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SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.

Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.

Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.

Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.

Hasta que Dante Varela aparece.

Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.

Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.

Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cincuenta llamadas y una canción

Esa noche, justo antes de dormir, el teléfono vibró una vez más. Un mensaje de él, seco, imperativo, sin saludo ni despedida:

Dirección: Avenida Los Cerezos 450, Mansión 12. Presentarte a las 11:00 PM. Puntual.

Lo leí dos veces, y solté el teléfono sobre la cama como si me quemara. No podía. Era demasiado. La mudanza, las cajas, el cansancio acumulado de semanas sin descansar bien… el cuerpo me pesaba como plomo. No tenía fuerzas para vestirme, cruzar la ciudad y enfrentarme a él, a su mirada, a sus reglas, a su mundo. No voy a ir, pensé, acurrucándome bajo las sábanas. Por una noche no va a pasar nada. Estoy agotada. Necesito dormir. Y sin darme tiempo para dudar, sin esperar su respuesta, cerré los ojos y me quedé profundamente dormida, vencida por el cansancio.

A la mañana siguiente, el sol ya estaba alto cuando sentí que alguien me sacudía suavemente el hombro. Abrí los ojos de golpe y vi a Mila junto a mi cama, con el delantal puesto y el olor a café recién hecho entrando por la puerta.

—Lía… despierta, amor. Es hora de desayunar. En dos horas tenemos que estar en el estudio, nos toca práctica de baile y no podemos llegar tarde.

Me incorporé de golpe, el corazón dando un salto. Miré el reloj en la mesa de noche: las ocho y media. Y entonces recordé. Él. La hora. La dirección. Estiré la mano y tomé el celular. Lo encendí… y la pantalla se llenó de notificaciones. Cincuenta y dos llamadas perdidas. Decenas de mensajes. Todos de él. Cincuenta y dos veces intentó encontrarme, cincuenta y dos veces se encontró con el silencio.

Lo miré un instante, esperando sentir miedo, culpa, angustia… pero en su lugar, solté una risa corta, seca, genuina. Ja, ja, ja. Cincuenta llamadas y aquí estoy. Viva. Entera. Dormida. Y sin darle explicaciones. Apagué el teléfono por completo, lo dejé sobre la mesa y me levanté de la cama con una sensación extraña de ligereza. Por primera vez, no había corrido a obedecer. Por primera vez, él había esperado por mí.

—¿Todo bien? —preguntó Mila al verme salir de la habitación—. Te ves… diferente.

—Todo perfecto —respondí sentándome a la mesa—. Simplemente, hoy no voy a dejar que nada me arruine el día. Ni nadie.

Desayunamos rápido, nos bañamos, nos cambiamos con el uniforme de ensayo y salimos las tres juntas hacia el estudio. Al llegar, el coreógrafo ya nos esperaba. Era un hombre mayor, de voz firme y ojos atentos, que no gritaba ni insultaba como el representante, pero cuya autoridad se sentía en cada palabra.

—Tú —me dijo señalándome con la mano—, levanta la pierna más alto. No dejes que el movimiento se muera a mitad de camino. Tú —se dirigió a Luna—, el brazo, estíralo hasta el final, como si quisieras tocar el techo. Y tú, Mila… sonríe. Estás cantando para miles de personas, no estás velando a nadie. ¡Vida! ¡Energía!

Sus observaciones eran precisas, exactas, y cada corrección tenía un porqué. Se notaba que había formado a estrellas de verdad, que sabía lo que hacía. Tras dos horas de repeticiones, de sudor y esfuerzo, cuando terminamos la pieza completa, hasta nosotras nos sorprendimos: la sincronía era perfecta, el ritmo fluía, y el movimiento se sentía natural.

El coreógrafo detuvo la música y asintió lentamente.

—Debo ser sincero con ustedes. No son el mejor grupo que he tenido. Pero tampoco son los peores. Tienen material. Tienen presencia. Y con dedicación… pueden llegar muy alto. No me defrauden, y yo les enseñaré todo lo que necesitan.

