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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:100
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Por la tarde, Valentina recogió a Santiago de la escuela y llevó a los dos niños a comer a la fonda que más les gustaba.

Mateo comía con ganas, con las mejillas embadurnadas de salsa. Ya prefería comer solo en vez de que le dieran en la boca.

—¡Mami, las brochetas están buenísimas! —exclamó Santiago.

—¡Buenísimas! —Mateo levantó el pulgar.

Valentina sonrió mientras le limpiaba la boca a su hijo menor. Ver a los niños comer así de contentos le calentaba un poco el corazón.

Mientras tanto, Andrés llegó del trabajo cuando el cielo ya estaba completamente oscuro. Las farolas se encendían una a una. El aire de la noche se sentía frío, mezclado con el polvo de la calle que se le pegaba a la ropa de oficina. El cuerpo le pesaba después de un día entero con la cabeza hecha un lío por la pelea con Valentina que seguía sin resolverse.

Se quedó sentado unos segundos detrás del volante antes de apagar el motor. Su mirada cayó sobre las dos bolsas grandes de comida en el asiento del copiloto. Pollo, arroz, guarniciones. Había pasado a comprar de regreso porque le daba miedo de que Valentina siguiera sin cocinar.

Al principio, Andrés pensó que comprar comida afuera no era gran cosa. Se compra, se come, asunto resuelto. Muy práctico.

Pero cuando pagó, algo se le apretó en el pecho. Doce dólares, solo para la cena de los cuatro. Y eso que ni siquiera era comida cara. Apenas unos cuantos guisos sencillos, arroz y bebidas.

Andrés miró de nuevo las bolsas en su mano y soltó un suspiro largo.

Si una comida cuesta doce dólares, tres al día serían treinta y seis. Al mes, más de mil. Y eso sin contar la luz, el agua, la escuela de Santiago, la leche y los pañales de Mateo, la gasolina, las demás cosas de la casa...

La cabeza le empezó a zumbar.

Por primera vez desde que se casó, se puso a hacer las cuentas de verdad.

Entonces lo vio claro: quinientos cincuenta dólares no alcanzaban. Ni por asomo. Era ridículamente poco.

Valentina había estado haciendo malabares todo ese tiempo para que la casa siguiera funcionando. Y él, mientras tanto, pensando que ella "solo se sentaba en la casa".

Andrés agachó la cabeza y apretó el volante. Una culpa pequeña empezó a crecer dentro de él.

El auto se detuvo frente a la casa. Igual que la noche anterior, la entrada estaba en silencio. La luz del porche titilaba débil, pero no había ni rastro de Valentina ni de los niños esperándolo.

La casa se sentía fría y rara. Antes, lo más sencillo que siempre le daba paz al volver del trabajo era esa bienvenida discreta de su familia. Ahora ese detalle pequeño había desaparecido y le resultaba punzante.

Andrés bajó del auto despacio, con las bolsas de comida en ambas manos. Apenas había dado unos pasos hacia el porche cuando...

—¡Papi! ¡Papi llegó!

La vocecita de Mateo resonó aguda desde la ventana. El niño estaba asomado, brincando emocionado. Su carita redonda pegada contra el vidrio.

Al verlo, el corazón de Andrés se entibiaron al instante. Sin darse cuenta, sonrió. Al menos todavía había una persona pequeñita que se alegraba de verlo llegar.

En cuanto se abrió la puerta, Mateo corrió a abrazarle las piernas.

—¡Papi!

Andrés soltó una risa y lo levantó en brazos. Le llenó las mejillas regordetas de besos hasta que el niño se retorció de la risa.

Mateo olía a jabón de baño y a colonia de bebé. Ese aroma siempre le daba tranquilidad.

—¿Dónde está mami y tu hermano? —preguntó Andrés acariciándole el pelo.

—Mami bañándose —contestó Mateo con su pronunciación a medio hacer—. Santiago estudiando.

Andrés se rio por lo bajo al escucharlo.

—Ah, mira, Santiago sí es aplicado.

Mateo asintió con entusiasmo. Andrés entró a la casa cargando a su hijo.

—Bueno, quédate con tu hermano un ratito —le dijo con ternura al dejarlo en el cuarto de Santiago—. Papi se baña rápido y después cenamos juntos.

Pero en lugar de alegrarse, Mateo frunció la cara con horror. El niño negó con la cabeza a toda velocidad.

—¡Pero ya comí!

Los pasos de Andrés se detuvieron de golpe. Miró a su hijo sin entender.

—¿Cuándo?

—Aholita... —respondió Mateo con toda inocencia, jugando con el cuello de la camisa de su padre—. Antes de venilnos.

La sonrisa de Andrés se fue borrando despacio. Algo le apretó el pecho como una mano invisible.

Valentina había cenado afuera con los niños. Sin él. Antes, por más hambre que tuviera, Valentina siempre lo esperaba para comer juntos.

A veces la comida ya estaba fría de tanto esperar a que Andrés saliera de la oficina. Pero ella nunca se quejaba.

Ahora todo había cambiado. Valentina empezaba a hacer su vida aparte. Salía con los niños, sin consultarlo.

Un detalle menor, en teoría. Pero por algún motivo le punzaba hondo. Como si de a poco dejara de ser el centro de aquel hogar.

A Andrés lo volvió a invadir un miedo que no había sentido nunca. Miedo de ir perdiendo a su familia poco a poco.

Se sentó al borde de la cama esperando a que Valentina saliera de bañarse. Ni siquiera se había cambiado la ropa de oficina. Levantó la vista cuando la puerta se abrió. Valentina apareció fresca y perfumada.

—Mi amor, necesito hablar contigo de algo importante —dijo Andrés con voz queda.

—Dime, te escucho —respondió ella sentándose en la silla del tocador. Quedaron frente a frente.

—Entiendo que estás enojada conmigo porque reduje el presupuesto de la casa. Pero ¿no crees que estás siendo un poco cruel conmigo? —preguntó Andrés en tono bajo, con la voz entrecortada.

Valentina escuchó sin interrumpir. Sabía que su marido no había terminado.

—Después de pensarlo bien, el dinero que te di no va a alcanzar para cubrir los gastos de la familia.

Andrés la miró fijamente. Le tomó la mano.

—Pedirte que trabajes sí sería una solución...

Valentina le lanzó una mirada fulminante. La sangre le hirvió al instante.

—Pero no me gusta que trabajes afuera. Prefiero que estés en la casa con los niños —continuó Andrés, acariciándole la mejilla con la otra mano.

—Aunque tampoco puedo ignorar a mis padres y a mis hermanos, que me necesitan. Por eso encontré una solución que creo que es lo mejor para todos —dijo con una sonrisa breve.

Valentina entrecerró los ojos.

—¿Qué solución tienes para el problema que siempre hay entre nosotros y tu familia? —preguntó con curiosidad.

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