Clara Estrella enviada a un internado por sus padres que solo favorecen a su gemela, Clarisa. Es traida nuevamente solo para ocupar el lugar de Clarisa en un matrimonio arreglado. Lo que todos ignoran que Clara fue tomada por una organización secreta y entrenada como asesina. Por lo que ya no es esa chica retraida y complaciente, que a pesar de no querer casarse acepta al considerar a su nuevo esposo la mejor pantalla para cumplir con sus misiones. Solo debe fingir ser una esposa complaciente. ¿Podrá Clara soportar fingir? ¿Lograra cambiar la actitud libertina de su esposo? ¿Qué pasara cuando sepan lo que ella es en verdad?
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7- El plan de Clarisa
🟣CLARISA ESTRELLA
¡La odio! ¡La odio! No se murió la muy desgraciada, deseaba con todas mis fuerzas que se muera, que cayera de algún lugar elevado, que la destruyeran. Yo misma me ocupé de los papeles, fingi ser ella que se entregaba voluntariamente a ese proyecto no le dije nada a nadie deseosa de que por fin podía ser la única en la vida de mis padres. Por 5 años lo fui, por 5 años disfruté todo el cariño y el amor de mis padres, me sentía dichosa, sin el estorbo de Clara, sin esa pulga insignificante. Yo sola debía ser la hija de los Estrella, yo sola debía ser todo su mundo, ella no debió existir nunca.
Hasta que llegó el pedido, ese de los Montoya, para válidar ese compromiso que hicieron cuando éramos jóvenes.
*Recuerdo ese dia:
La mansión de los Estrella olía a lirios y a dinero viejo. En el salón principal, con las cortinas de terciopelo cerradas para que no entrara el sol de la tarde, el señor Montoya dejó un sobre de cuero sobre la mesa de roble.
— Roberto, Elena. Como acordamos hace 13 años. Mi hijo Adrian ha vuelto.
Mi padre Roberto Estrella se ajustó los anteojos. Mi madre, Elena, apretó el rosario entre las manos.
— Por supuesto, Arturo. Un compromiso es un compromiso. Nuestra hija estará honrada — dijo mi padre Roberto.
Desde la escalera, escondida tras la barandilla, contuve la respiración. Baje entonces, lenta, con mi vestido blanco impecable, el cabello rubio perfectamente peinado, los labios pintados de un rosa inocente. Cada paso era una actuación.
— ¿Papá? ¿Mamá? ¿Pasa algo? — pregunte con voz de niña.
— Clarisa, hija. Ven. El señor Montoya nos recuerda el contrato. Te casarás con Adrian. Es una gran noticia — dijo Elena, sonriendo con ternura.
Tome el sobre con dedos temblorosos. Sacó la foto. Y el mundo se detuvo.
Ese hijo Montoya una bola de grasa lleno de acné yo jamás me casaría con un hombre así por más millonario que sea dónde quedaría mi imagen lo odiaba no quería casarme.
Al ver mi cara, mi padre me tomo la mano.
—Es por el bien de la familia. Susurró.
Mi padre me presionaba que debía hacerlo por el bien de la familia. No queria hacerlo.
Senti que la sangre se me iba de la cara y luego volvía hirviendo.
Adrian. El Adrian que había conocido en la fiesta de los quince años de mi prima. El gordo de traje apretado, sudando, con acné, al que había humillado delante de todas mis amigas.
" ¡Ugh, aléjate! ¡Me vas a manchar el vestido con tu grasa! — le había gritado entonces, y todas se habían reído"
Pero mi mente calculó rápido. Mi padre me miraba expectante. Tenía que jugar bien.
De pronto, lleve ambas manos a mi pecho, jadeó, y me dejó caer contra el sofá.
— ¡Ay! ¡Mi corazón! ¡Mi corazón, mamá!
— ¡Clarisa! ¡Su medicina! — gritó mi madre Elena, corriendo hacia mi —. ¡Roberto, no la alteres! ¡Sabes que tiene la dolencia!
Mi padre Roberto palideció.
— Hija, tranquila, respira. Nadie te obliga a nada hoy...
— No puedo... no puedo casarme... papá, te lo suplico... ese hombre... es un viejo decrépito... yo soy muy joven... yo quiero vivir... mi corazón no va a resistir un matrimonio forzado... — llore, con lágrimas perfectas que no me corrían el rímel —. Yo me voy a morir si me casan con él.
