Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
Pero un veneno en su cuerpo, la hace perder completamente la vida y reencarnar en el cuerpo de una sirvienta de su propio palacio.
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Capítulo 12
El estruendo de los escudos y las espadas golpeando contra la piedra reverberaba en las montañas como un trueno interminable. La horda entera de Asgardia aclamaba a su rey, pero, sobre todo, inclinaba la cabeza ante la mujer que había desafiado a las llamas y salido victoriosa de la prueba más sanguinaria del imperio.
Malakor apartó ligeramente el rostro, exhalando una bocanada de aire caliente mezclado con el humo de la batalla. Su mirada ámbar, febril y oscura, se posó en Isabela con una intensidad que quemaba más que el propio fuego de los dragones. Una sonrisa lenta y salvaje se dibujó en sus labios.
—Te lo advertí, fiera del norte —murmuró el rey, con la voz ronca retumbando contra su pecho—. El fuego no destruye a los que nacen para arder.
Isabela tenía el corazón latiendo a un ritmo frenético, y sus músculos temblaban por la descarga de adrenalina pura, pero no apartó los ojos de los suyos. Seguía de pie, respirando el aire cargado de ceniza, con la absoluta certeza de que acababa de cruzar un umbral sin retorno. Ya no era la princesa rehén vendida por su padre; el fuego la había marcado, y Asgardia la exigía como reina.
A lo lejos, en las gradas superiores, Yanara observaba la escena con las manos crispadas con tanta fuerza contra la piedra que sus uñas se habían vuelto blancas, consumida por una rabia sorda e impotente al ver que su plan de destruirla había fracasado rotundamente.
Malakor no le dedicó ni una sola mirada a su antigua amante. Con un movimiento firme y posesivo, deslizó su mano pesada por la nuca de Isabela, acercándola lo suficiente para que el calor de su piel se fundiera con el de ella ante la mirada de todo su pueblo.
Isabela no retrocedió. Sostuvo el peso de su mirada, consciente de que apartar los ojos ahora equivaldría a admitir derrota.
—El imperio me pertenecerá cuando yo misma lo reclame, Malakor —respondió ella con voz clara, desafiante y firme, logrando que sus palabras cruzaran la distancia justa para que las escuchara—. No por la gracia de tu fuego, sino porque aprendí a caminar sobre las cenizas sin quemarme.
La respuesta provocó un destello de pura fascinación en los ojos ámbar del rey dragón. Lejos de molestarse por su insolencia, Malakor soltó una carcajada profunda que vibró en el aire denso de la explanada, un sonido gutural que hizo que la horda entera redoblara sus gritos de aprobación.
—Eso espero, reina mía —susurró él, con una nota de oscura y absoluta posesión tiñendo su tono—. Porque en Asgardia no quiero una sombra que obedezca en silencio. Quiero una llama que arda a mi lado y queme a cualquiera que se atreva a desafiarnos.
Sin darle tiempo a replicar, Malakor se giró hacia su pueblo. Alzó su brazo libre con autoridad, y el estruendo de los guerreros cesó de golpe, devolviendo un silencio reverente a la vasta plaza de piedra volcánica.
—¡La prueba ha terminado! —bramó el rey, haciendo que su voz retumbara en las montañas—. ¡El hielo del norte ha encontrado su fragua, y la reina de Asgardia ha nacido ante el juicio de los dragones!
Los vítores volvieron a estallar, pero esta vez fueron seguidos por el redoblar de los tambores de guerra y el sonido de las trompetas imperiales que anunciaban el fin de la ceremonia y el inicio del verdadero reinado.
Malakor volvió a posar su mano firme en la cintura de Isabela, guiándola de regreso a través de la explanada hacia las grandes puertas del palacio. Los rostros de los guerreros se inclinaban a su paso con un respeto feroz que antes estaba reservado únicamente para su monarca. Incluso a lo lejos, la figura de Yanara retrocedía entre la multitud, consumida por el veneno de su propia derrota y sabiendo que las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.
Al cruzar los umbrales de piedra y adentrarse en la penumbra dorada del palacio, las pesadas puertas se cerraron a sus espaldas, aislándolos del bullicio de la horda.
En la intimidad de los pasillos reales, Isabela se soltó con un movimiento brusco del agarre de Malakor, deteniéndose en seco y mirándolo con los ojos ardiendo de impaciencia.
—Has ganado tu espectáculo público, rey dragón —espetó ella, con el pecho agitado por la adrenalina contenida—. Su pueblo me ha visto sobrevivir, y los dragones me han tolerado. ¿Pero qué sigue ahora? ¿Pretendes que me siente en un trono a jugar a la esposa obediente?
Malakor se detuvo a pocos pasos. Se giró para mirarla, con una media sonrisa peligrosa curvando sus labios y los tatuajes de su piel aún emitiendo un tenue resplandor cálido. Dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta acorralarla contra el muro de piedra oscura.
—¿Esposa obediente tú? —replicó el rey con una nota de burla oscura en la voz—. Ni en tus sueños más salvajes, Isabela. Lo que sigue es gobernar un imperio que no regala nada, y aprender a lidiar con los enemigos que se quedaron en las sombras, esperando a que bajes la guardia.
Los ojos de la princesa se estrecharon, recordando de inmediato la mirada asesina de Yanara en las gradas.
—Si crees que le temo a tu amante o a las intrigas de tu corte, te equivocas de nuevo —afirmó Isabela con la barbilla en alto, desafiando el calor abrasador que desprendía su cuerpo—. En Valaria aprendí a desconfiar hasta de mi propia sangre. Aquí no será diferente.
Malakor inclinó el rostro, rozando con su aliento cálido el lóbulo de su oreja mientras su voz descendía a un susurro áspero y magnético:
—Demuéstralo, entonces... porque la verdadera guerra en este palacio no se pelea frente a los dragones, sino en la oscuridad de nuestras propias habitaciones.