—¡Gracias, profesor! —dijimos las tres al unísono.

—No me lo agradezcan —respondió, levantando la mano—. Demuéstrenmelo. Este fin de semana tienen la presentación en la gala benéfica. Es su primera aparición importante. No me hagan quedar mal.

Asentimos con determinación y nos preparamos para seguir, cuando el celular de Luna vibró sobre una silla. Lo tomó, leyó y nos miró.

—Chicas… nos acaban de mandar un mensaje. Debemos presentarnos en la sala de grabación, séptimo piso. Nos van a asignar la canción que acompaña la coreografía.

Sin perder tiempo, tomamos nuestras cosas y subimos al séptimo piso, cansadas pero con la adrenalina subiendo. Al entrar, ya había otros grupos esperando. Dos bandas de chicos: Los Hijos de la Calle y Rat Boys. Éramos las únicas chicas. En cuanto entramos, empezaron los murmullos y las risitas burlonas.

—Uy, miren quién llegó —dijo uno de ellos, con voz fingida—. Las futuras reinas del pop. ¡Cuidado! Que cuando sean famosas ya no se acuerden de nosotros.

—¿Qué van a cantar hoy, preciosas? —añadió otro—. ¿Canciones de hadas y arcoíris?

Las ignoramos y nos pusimos de pie en una esquina, pero no dejé de notar cómo la mano de Luna se cerraba en un puño a mi lado. Cuando llegó el momento de entregar las letras, los comentarios se hicieron más fuertes.

—Uy, sí, seguro les tocó algo de un mundo de colores lleno de alegría —se burló uno, y todos soltaron carcajadas.

Entonces Luna se giró hacia ellos, con la mirada firme y la voz clara, sin temblar:

—Mejor eso que cantar siempre de lo mismo: de alcohol, de peleas y de llevarse mujeres a la cama como si fueran objetos.

El silencio cayó de golpe. Los chicos se quedaron con la boca abierta, sin saber qué responder. Una chica nunca les hablaba así. Nunca los enfrentaba. El encargado que entregaba las hojas levantó la vista y los miró con severidad.

—¡Ya basta! —les dijo con voz firme—. Son compañeros, pertenecen a la misma agencia, y si no se van a respetar, me encargaré de que no vuelvan a compartir sala. Y ustedes, Los Hijos de la Calle… su nombre artístico puede ser ese, pero no tienen que comportarse como tal. Y ustedes, Rat Boys… ya tienen una llamada de atención previa. Una más y se van de la agencia. ¿Quedó claro? No quisiera ser yo quien los reporte.

Los chicos tragaron saliva y asintieron, cabizbajos. Las tres nos miramos y sonreímos. Por primera vez, alguien les había puesto un límite. Y Luna, con una sola frase, nos había ganado el respeto, al menos por ese momento.

Cuando nos entregaron las hojas con la letra y la melodía, nos alejamos leyendo. Era una canción hermosa, con fuerza, sobre romper barreras y seguir adelante. El horario de práctica decía al día siguiente al mediodía.

—¿Podemos practicar esta noche en el parque? —propuse—. Cerca de casa, no molesta a nadie y tenemos luz hasta tarde.

—¡Sí! —respondieron al unísono.

Salimos del edificio con paso más ligero, hablando de la canción, de la gala, de todo lo que venía. Decidimos ir a un lugar cercano para almorzar algo ligero. Nos sentamos en una mesa pequeña, pedimos jugos y sándwiches, y estábamos repasando la letra cuando el teléfono de Luna sonó. Ella lo tomó, miró la pantalla y atendió:

—¿Aló?… Sí, soy yo. Hola… disculpe, ¿de parte de quién?

Se hizo un silencio. Luna escuchaba, y poco a poco su sonrisa desapareció. Su expresión se volvió seria, confundida, y luego… pálida.

—¿Qué? —susurró—. ¿Está seguro?

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