Arturo Montoya frunció el ceño, incómodo.
— Roberto, tu hija parece delicada...
— Lo es, lo es. Desde niña — mintió mi padre Roberto, acariciando mi cabeza —. Su condición cardíaca...
Entre sollozos falsos, vi la oportunidad. Desde niña había usado esa supuesta arritmia. Un soplo inocente que los médicos dijeron que se curaría solo, pero que yo converti en una enfermedad terminal cada vez que quería algo. La atención de mis padres siempre fue para mi. Siempre.
— Pero el contrato... dice una hija Estrella — murmuró Arturo.
Mi padre se quedó en silencio. Y entonces lo dijo.
Lo que yo llevaba años esperando que olvidara.
— Tenemos a otra hija. Clara.
El nombre cayó como una piedra en el estanque.
— Clara... — repitió mi madre Elena con culpa —. Casi no hablamos de ella. Está en el internado de señoritas en Suiza, ¿no? Aprendiendo modales.
Me incorporó de golpe, secándome las lágrimas con una maestría teatral.
— ¡Sí! ¡Clara! Papá, ¡qué buena idea! Clara siempre fue la fuerte, la sana. Ella no tiene mi condición. Ella puede casarse. Ella amaría hacerlo. ¡Deja que yo le escriba! En el internado de señoritas no tienen internet, no les permiten teléfonos, sabes que las monjas son muy estrictas. Yo le envío la carta por correo certificado. Yo me encargo de todo.
Mi padre me miró con amor ciego.
— Qué buen corazón tienes, hija. A pesar de todo, piensas en tu hermana.
— Claro, papi. Yo solo quiero que seas feliz.
Nadie vio cómo se me clavaban las uñas en la palma de la mano.
Deseaba que todos olvidaran a Clara. La queria muerta.
Pero no quería casarme con un viejo decrépito, usé esa palabra de excusa al saber la edad de ese gordo grasoso, no quería saber nada, pero no podía decirlo, no podía decirle a mi padre que odiaba su aspecto, solo me quedó decir que lo consideraba muy mayor, que yo me sentía muy joven y que desgastaría mi juventud al estar al lado de un viejo. Y si Clara murió nadie podria culparme. Y por mi condición no me obligarian a ese matrimonio.
Fin del recuerdo
Tres semanas después acompañe al Registro Civil a mis padres. Queria reirme de mi hermana. Verla casada con un gordo. Verla a ella destruida por los sueros experimentales. Imagine su aspecto y me reia por ello.
La puerta del auto se abrió y el viento caliente de la siesta entró con ella.
Me vesti de blanco impoluto, con un sombrero de ala ancha para aparentar recato, para que todos dijeran "qué dulce es la futura cuñada".
Esperaba ver a una Clara demacrada, rapada, destruida por los experimentos. Porque eso había hecho. A los quince años, cuando mis padres firmaron los papeles del internado suizo, los intercepte. Cambie la dirección. Altere el formulario. En lugar de "Institut Le Rosey", escribi "Programa de Voluntariado de Defensa Nacional - División de Biotecnología". Un proyecto del gobierno que buscaba crear soldados inmunes, fuertes, inquebrantables, probando sueros experimentales en voluntarios. Sabía que nadie sobrevivía. Quería que mi gemela muriera.
Pero la mujer que bajo del auto de Adrian no estaba muerta.
Clara Estrella, con un enterito negro ajustado al cuerpo que marcaba cada curva de modelo, una campera negra colgando del hombro, zapatillas blancas gastadas. El cabello negro, larguísimo, hasta la cintura, liso y brillante, le caía como una cascada. Su rostro era angelical, de piel blanca como porcelana, ojos claros, casi grises, que parecían verlo todo sin juzgar. Era más alta que yo. Más esbelta. Más todo. No llevaba una gota de maquillaje y aun así opacaba cualquier luz.
Cruzamos un par de palabras, sola para nosotras. Queria que se sintiera destruida y que me vea a mi radiante. Pero nada de eso paso. Lo que decia, fuera lo que fuera era como si cayera en un vacio sin fin.
Despues bajo Adrian Montoya. Alto, de traje negro, con ese cabello negro prolijo, esos ojos marrones claros fijos en Clara como si no existiera nadie más en el mundo.
