Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 13
Capítulo 13 — Con las propias garras
Gonzalo la alcanzó en el estacionamiento de la ESD, la víspera de la audición. Valentina había recibido el cambio de fecha y reorganizado sus clases para tener libre el sábado. Llevaba toda la tarde pensando en el giro del final, que todavía le fallaba cuando llegaba cansada.
—Vale. Espera. ¿Conoces a Cristina Ríos?
—De vista. Está en la lista de mañana.
—Su familia conoce a Belmonte. Mi papá dice que andan arreglando algo con ellos.
Valentina se detuvo junto a un coche estacionado.
—¿El papel?
—No sé cuánto está hablado. Por eso te digo: todavía puedo pedirle que haga una llamada. Él conoce a dos del jurado.
Ella recordó la mesa del restaurante y la facilidad con que Toño había pasado de ofrecerle el papel a advertirle que había otros criterios. Había querido creer que solo le molestó el rechazo.
—¿Ya le pediste algo?
—No. Me dijiste que no lo hiciera.
Se lo agradeció con un gesto. Le costaba reconocerlo, pero habría sido un alivio ir al día siguiente sabiendo que alguien la esperaba del otro lado. Precisamente por eso necesitaba que Gonzalo dejara de ofrecérselo.
—Entonces déjalo así.
—¿Aunque ya estén escogiendo a otra antes de verte?
—Si lo sabes de verdad, dime. Pero no me cambies una recomendada por otra.
Gonzalo sacó las manos de los bolsillos.
—Estoy tratando de ayudarte, Vale.
—Ya sé. Ayúdame con esto: si mañana me sale mal, no vayas a arreglarlo después por tu cuenta.
Él miró hacia el edificio de danza. La conocía lo suficiente para entender qué le estaba recordando.
—No voy a hacer otra vez lo de la beca.
—Bien.
—Eres imposible.
Valentina sonrió apenas.
—Mañana me dices eso. Hoy necesito ensayar.
* * *
La maestra le había prestado la llave para quedarse un rato más. Valentina encendió las luces de media sala y dejó la mochila junto al espejo. Puso el celular en silencio, con la alarma de salida a las once y media.
Había elegido un solo de danza contemporánea que empezaba cerca del suelo y terminaba con un giro largo. Le gustaba el cambio entre ambas partes. El problema estaba en el impulso: cuando intentaba tomarlo demasiado rápido, perdía el eje y acababa adelantando un pie para no caerse.
Ensayó la transición sin música. Una vez, otra. En el espejo vio que levantaba el hombro antes de tiempo. Probó dejando que el peso llegara primero a la pierna de apoyo y consiguió completar el giro, aunque aterrizó fuera de sitio.
Descansó un momento. Tenía una ampolla en un dedo del pie; al despegar la tela encontró una pequeña mancha de sangre. La limpió con el material que llevaba en la mochila y cambió el apósito. Cuando volvió a ponerse de pie, la zona seguía sensible.
Podía seguir hasta que le saliera por cansancio o detenerse a entender qué estaba haciendo mal. Mañana tendría una sola oportunidad de hacerlo frente al jurado. De nada le serviría llegar sin poder apoyar bien.
Se sentó con las piernas estiradas y escuchó la pieza entera, marcando con la mano la entrada del giro. Al levantar el brazo vio la aguilita de su muñeca.
Se la había tatuado una amiga cuando tenía quince años, con una aguja y tinta china. El dibujo había quedado torcido. Su abuela se enojó al verlo, pero después de curarle la piel le preguntó por qué había elegido un águila.
Valentina le repitió algo que Amparo había dicho una vez, en la azotea: que aquella ave no esperaba que nadie la cargara; subía con lo que tenía, con sus propias garras. La abuela había negado con la cabeza.
—Todo te lo tomas al pie de la letra, muchacha.
Ahora se acordó de la paciencia con que había terminado de limpiarle el tatuaje. Le hizo falta oír esa voz. Estuvo a punto de llamarla, pero ya era tarde para el hospital.
Volvió al centro del salón y puso la música. Esta vez no buscó corregir cada movimiento mientras lo hacía. Llegó al giro, dejó bajar el hombro y encontró el apoyo.
Salió limpio.
No paró para celebrarlo. Terminó la pieza y se quedó unos segundos en la última posición, respirando, con la música apagándose detrás de ella. Quería recordar cómo había llegado ahí: el ritmo, el impulso, la sensación del peso bien colocado.
Cuando sonó la alarma, tuvo ganas de repetir todo una vez más. La apagó y se sentó a quitarse las zapatillas.
* * *
Meli estaba preparando su mochila para el día siguiente cuando vio el nuevo mensaje de Paola en el grupo.
"Ya se supo cómo va a conseguir el papel la mantenida. Preguntaron por qué la invitaron a la comida de los productores… pues obvio. Con lo único que sabe hacer. 😏 No con los pies, precisamente."
Debajo, alguien volvió a compartir la foto del restaurante.
Meli escribió que eso era mentira. Antes de enviarlo miró los nombres de quienes estaban respondiendo. Conocía a casi todos; algunos habían saludado a Valentina esa mañana.
Envió el mensaje.
Paola contestó enseguida: "Ya salió su abogada."
Meli guardó una captura para llevarla a coordinación. No se la mandó a Valentina. Sabía que estaba ensayando y ya habían quedado en ir juntas a la audición.
* * *
En la Torre Imperial, Damián revisaba la lista del jurado con Lino a su lado.
—Estos tres han trabajado antes con Belmonte —explicó Lino—. El de aquí es socio de la productora. Y este quiere colocar a su hija en otro de nuestros proyectos.
—¿Algo más?
—Cristina Ríos. Su familia ha hablado con el director. No tengo confirmación de qué acordaron.
Damián dejó la pluma sobre el escritorio. Podía hacer que eligieran a Valentina. Una llamada y ella saldría de la prueba convencida de que había ganado sola. Si nadie hablaba, ni siquiera tendría que agradecerle.
También podía dejar que perdiera. No necesitaba ensuciarse las manos; bastaba con permitir que Belmonte resolviera sus compromisos. Ella volvería furiosa o llorando, él la escucharía y quizá por fin aceptaría que había cosas que no podía conseguir sin su ayuda.
Se quedó mirando la lista. Lo irritaba seguir pensando en el silencio de la noche anterior, convertir una audición en otra forma de hacerle la misma pregunta.
—Llama a Belmonte —dijo.
Lino sacó el teléfono.
—¿Qué le digo, señor?
—Que me reserve un asiento. Voy a ir. Sin anuncios ni recibimientos.
Lino esperó por si añadía alguna instrucción sobre los resultados.
—Eso es todo —dijo Damián.
* * *
Valentina apagó las luces del salón y comprobó que había cerrado con llave. Se sentía cansada, pero podía caminar sin cargar todo el peso en un solo pie. A la mañana siguiente tendría que cambiar otra vez el apósito.
Sacó el celular para pedir un taxi. Había un mensaje de Meli confirmando dónde se encontrarían y otro de Damián.
"Ve a la audición. Llegará tu turno."
Lo leyó dos veces. Después de la pregunta que le había hecho en la cama, esperaba que la llamara, que quisiera verla o que se enojara. No aquello.
Escribió: "¿Habló con alguien?"
Esperó junto a la puerta hasta que llegó el taxi. El mensaje seguía sin respuesta.