otra en mi espalda. Me llevó hasta la cama como si yo no pesara nada.
Me dejó sobre el colchón.
Pero no se apartó.
Sus manos quedaron a los lados de mi cuerpo.
Él encima.
Yo debajo.
El camisón se me subió un poco por los muslos.
Mi respiración se trabó.
Dante me miró.
No como si quisiera preguntarme si tenía sueño.
No.
Esa mirada ya la conocía.
Me quemó la cara, el cuello, el pecho.
—Dante...
Bajó la cabeza.
Me besó.
Esta vez no había pastel.
No había excusa.
Sólo su boca abriéndose paso sobre la mía, su cuerpo sobre mí, su respiración volviéndose más pesada.
Me aferré a su cuello.
No sé si para apartarlo.
No sé si para acercarlo.
Su mano bajó a mi cintura.
Luego a mi cadera.
Los dedos apretaron la tela del camisón y yo solté un sonido contra su boca.
Me dio vergüenza.
Dante lo tragó con otro beso.
La casa estaba callada.
Demasiado.
Se escuchaba todo: mi respiración rota, el roce de la sábana, la forma en que él tomaba aire cuando yo me movía bajo su cuerpo.
Su mano subió por mi costado.
Despacio.
No tocó donde no debía.
Pero casi.
Y ese casi me dejó temblando.
—No respires tan rápido —murmuró.
—No puedo.
La respuesta salió sincera.
Él apoyó la frente un instante contra la mía.
Su cuerpo estaba tenso.
Muy tenso.
Yo podía sentirlo.
Sentirlo de verdad.
La parte baja de mi vientre se apretó.
Dante volvió a besarme, más profundo, más lento, como si estuviera probando cuánta paciencia le quedaba.
No mucha.
Me separó apenas.
Sus ojos estaban oscuros.
El tirante de mi camisón había resbalado.
No sé cuándo.
Su mirada bajó a mi clavícula, a la curva que la tela apenas cubría.
Respiró hondo.
Su mano se cerró en mi cintura.
—Esta noche...
Se detuvo.
Mi corazón golpeó una vez.
Fuerte.
Su mano apretó un poco más.
No dolió.
Pero me dejó claro que, si no me apartaba en ese momento, él no iba a seguir fingiendo que sólo quería dormir.
Dante me miró a los ojos.
—Si vas a detenerme, hazlo ahora.