"No era él. No podía ser él"
El tenía el cabello negro, peinado hacia atrás con una prolijidad militar, ojos marrones claros que parecían ámbar bajo la luz, mandíbula cuadrada, piel blanca, hombros anchos bajo un traje a medida. Musculoso. Imponente. Era el hombre de la portada de Vogue Hombre, que yo recortaba y pegaba en mi espejo.
" Pero... pero este no es Adrian" susurre.
— Claro que es. Ha cambiado mucho. Dos años en la academia militar en el extranjero. Bajó cuarenta kilos, se hizo un hombre — rió Arturo Montoya, orgulloso —. Tiene veintiocho años ahora. Es el heredero de todo. Un partido que cualquier muchacha desearía.
Senti que la envidia me carcomía el estómago, me subía por la garganta como bilis.
— ¡Clara! ¡Hermanita! — grite, corriendo hacia ella con los brazos abiertos, con mi mejor sonrisa de hermana dulce.
Clara se detuvo, antes de ingresar al registro, me miró. No sonrió.
— Clarisa.
— ¡Cuánto tiempo! ¡Estás... estás tan diferente! — dije, mirándola de arriba abajo, eleve mas la voz, para que todos oigan y crean que me intereso por ella —. ¿Ese es el uniforme del internado? Qué... qué... sencillo.
— Es mi ropa — respondió Clara, con voz tranquila, grave —. No uso uniformes desde hace cinco años.
Adrian dio un paso al frente, protector. Su voz era profunda.
— Clarisa ¿Cierto?....Ahora compruebo lo que dijo Clara de ti.
— ¿Ah, sí? — Me rió, coqueta, tocándole el brazo a Adrian con descaro —. Seguro te contó lo unidas que éramos. Ella es la mayor por cinco minutos, ¿sabes? A pesar de ello, fui yo que siempre la cuido. ¿Verdad, hermanita?
Clara no se movió.
— No recuerdo que me cuidaras cuando firmaste mi traslado al laboratorio de la isla — dijo, en voz baja, solo para que yo la oyera.
Senti que palideci bajo el maquillaje.
— Yo... yo no sé de qué hablas...
— Cinco años. Cinco años inyectándome cosas que quemaban la sangre. Viendo a otros morir convulsionando a mi lado. Todo porque tú querías ser la única — Clara me miró fijo, sin odio, con una tristeza infinita —. Sobreviví, Clarisa. No como esperabas.
Adrian nos miró, confundido.
— ¿De qué hablan? Clara crei que estabas en Suiza.
— ¡Y estuvo! — menti rápido, volviendo a mi papel de víctima, con lágrimas instantáneas —. ¡Clara, cómo puedes decir eso! ¡Yo sufrí tanto sin ti! ¡Mi corazón...!
— Basta — cortó Clara, sin levantar la voz —. No delante de él.
El juez los llamó.
— ¿Clara Estrella y Adrian Montoya?
— Sí — dijo Adrian, tomando la mano de Clara. Una mano firme, con cicatrices finas en los nudillos. Marcas de los sueros.
Vi ese gesto. Esa mano entrelazada. Ese anillo que estaba a punto de ponerse. Ese hombre que debía ser mio, mirando a mi hermana como si fuera la única mujer sobre la tierra.
En ese instante deje de fingir ser la dulce hija. Por dentro, tome una decisión.
— Felicidades, hermanita — susurre cuando pasaron a mi lado para firmar, con una sonrisa que era puro veneno —. Disfruta tu matrimonio. Porque te juro que voy a hacer que él mismo te pida el divorcio. Adrian va a ser mío. Siempre debí ser yo. Tú solo eres la sombra de la que yo voy a salir.
Clara se detuvo. Me miró por encima del hombro. Y por primera vez en veinte años de ser la gemela opacada, sonrió. Una sonrisa fría, hermosa y peligrosa.
— Inténtalo — Me dijo.
Y entró a la sala para casarse con el hombre que al principio rechace y ahora deseaba con toda mi alma enferma.
Afuera, mi vestido blanco brillaba bajo el sol. Pero por más blanco que me vistiera, por más que me maquillara, todos los que pasaban solo tenían ojos para la mujer de negro que acababa de convertirse en la señora Montoya.